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Grandes Doctrinas Biblicas JR

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Notes & Transcripts

Grandes doctrinas bíblicas

La Biblia es la Palabra de Dios

La Biblia afirma ser la Palabra de Dios. Son más de dos mil veces que en sus páginas encontramos variaciones de la expresión «el Señor dijo». Hebreos 1:1-2 nos dice que «Dios [ha] hablado». En Segunda de .2 Pedro 1.21b dice que «los hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo». Las Escrituras son inspiradas: «Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra» (2 Timoteo 3.16-17).

Hay quienes creen que la Biblia es un buen libro, pero que no es un libro inspirado por Dios. Esto no puede ser así: si no es la Palabra de Dios, entonces es un fraude.

¿Existen buenas razones para creer que la Biblia es la Palabra de Dios inspirada? ¡Creemos que sí existen! Esta lección explicará algunas de ellas.

Consideraremos primero lo que llamamos «pruebas internas». La Biblia tiene las pruebas de la inspiración en sus páginas. Una de las mejores maneras de aumentar su fe en la Biblia es que usted la lea.

LA UNIDAD Y ARMONÍA DE LA BIBLIA

El volumen que se conoce como la Biblia está compuesto por sesenta y seis libros. Estos libros no fueron escritos todos de una sola vez. Fueron escritos por cerca de cuarenta hombres diferentes, durante un período de aproximadamente mil seiscientos años. Estos hombres escribieron sobre muchos temas y los enfocaron desde diversos ángulos. Al final, estos libros fueron recopilados y unidos en un solo volumen. ¡Cuando uno avanza en la lectura, le impresiona el hecho de que la Biblia es un solo libro! Desde el comienzo hasta el fin de este libro se observa que hay armonía, unidad y coherencia. Las informaciones son complementarias y suplementarias antes que contradictorias.

Suponga que un grupo de científicos tratara de producir un libro de un modo parecido. ¿Cuál cree usted que sería el resultado? Estaría lleno de incoherencias. No hay duda, la unidad de un libro producido bajo circunstancias tan diversas, y por tantos hombres diferentes, constituye un sólido argumento de la dirección sobrenatural recibida por estos hombres.

LAS PROFECÍAS Y SU CUMPLIMIENTO

El elemento de prueba interna que tal vez más impresiona al lector bíblico es el anticipado conocimiento tan extraordinario que exhiben sus autores. Estos escribieron acerca de eventos futuros, y lo hicieron de un modo tan acertado como si hubieran estado escribiendo historia. Lo anterior constituye un fuerte vínculo en la cadena de pruebas. Hay tres clases sobresalientes de profecías que se encuentran en las Escrituras del Antiguo Testamento.

Profecías acerca del florecimiento y la decadencia de naciones y de la destrucción de ciudades

Lo que se anuncia en Josué 6.26 se cumplió más de quinientos años después que fue expresado. Leemos acerca de este cumplimiento en .1 Reyes 16.34. Tanto Nahum como Sofonías anunciaron la destrucción de Nínive. Isaías profetizó la caída de Babilonia e hizo mención del nombre de Ciro antes que este rey naciera (Isaías 45.1). Daniel profetizó el sucesivo florecimiento y caída de imperios mundiales (Daniel 2). Jesús describió la destrucción de Jerusalén antes que ocurriera (Mateo 24).

Prof ecías acerca de la nación judía

En Deuteronomio 28:36, se profetizó que Israel tendría rey, y esta profecía se hizo trescientos años antes que se estableciera el reino. Este mismo pasaje profetizó la cautividad en Babilonia, profecía que se hizo más de ochocientos años antes que el evento

se cumpliera. Jeremías profetizó la desolación perpetua de Israel, diciendo que ella sería puesta por escarnio y por burla (Jeremías 25.9). Moisés también profetizó que Israel sería motivo de horror y de burla (Deuteronomio 28.37). La historia de Israel de períodos subsiguientes ha sido una de las voces que con mayor fuerza testifican de la inspiración de los autores veterotestamentarios.

Prof ecías acerca de Jesús

Por lo general, la biografía de una persona se escribe después de su muerte, pero he aquí Uno cuya biografía fue escrita en gran parte antes de Su nacimiento. Cientos de detalles mencionados en el Antiguo Testamento tienen que ver con Jesús de Nazaret. Estas prof ecías y el cumplimiento histórico de ellas, prueban la inspiración de los profetas veterotestamentarios y también la deidad de Jesús, quien las cumplió. Encontramos profecías acerca de cada uno de los siguientes aspectos:

1)    Su genealogía (Génesis 3.15; 12.3; 49.10; Isaías 11.1; Jeremías 23.5)

2)    Su nacimiento (Isaías 7.14; Miqueas 5.2)

3)  Su vida (Isaías 53.3-9; Oseas 11.1)

4)          Su muerte (Salmos 22.16-18; 34.20; Isaías 53.9)

5)  Su sepultura (Isaías 53.9)

6)  Su resurrección (Salmos 16.10)

7)  Su ascensión (Salmos 68.18)

Así, tenemos que la biografía de Jesús fue escrita antes de su venida a la tierra. ¡Jamás he visto nada que pudiera rebatir el sólido argumento que presentan las profecías!

LA PRECISIÓN DE LA BIBLIA

Mucho se ha dicho en años recientes, acerca de la Biblia y la ciencia. Algunos han estado dispuestos a desechar la Biblia porque oyeron que está en desacuerdo con las verdades científicas. Más bien es al contrario, no hay un solo desacuerdo entre las enseñanzas bíblicas y la verdadera ciencia.

Hay dos puntos que se destacan en el análisis de la Biblia y de la ciencia. En primer lugar, la Biblia no contiene errores científicos. Puede que al comienzo, lo anterior no parezca una sólida prueba de la inspiración de la Biblia. No obstante, cuando recordamos los errores que prevalecían en los tiempos cuando la Biblia estaba siendo escrita, debemos reconocer que el hecho de que tales errores no se incluyeran en este Libro, no es menos que milagroso. ¡Creo en la Biblia por lo que ella no contiene! Si los autores no fueran inspirados, ¿cómo se explica que los manifiestos errores y absurdas ideas, que tanto dominaban en los tiempos de estos autores, no hallaran cabida en las Escrituras? La idea de que los autores bíblicos simplemente pusieron por escrito la sabiduría de sus tiempos, es rebatida por el punto anterior.

En segundo lugar, los autores bíblicos también pusieron por escrito verdades científicas que no habían sido descubiertas por la mente humana. La redondez de la tierra, la ley de la gravedad y el vacío del norte son algunos ejemplos de verdades no descubiertas que se reflejan en la Biblia (Isaías 40.22; Job 26.7). Nos vemos obligados nuevamente a concluir lo mismo que se expresa en .2 Pedro 1:21: «... porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo». ¡Estos hombres no podían haber sabido estas cosas sin haber sido asistidos por la inspiración divina! ¡Fueron inspirados por el Espíritu Santo! Puede que algunos hayan tenido temor de estudiar la Biblia a la luz de la ciencia, pero ¡la Biblia misma no tiene nada que temer! Ella emerge de tal crisol siendo para nosotros más preciosa que antes.

CONCLUSIÓN

La Biblia es el libro más querido del mundo y el bestseller de todos los tiempos. Aunque algunos hombres han muerto por ella, también ha sido odiada con violencia. Ha tenido enemigos que han anunciado su desaparición, pero es indestructible. Ha sobrevivido al ataque del fuego, de la espada y de todas las demás fuerzas con que la hayan enfrentado.

A pesar de la antigüedad de la Biblia, ella no deja de ser vigente. Jamás necesita que se le complemente. Es un libro maduro, concebido para todos los hombres de todos los tiempos. Esta es otra sólida prueba de su origen sobrenatural. Es siempre relevante. Aunque el cielo y la tierra pasen, la Palabra de Dios permanece para siempre (Isaías 40.8; .1 Pedro1:25)Estas lecciones son reimpresiones escogidas de Why I Believe in God and Other Sermons (Por qué creo en Dios y otros sermones), que fue escrito y publicado por Raymond C. Kelcy en 1951. Se agradece es­pecialmente a la señora Hester Kelcy, que dio permiso para que las lecciones se adaptaran y se usaran.

El hermano Kelcy fungió como presidente del Departamento de Biblia del Oklahoma Christian College, desde 1962 hasta su muerte en 1986. Se le respetaba por su habilidad y disposición para investigar cualquier tema bíblico, y por predicar eficazmente el evangelio.

Grandes doctrinas bíblicas

La existencia de Dios

La mayoría de las personas de mente racional, han considerado la interrogante acerca de la existencia de Dios una y otra vez. Si no es que han dudado, por lo menos se han preguntado acerca de las pruebas de la existencia de un Ser Supremo. Hemos de dar razón de la esperanza que hay en nosotros (1 Pedro 3.15).

Los ateos dicen que ellos han llegado a la conclusión de que Dios no existe. Es imposible que una persona sepa que no hay Dios. Tendría que ser omnisciente para poder hacer tal aseveración. Esta lección pondrá de manifiesto algunas razones para creer en la existencia de un Ser Supremo.

LA BIBLIA REVELA LA EXISTENCIA DE DIOS

Génesis, el primer libro de la Biblia, comienza con la majestuosa aseveración que dice: «En el principio [...] Dios», y declara la existencia de Este desde el comienzo hasta el fin de ella. Este argumento, por supuesto, no tiene peso para la persona que no acepta la Biblia como un testimo­nio digno de creerse. Sin embargo, si se ha logrado determinar que la Biblia es un testimonio que reúne los requisitos —tal como se hizo en la lección anterior— entonces algún peso tiene tal testimonio. En la lección anterior presentamos razones para creer en la Biblia. Se presentaron pruebas para demostrar que la Biblia es un libro sobrenatural, libro que contiene verdades que solo por revelación pudieron haber sido conocidas. En vista de que ya hemos determinado que la Biblia es un Libro sobrenatural, y que ha sido confirmada en todos los casos en los cuales es posible la corroboración, debemos estar preparados para recibir su testimonio en asuntos que no pueden ser comprobados por los cinco sentidos. Debido a que la Biblia ha probado su capacidad para servir de testimonio, creo que ella dice la verdad al declarar la existencia de Dios. Creo que hay Dios.

Hay abundancia de testimonio confirmatorio que está disponible. El resto de esta lección tratará sobre las pruebas de la existencia de Dios que se encuentran fuera de la Biblia.

LA NATURALEZA DA TESTIMONIO DE LA EXISTENCIA DE UN SER SUPREMO

 

Las «cosas invisibles» de Dios «se hacen clara­mente visibles [...] siendo entendidas por medio de las cosas hechas» (Romanos 1.20). El salmista dijo: «Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos» (Salmos 19.1); y también dijo: «Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?» (Salmos 8.3-4). Podemos explorar el asombroso universo, del mismo modo que lo hizo David en la antigüedad. De hecho, el hombre tiene ahora instrumentos que le permiten conocer acerca del universo mucho más de lo que podía haber conocido en los tiempos de David. Cada nuevo descubrimiento le añade peso a la idea de la existencia de Dios.

Hay algo que nos debe impresionar y ello es la inmensidad del universo. Esta Tierra en la cual vivimos es un objeto tremendamente grande, sin embargo no pasa de ser un punto cuando se la compara con el Sol. Si el Sol se cortara en un millón de pedazos, cada uno de estos superaría a la Tierra en tamaño. La Tierra recibe solo una dos mil millonésima parte de la luz y el calor del Sol.

La circunferencia de la Tierra es de aproxima­damente cuarenta mil kilómetros. La distancia hasta el Sol es cuatro mil veces mayor que la circunferencia de la Tierra, distancia que es de más de ciento cincuenta millones de kilómetros. Se considera que Neptuno se encuentra a cuatro mil millones de kilómetros, es decir, a casi treinta veces la distancia de la Tierra al Sol. Sirio, la estrella más brillante del cielo, se encuentra a más de ochenta billones de kilómetros de distancia. Se considera que Alfa Centauri, la tercera estrella más brillante del cielo, se encuentra a treinta y dos billones de kilómetros, es decir a doscientas treinta mil veces la distancia de la Tierra al Sol. La distancia hasta muchos de los cuerpos celestes es tan larga, que se mide en términos de «años luz». Se habla de que algunos de ellos están a miles de años luz de la tierra. Esto significa que para que la luz de esos cuerpos celestes nos llegue, se necesitan miles de años, viajando a una velocidad de 300.000 kilómetros por segundo. Según los astrónomos, nuestro Sistema Solar —compuesto por el Sol, los planetas y los satélites naturales— no es el único en el universo. Nos dicen que hay millones de sistemas solares más, cada uno con su propio sol y sus propios planetas.

Las anteriores cifras tienen poco sentido para nosotros. Son tan abultadas que no hay manera de que las podamos entender; sin embargo, nos dan una idea de la inmensidad del cosmos. Cuando contemplamos todo lo que el hombre ha descu­bierto, es ciertamente impresionante; pero solo hemos explorado los bordes de las obras de Dios. Alguien, que subrayaba la inmensidad del universo, dijo: «Las glorias de un bosque extenso no disminuirían más por la caída de una sola hoja, que lo que disminuirían las de este universo ex­tenso si el globo sobre el cual ponemos la planta del pie, se disolviera en gases».

El inmenso universo clama a gran voz que Dios es. La existencia, el poder, la sabiduría y la bondad de Dios están siendo constantemente aclamadas por los mensajeros celestes. El testimonio de estos no es una simple insinuación; es una declaración. Si usted desea contemplar la sublimidad divina, eleve su mirada a la bóveda estrellada. Si desea ver infinitud, sabiduría y fidelidad divina, considere el equilibrio de las estrellas y tome nota de la regularidad de los movimientos planetarios. ¡Estos declaran no solo gloria, sino la mismísima gloria de Dios! Ellos nos presentan argumentos irrebatibles de la existencia de un Creador inte­ligente, consciente, gobernante y conductor. Su testimonio se proclama en todos los idiomas, y son testigos que no se pueden matar ni silenciar.

Algo existe, y algo no puede venir de la nada. Por lo tanto, algo siempre ha sido. La Biblia le llama a ese algo «Dios».

LA CREACIÓN INTELIGENTE ES LA ÚNICA RESPUESTA LÓGICA A LA INTERROGANTE ACERCA DEL ORIGEN DE LAS COSAS

La razón del hombre pregunta: «¿Qué origen tuvo este asombroso universo?». Solo hay dos respuestas posibles: el azar y la creación inteligente. ¿Podemos creer que es el resultado del azar o la casualidad? ¿Quién podrá tener la credulidad para suponer que el asombroso e inmenso cosmos, del cual hemos estado hablando, es el resultado de la ciega casualidad? Algo no puede venir de la nada. Todo efecto exige una causa. No puedo creer que el azar produjo el mundo material. Consideremos algunas razones para creer que es el resultado de la creación inteligente.

En primer lugar, la combinación de varios elementos en cantidades correctas para producir una incalculable diversidad de minerales y de formas de vida, constituye un sólido argumento de la existencia de alguien que llevó a cabo la combinación y la organización. Hoy día se conoce de la existencia de 112 elementos en el universo. Todo lo que vemos está compuesto por estos diferentes elementos. Ciertos elementos en pro­porciones dadas forman cosas concretas cuando se juntan. Dos partes de hidrógeno y una de oxígeno forman el agua. Una parte de sodio más una de cloro equivalen a la sal común. Para ilustrar lo anterior, considere las veintisiete letras del alfabeto. Estas pueden organizarse de varias maneras para formar miles de diferentes palabras. Las palabras pueden organizarse para componer poesía, prosa, una declaración de guerra, un tratado de paz, un artículo periodístico o cualquier otro género de composición literaria. No obstante, esto no se puede hacer sin una inteligencia que ordene las letras y las palabras. ¿Podríamos concebir que es el azar el que organiza las letras del alfabeto de modo que cada una halla su lugar para dar forma a un drama shakesperiano? En realidad no podríamos; no obs­tante, ¡el suponer esto no tendría más sentido que suponer que las diversas combinaciones de los elementos que componen el cosmos son el resultado de la ciega casualidad o del azar! ¡No puede ser así!

En segundo lugar, en el universo que nos rodea vemos pruebas de planeamiento y diseño inteligentes. El diseño es aparente aun en los objetos pequeños de la naturaleza. Todo copo de nieve es perfecto en diseño. Toda brizna de yerba es un laboratorio químico bien regulado. El cuerpo humano en que vivimos revela un diseño que es sobrehumano. El observador minucioso no puede pasar mucho tiempo contemplando el organismo físico que es el cuerpo humano, sin exclamar con el salmista: «Formidable y maravillosamente he sido formado» (Salmos 139.14; NASB). Los doscientos huesos, los quinientos músculos, y los miles de ligamentos que unen a estos, constituyen un ejemplo perfecto de diseño y planeamiento armo­niosos. Los miles de nervios, de venas y arterias, y de glándulas —que funcionan y trabajan todos por el bien del cuerpo— presentan un cuadro de diseño inteligente. Esto no podría ser resultado del azar. Lo intricado del ojo humano podría proporcionar suficiente material para llenar muchos volúmenes científicos. El ojo revela un diseño del cual solo se puede dar explicación por la existencia de un Creador inteligente. Los hombres pueden estudiar toda una vida este órgano únicamente, para después confesar que hay demasiado acerca de él que no saben.

Lo mismo se puede decir de los demás órganos del cuerpo humano. Por supuesto, el diseño de organismos físicos no se circunscribe a los seres humanos. Las multitudes de criaturas que nos rodean constituyen un irrebatible argumento de la existencia de Dios. Las aves que vuelan por los cielos, están equipadas con todo lo que necesitan para su ámbito de vida. Los diferentes peces que pueblan el mar están equipados con la clase exacta de cuerpo que necesitan para su ambiente. Todas las formas de vida, e incluso los objetos inanimados, claman y testifican diciendo que existe un Diseñador, un Diseñador inteligente.

En tercer lugar, la existencia de leyes y orden en el universo es argumento de una creación inteligente. Los planetas se mueven sobre sus órbitas de un modo ordenado y están matemática­mente ajustados unos con otros. La tierra hace un movimiento de rotación alrededor de su eje cada veinticuatro horas. Al mismo tiempo, se está moviendo alrededor del sol a una velocidad de ciento dieciséis mil ciento sesenta kilómetros por hora. ¡No se atrasa ni se adelanta! Se mueve por una ley. Tales leyes se encuentran en todos los ámbitos. Tan inalterables son estas leyes que los eclipses de los cuerpos celestes se pueden predecir con precisión. ¡A las leyes del universo se las hace cumplir! El hombre ha aprendido por amarga experiencia que no puede violar las leyes de la naturaleza sin sufrir las consecuencias. Tras la violación de una ley, son inmisericordes las lesiones que se sufren. Tales leyes y tal orden no son resultado del azar. ¡Tiene que haber un Legislador! Además, tiene que haber una Autoridad con la capacidad suficiente para hacer cumplir estas leyes, y esa Autoridad tiene que ser inteligente y sabia. Las leyes del universo testifican que existe una Autoridad Suprema que las hizo y las mantiene vigentes.

En cuarto lugar, la existencia de la vida habla de la existencia de un Dios viviente. ¿Qué origen tuvo la vida? En vista de que la vida proviene de la vida, tiene que haber Alguien a quien la vida le es inherente. A Este es a quien llamo Dios. Él es la única explicación concebible de la vida y del origen de esta. Al buscar un entendimiento del misterio de la vida, debemos inexorablemente llegar a Él. Después de Él, no hay otro a quien podamos ir. La vida no sucede por azar. No se genera espontáneamente. Tiene que haber una Causa Primera.

CONCLUSIÓN

Cuando contemplamos las obras de Dios, se nos obliga a preguntarnos con David: «¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?» (Salmos 8.4). El hombre es solo un punto que vive sobre un punto, sin embargo Dios ha mostrado más preocupación por él que por todas las estrellas que brillan. ¿Por qué? Porque el hombre fue hecho a Su imagen, y porque el hombre es eterno. Cuando el universo se incendie, el hombre sobrevivirá a la destrucción de los mundos.

Estoy contento de creer en Dios. Le tengo lástima a la persona que no cree en Dios, que no conoce a Dios. Los que lo han hallado y lo conocen, pueden dar testimonio de que Él es la fuente de fortaleza más grande que han conocido o experimentado en la superación de las batallas de la vida. Los cielos y la tierra, que son obra de Su mano, perecerán, pero Él permanece y resistirá. «Pero tú eres el mismo, y tus años no se acabarán» (Salmos 102.27). «Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios» (Salmos 90.2). En un tiempo de cambio y de transición, en un mundo de corrupción y de destrucción, yo le ruego a usted que se aferre a Su inmutable mano.

Pensamientos acerca de Dios

Un filósofo pagano le preguntó una vez a un cristiano: «¿Dónde está Dios?». El cristiano respondió: «Permítame preguntarle primero: “¿Dónde no está?”».

Aaron Arrowsmith

El orden celeste y la hermosura del universo me obligan a reconocer que existe algún Ser excelente y eterno, que merece el respeto y el tributo de los hombres.

De Divinatione

Cicerón

Entre más sé de Astronomía, más creo en Dios.

Heber D. Curtis

Grandes doctrinas bíblicas

La actitud que debe tenerse con respecto a la Biblia

Hay muchas diferencias manifiestas entre las iglesias de Cristo y los cuerpos denominacionales. No es nuestro propósito en este momento analizarlas todas, pero sí estudiaremos la diferencia fundamental, que es causa de todas las demás: nuestra actitud con respecto a la Biblia. Al discutir la actitud que debe tenerse con respecto a las Escrituras, debemos considerar tres principios. Cuando reconocemos la perfección, la autoridad y el poder de la Biblia, tendremos una mejor comprensión del significado y la importancia de la revelación escrita de Dios.

SU PERFECCIÓN

La Biblia es toda la voluntad de Dios revelada al hombre. Dios habló, y dijo todo lo que tenía que decir en lo que a revelación adicional se refiere. El hecho de que la Biblia sea perfecta significa que cuando Juan, exiliado en Patmos, escribió el «amén» final y puso a un lado su pluma, el mensaje de Dios se terminó de escribir.

Hubo un tiempo cuando la perfección de las Escrituras, en el sentido que usamos el término, no se podía afirmar. En tiempos veterotestamentarios, Dios estuvo revelando gradualmente Su voluntad, «renglón tras renglón [...] un poquito allí, otro poquito allá» (Isaías 28.10b).

Ni siquiera cuando se terminó de escribir el Antiguo Testamento llegó la revelación de Dios a su culminación. Jesús vino y continuó revelando la voluntad de Su Padre. Él introdujo muchas enseñanzas que no se habían dado antes. «Oísteis que fue dicho [...] pero yo os digo», es una aseveración que ocurre una y otra vez en el Sermón del Monte.

Hacia el final de Su vida terrenal, Jesús dijo: «Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar» (Juan 16.12). Todavía habría más revelación. La revelación de Dios no llegó a su culminación en ese momento. Note la afirmación que hizo Jesús después: «Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad» (vers.o 13a). He aquí una promesa en el sentido de que la revelación llegaría a su culminación en el tiempo de los apóstoles. El Espíritu iba a venir a estos y los iba a guiar a «toda» la verdad (no a «una parte» de esta).

De hecho, el Espíritu vino más adelante a los apóstoles (Hechos 2.4). ¿Los guió Este a toda la verdad? Jesús dijo que lo haría. ¿Lo hizo? Si Jesús fue fiel a Su promesa, entonces sí lo hizo. Esta es la razón por la que Pedro pudo decir más adelante que «todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder...» (2 Pedro 1.3). Santiago se refirió a la «perfecta ley» (Santiago 1.25). Pablo declaró anatema a quienquiera que se atreviera a predicar un evangelio diferente del que él había predicado (Gálatas 1.8-9).

Sí, los apóstoles fueron guiados a toda la verdad. Jesús fue fiel a Su promesa. La revelación de Dios llegó a su culminación. La confirmación de este hecho demuestra que no seha dado revelacióndespués de ese tiempo. Esto prueba que son falsas las afirmaciones de los llamados «profetas» de hoy día.

SU AUTORIDAD

«¿A quién recurrir como fuente de autori­dad?» ha sido por mucho tiempo una pregunta prominente en el mundo religioso. Son muchas las respuestas que se han dado y muchas las reivindicaciones de autoridad que se han hecho. Algunos dicen que debemos recurrir a la iglesia, pero no hay un solo pasaje bíblico que enseñe esto. Otros dicen que cada hombre debe seguir lo que le dicta su propia conciencia. La Biblia no enseña esto tampoco. Por el contrario, enseña que esto no se debe hacer (Jeremías 10.23; Proverbios 14.12). Otros creen en concilios, en convenciones y en sínodos. Hay quienes se ciñen al tradicionalismo como modelo de autoridad. Esta fue precisamente una de las prácticas que más implacablemente combatió Cristo (Marcos 7.7–9).

¿A quién recurrir? Debemos recurrir al único que tiene autoridad, y ese es Jesús (Mateo 28.18). Él tiene «toda autoridad». Esto significa que no le queda ninguna a Moisés, ni a David, ni a Juan el Bautista, ni a la iglesia, ni a los concilios, ni a la conciencia. El Rey Jesús la tiene toda.

Es por Su Hijo que Dios nos habla hoy (Hebreos 1.2). Cuando deseemos resolver algo relacionado con asuntos religiosos, es aJesús a quiendebemos recurrir. No hay otro en quien podamos confiar. Es Su voz la que tenemos que oír y permitir que sea la última que en todo asunto religioso se haya de manifestar.

¿Cómo revela el Rey Su voluntad? ¿Cómo nos habla Cristo? Lo hace por medio de Sus embaj adores (2 Corintios 5.20). Pablo y los demás hombres inspirados eran embaj adores, representantes de su Rey. Ellos transmitieron la Palabra de Cristo por el Espíritu Santo que Él les había dado (Mateo 10.20). Representaban a Cristo (Juan 20.20-23; Mateo 19.28). Como ya vimos, fueron guiados a toda la verdad. No sorprende, pues, que las Escrituras que ellos nos dieron, reivindiquen autoridad para sí mismas (2 Jn 9; Gálatas 1.6-9;. 1 Pedro 4.11). Debemos hablar conforme a «los oráculos de Dios».

Juan expresó el criterio generalizado de los autores neotestamentarios cuando, en la carta que sella el canon del Nuevo Testamento, previno solemnemente contra el añadir o disminuir del libro (Apocalipsis 22.18-19). Hay quienes han dicho que se estaba refiriendo únicamente al libro de Apocalipsis. Aun si así fuera, ese sigue siendo el criterio de la totalidad de las Escrituras. Esta actitud hace que tratemos de hablar donde la Biblia habla, y de callar donde la Biblia calla. Un respeto debido por las Escrituras, no solamente hará que respetemos lo que dicen, sino también lo que callan. En lugar de preguntar: «¿En qué versículo se prohíbe esto o aquello?», más bien preguntamos: «¿En qué versículo se enseña esto o aquello?». Al comprobar esta verdad, de la autoridad de las Escrituras, se demuestra que no tenemos otra fuente a la cual recurrir.

SU PODER

Es probable que una de las principales razones por las que algunos no han dado cuenta de la perfección y de la autoridad de la Palabra, es que no han podido percatarse del poder de esta. Algunos la han llamado «letra muerta». Contra­stando con esta expresión, el autor de Hebreos se refirió a ella como palabra «viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos» (Hebreos 4.12).

La Palabra de Dios siempre ha sido poderosa y capaz de lograr el propósito para el cual Él la dio.

Con la Palabra de Su boca hizo que llegaran a existir mundos. Él sustenta todas las cosas con la Palabra de Su poder (Hebreos 1.3). Cristo habló y los muertos resucitaron; habló y la tempestad se aplacó.

Hoy día consideramos que los documentos escritos de los hombres son más poderosos y vin­culantes que sus declaraciones orales; sin embargo, no hay duda de que la Palabra escrita de Dios no es menos poderosa que Su Palabra oral. Su Palabra escrita no crea mundos, y no levanta muertos; pero no fue escrita para tales propósitos. Fue dada para salvar almas (Romanos 1.16; .1 Corintios 15.1-2; Santiago 1.21). Si la Palabra que Dios habló con el propósito de resucitar muertos, pudo en efecto resucitarlos; entonces la Palabra que Él dio para salvar almas, puede en efecto salvarlas.

La Palabra de Dios alumbra y hace entender (Salmos 119.130). Hace nacer (Santiago 1.18), vivifica (Salmos 119.50) y purifica (Juan 15.3; .1 Pedro 1.22). Es poder para salvación (Romanos 1.16). Sí, la Palabra puede convertir. Es el poder de Dios para hacer cristianos. Después de llegar a ser cristianos, necesitamos alimento; la Palabra de Dios es ese alimento (1 Pedro 2.1-2). De hecho, la palabra puede hacer que el hijo de Dios sea per­fecto, enteramente preparado para toda buena obra (2 Timoteo 3.16-17).

CONCLUSIÓN

Los hombres siempre han estado insatisf echos con la Palabra de Dios. Siempre han deseado algo más. El hombre que estaba en el Hades, deseaba que un mensajero fuera de entre los muertos a prevenir a sus hermanos (Lucas 16). Abraham respondió: «A Moisés y a los profetas tienen; óiganlos» (Lucas 16.29). Hoy día, además de Moisés y de los profetas, tenemos a Cristo y a los apóstoles. Debemos estar satisfechos con su mensaje. En vista de que la Biblia es completa, debemos desechar la «revelación» moderna. La Biblia es nuestra autoridad; por lo tanto, debemos desechar las doctrinas y los mandamientos de los hombres. En vista de que la Palabra de Dios es poderosa, no hemos de andar buscando teorías milagrosas de conversión, que ponen más énfasis en las emociones que en la enseñanza. Hemos de ceñirnos, más bien, al modelo neotestamentario de conversión.

Así como los cielos y la tierra pasarán, también las opiniones y enseñanzas de los hombres; pero la Palabra no pasará (2 Pedro 3.10; Mateo 24.35). En estos tiempos de cosas transitorias, ¡cuán tranquilizante es saber que podemos ser anclados en lo que perdurará cuando los elementos sean deshechos en intenso calor!

¿Podemos entender la Biblia del mismo modo?

Es lamentable que sea tan reducido el estudio bíblico que se lleva a cabo hoy día. No son muchas las personas que leen y estudian la Palabra de Dios. Esto es así por varias razones. 1) No la leen por la indiferencia. Muchas personas son totalmente indiferentes a la Biblia. No les importa que sea verdadera o no. No tienen interés en ella. 2) Otros tienen algún interés en asuntos religiosos, pero no estudian la Biblia porque no se percatan de su importancia. Nunca han cultivado el gusto por esta clase de alimento. 3) Hay quienes no desean fijarse en el espejo de la verdad de Dios, porque esta revela la horrorosa condición de ellos. No les gusta lo que ven reflejado allí. 4) Hay otra clase de personas que no estudian la Biblia porque tienen la impresión de que no puede ser entendida.

Esta lección se centrará mayormente en el cuarto grupo, lo cual se hará a medida que hablamos acerca de entender la Biblia.

¿PODEMOS ENTENDERLA?

La idea de que la Biblia no puede ser entendida es una invención del clero católico romano. Esta teoría fue inventada por los sacerdotes para privar a los pueblos de su libertad. Han dicho que las Escrituras no son para la gente común, que estos tienen que recurrir a la iglesia para obtener una interpretación oficial. De este modo, han hecho de sus miembros súbditos inválidos.

Las Escrituras ponen de manifiesto que ellas fueron escritas para toda la gente, no solamente para unos supuestos oficiales. A los cristianos se les manda: «La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros» (Colosenses 3.16). Se nos amonesta a desear «la leche espiritual» de la palabra (1 Pedro 2.2). Pablo dijo que las Escrituras fueron escritas para nuestra enseñanza (Romanos 15.4; .1 Corintios 10.11). Encargó que su epístola se leyera a todos los santos hermanos (1 Tesalonicenses 5.27). ¿Qué sentido habrían tenido las anteriores aseveraciones si las Escrituras no se hubieran dirigido a la gente en general? ¿Nos mandó Dios leer algo que no podemos entender? Si así fue, entonces una de las dos siguientes afirmaciones tiene que ser cierta: O Dios no pudo darla de un modo que pudiéramos entenderla, o sencillamente no quiso. Decir que no pudo, pone en tela de juicio Su poder, y decir que no quiso niega Su bondad. Obviamente no podemos creer que Dios habría dado una revelación y mandado que la leyera toda la gente, sabiendo que no podrían entenderla.

¿PODEMOS ENTENDERLA

DEL MISMO MODO?

Si bien hay quienes reconocen que podemos entender la Biblia, todavía insisten en que no podemos entenderla todos del mismo modo. Esta es la misma idea que se analizó anteriormente, pero de una forma modificada. Es el mismo argumento que han hecho los sacerdotes en cuanto a nuestra incapacidad para entender el significado de las Escrituras. Lo que dijimos anteriormente se aplica nuevamente: Si Dios dio una revelación que no podemos entender del mismo modo, entonces se debió a que no pudo, o a que no quiso hacerlo.

Por supuesto que Dios puede dar un mensaje que todos pueden entender; y si todos lo entienden, entonces todos tienen que entenderlo del mismo modo. Puede que haya quienes malentiendan la Biblia, pero no puede ser que la entendamos de un modo diferente.

Esta es la conclusión a la cual estamos obligados: Si Dios no dio una revelación que podamos entender del mismo modo, entonces fue que no quiso que la entendiéramos. No obstante, ¡Él desea que la entendamos! Él desea que los Suyos estén de acuerdo. El Nuevo Testamento ruega por la unidad (Juan 17.21;. 1 Corintios 1.10). ¿Puede haber unidad sin que haya un solo entendimiento? ¡No puede haberla! «¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?» (Amós 3.3). Por lo tanto, el ruego de la Biblia por unidad hace hincapié en que Dios espera que leamos la Biblia y la entendamos, y esto significa que la entendamos del mismo modo. ¿Estaría Dios de acuerdo con que un predicador se pusiera de pie detrás del púlpito día tras día, a predicar un plan de salvación diferente cada vez? Si no lo está, ¿cómo puede estar de acuerdo con que diez hombres diferentes prediquen diez diferentes planes de salvación?

¿Y QUÉ DE LAS DIFERENCIAS RELIGIOSAS?

Puede que alguien insista en que nuestras diferencias son una prueba de que no podemos entender la Biblia de un mismo modo. ¿Lo son? ¿Cuáles son algunas de nuestras diferencias?

El mundo religioso se divide por causa de los credos. ¿Qué credos? ¿La Biblia? ¿Está alguien en desacuerdo con que la Biblia sea un credo? Nadie lo está.

Las personas que afirman ser seguidores de Cristo, se dividen también por nombres. ¿Qué nombres? ¿El nombre «cristiano»? No. La división es por nombres que no se encuentran en la Biblia.

Asimismo, los adoradores están divididos en cuanto a qué es lo que constituye el bautismo... algunos predican inmersión, otros rociado, y aún otros derramado. ¿Por cuál de los anteriores estamos divididos? ¿Está alguien en desacuerdo con ser sepultado en el bautismo? (Colosenses 2.12). ¡Nadie lo está! La división surge por prácticas que no se encuent ran en la Biblia, y no por doctrinas que sí se enseñan en la Palabra de Dios.

CONCLUSIÓN

Lea y estudie su Biblia. Descubrirá que es «lámpara a [sus] pies» y «lumbrera a [su] camino» (Salmos 119.105). Entre más tiempo pase usted leyéndola y estudiándola, más se percatará de cuánto crece su entendimiento. Desee «la leche espiritual no adulterada» de la Palabra (1 Pedro 2.2).

Acepte la suficiencia de la Biblia. ¡Esté satisfecho con ella únicamente! No se aparte de ella llevando a cabo prácticas que no mencionan las Escrituras, pues ellas son la causa principal de malentendidos y de divisiones. ¡Esté satisfecho con la Biblia!

¿Podemos entender la Biblia del mismo modo?

Es lamentable que sea tan reducido el estudio bíblico que se lleva a cabo hoy día. No son muchas las personas que leen y estudian la Palabra de Dios. Esto es así por varias razones. 1) No la leen por la indiferencia. Muchas personas son totalmente indiferentes a la Biblia. No les importa que sea verdadera o no. No tienen interés en ella. 2) Otros tienen algún interés en asuntos religiosos, pero no estudian la Biblia porque no se percatan de su importancia. Nunca han cultivado el gusto por esta clase de alimento. 3) Hay quienes no desean fijarse en el espejo de la verdad de Dios, porque esta revela la horrorosa condición de ellos. No les gusta lo que ven reflejado allí. 4) Hay otra clase de personas que no estudian la Biblia porque tienen la impresión de que no puede ser entendida.

Esta lección se centrará mayormente en el cuarto grupo, lo cual se hará a medida que hablamos acerca de entender la Biblia.

¿PODEMOS ENTENDERLA?

La idea de que la Biblia no puede ser entendida es una invención del clero católico romano. Esta teoría fue inventada por los sacerdotes para privar a los pueblos de su libertad. Han dicho que las Escrituras no son para la gente común, que estos tienen que recurrir a la iglesia para obtener una interpretación oficial. De este modo, han hecho de sus miembros súbditos inválidos.

Las Escrituras ponen de manifiesto que ellas fueron escritas para toda la gente, no solamente para unos supuestos oficiales. A los cristianos se les manda: «La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros» (Colosenses 3.16). Se nos amonesta a desear «la leche espiritual» de la palabra (1 Pedro 2.2). Pablo dijo que las Escrituras fueron escritas para nuestra enseñanza (Romanos 15.4; .1 Corintios 10.11). Encargó que su epístola se leyera a todos los santos hermanos (1 Tesalonicenses 5.27). ¿Qué sentido habrían tenido las anteriores aseveraciones si las Escrituras no se hubieran dirigido a la gente en general? ¿Nos mandó Dios leer algo que no podemos entender? Si así fue, entonces una de las dos siguientes afirmaciones tiene que ser cierta: O Dios no pudo darla de un modo que pudiéramos entenderla, o sencillamente no quiso. Decir que no pudo, pone en tela de juicio Su poder, y decir que no quiso niega Su bondad. Obviamente no podemos creer que Dios habría dado una revelación y mandado que la leyera toda la gente, sabiendo que no podrían entenderla.

¿PODEMOS ENTENDERLA

DEL MISMO MODO?

Si bien hay quienes reconocen que podemos entender la Biblia, todavía insisten en que no podemos entenderla todos del mismo modo. Esta es la misma idea que se analizó anteriormente, pero de una forma modificada. Es el mismo argumento que han hecho los sacerdotes en cuanto a nuestra incapacidad para entender el significado de las Escrituras. Lo que dijimos anteriormente se aplica nuevamente: Si Dios dio una revelación que no podemos entender del mismo modo, entonces se debió a que no pudo, o a que no quiso hacerlo.

Por supuesto que Dios puede dar un mensaje que todos pueden entender; y si todos lo entienden, entonces todos tienen que entenderlo del mismo modo. Puede que haya quienes malentiendan la Biblia, pero no puede ser que la entendamos de un modo diferente.

Esta es la conclusión a la cual estamos obligados: Si Dios no dio una revelación que podamos entender del mismo modo, entonces fue que no quiso que la entendiéramos. No obstante, ¡Él desea que la entendamos! Él desea que los Suyos estén de acuerdo. El Nuevo Testamento ruega por la unidad (Juan 17.21;. 1 Corintios 1.10). ¿Puede haber unidad sin que haya un solo entendimiento? ¡No puede haberla! «¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?» (Amós 3.3). Por lo tanto, el ruego de la Biblia por unidad hace hincapié en que Dios espera que leamos la Biblia y la entendamos, y esto significa que la entendamos del mismo modo. ¿Estaría Dios de acuerdo con que un predicador se pusiera de pie detrás del púlpito día tras día, a predicar un plan de salvación diferente cada vez? Si no lo está, ¿cómo puede estar de acuerdo con que diez hombres diferentes prediquen diez diferentes planes de salvación?

¿Y QUÉ DE LAS DIFERENCIAS RELIGIOSAS?

Puede que alguien insista en que nuestras diferencias son una prueba de que no podemos entender la Biblia de un mismo modo. ¿Lo son? ¿Cuáles son algunas de nuestras diferencias?

El mundo religioso se divide por causa de los credos. ¿Qué credos? ¿La Biblia? ¿Está alguien en desacuerdo con que la Biblia sea un credo? Nadie lo está.

Las personas que afirman ser seguidores de Cristo, se dividen también por nombres. ¿Qué nombres? ¿El nombre «cristiano»? No. La división es por nombres que no se encuentran en la Biblia.

Asimismo, los adoradores están divididos en cuanto a qué es lo que constituye el bautismo... algunos predican inmersión, otros rociado, y aún otros derramado. ¿Por cuál de los anteriores estamos divididos? ¿Está alguien en desacuerdo con ser sepultado en el bautismo? (Colosenses 2.12). ¡Nadie lo está! La división surge por prácticas que no se encuent ran en la Biblia, y no por doctrinas que sí se enseñan en la Palabra de Dios.

CONCLUSIÓN

Lea y estudie su Biblia. Descubrirá que es «lámpara a [sus] pies» y «lumbrera a [su] camino» (Salmos 119.105). Entre más tiempo pase usted leyéndola y estudiándola, más se percatará de cuánto crece su entendimiento. Desee «la leche espiritual no adulterada» de la Palabra (1 Pedro 2.2).

Acepte la suficiencia de la Biblia. ¡Esté satisfecho con ella únicamente! No se aparte de ella llevando a cabo prácticas que no mencionan las Escrituras, pues ellas son la causa principal de malentendidos y de divisiones. ¡Esté satisfecho con la Biblia!

Casos De Conversiones y de no conversiones que se relatan en Hechos

Son muchos ejemplos de conversiones los que se relatan en Hechos. Nos emocionamos al considerar las prédicas de los evangelistas del siglo I, y la puntual respuesta de muchos que oyeron el evangelio. Nos regocijamos cuando vemos a otros regocijándose en la salvación. En algunos casos, no obstante, leemos acerca de estos mismos hombres predicando y siendo decep­cionados ante la ausencia de resultados. En algunas ocasiones, los oyentes se fueron sin convertirse. ¿Qué diferencia hubo entre los convertidos y los no convertidos? Esto es lo que estudiaremos en este momento.

ELEMENTOS DE LA CONVERSIÓN

Debemos entender la clara enseñanza neo­testamentaria acerca de la conversión, acerca del plan de salvación. Este plan tiene varios componentes, que se vinculan a modo de eslabones para formar la cadena que ata a los hombres otra vez a Dios. Daremos atención en esta lección a los elementos señalados como los que nos salvan. Estos se clasifican en tres grupos.

La parte que corresponde al cielo

1.           Dios (2 Timoteo 1.8-9). Debido a que Él es el Planificador y Artífice original de la salvación, Dios es señalado como el que salva. Él es la fuente de todas las bendiciones. Es el autor del plan maes­tro; Él se propuso nuestra salvación.

2.           La Gracia (Efesios 2.5). Dios no estaba obligado a dar la salvación. Esta fue un favor no merecido que Él impartió. En esto es que consiste «la gracia». No merecíamos ser salvos.

3.           Cristo (Mateo 1.21). La gracia de Dios se muestra en el hecho de que Él dio a Su Hijo (Juan 3.16). Jesucristo es nuestro Salvador.

4.           La sangre de Cristo (Mateo 26.28). La sangre de Cristo, que fue derramada en la cruz del Calvario, fue la expiación por el pecado. Sin el derramamiento de sangre, no puede haber remisión (Hebreos 9.22).

5.  El Espíritu Santo (1 Corintios 6.11). El Espíritu Santo fue enviado al mundo después de la partida de Cristo. Su función fue revelar el plan de salvación al hombre. Él inspiró a ciertos hombres para que hablasen según les dio que hablasen (Hechos 2.4). Fue por el Espíritu que se dio la Palabra al hombre.

6.  La Palabra de Dios, o el evangelio (Romanos 1.16). En el mensaje del evangelio se encuentra el poder de Dios para salvación. Todo aquel que cree ese mensaje tiene la oportunidad de ser salvo.

Todos los componentes mencionados hasta este momento constituyen la parte que el cielo ofrece al hombre. Cada uno de ellos es necesario como eslabón de la cadena. Nadie debería considerar que sean contradictorios tan solo porque en algún pasaje se haga mención de la salvación como basándose en un único elemento del plan, y en otros se haga mención de ella como dependiendo de otros elementos.

Los instrumentos humanos

Al estudiar la segunda división del plan de sal­vación, hallamos algunos elementos en que interviene el hombre. Según .2 Corintios 4.7, el evangelio llega al oyente por medio de vasos de barro. (Vea Romanos 11.14; .1 Corintios 9.22.) El evangelio es llevado por medio de la predicación y de la enseñanza. .1 Corintios 1.21 se lee: «Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación».

La parte que corresponde al pecador

En un sentido, el pecador se salva a sí mismo (Hechos 2.40). ¿Cómo lo hace? Por medio de creer cuando oye (Marcos 16.16; Romanos 10.17), por medio de arrepentirse Hechos 17.30- 31;. 2 Corintios 7.10), por medio de confesar su fe en Cristo (Romanos 10.10), y por medio de bautizarse (1era Pedro 3.21).

En vista de que los hombres «se salvan a sí mismos», y en vista de que estos elementos que son llevados a cabo por los hombres, salvan, se deduce entonces que los hombres se salvan a sí mismos por hacer lo que Dios ha mandado. Por supuesto, entendemos que Jesús es nuestro Salvador. Estos pasos del plan de salvación salvan únicamente en el sentido de que son condiciones que deben cumplirse para que Jesús salve.

LA DIFERENCIA ENTRE LA CONVERSIÓN
Y LA NO CONVERSIÓN

¿Cuál fue la diferencia entre los convertidos y los no convertidos cuando el evangelio se predicó, en el libro de Hechos?

Notemos cuidadosamente el caso del noble etíope, en Hechos 8. ¿Qué hizo Dios por él? ¿Quiso Dios que fuera salvo? Por supuesto. ¿Murió Cristo por él? Sí murió. ¿Hizo algo el Espíritu Santo por él? Sí hizo: inspiró a un predicador para que le refiriera la historia. El evangelio fue para este hombre.

Ahora notemos el caso de Félix, en Hechos 24. No se convirtió. Preguntémonos acerca de este. ¿Qué hizo Dios por él? ¿Lo amaba Dios? Sí. ¿Murió Jesús por él? No hay duda. ¿Le dio Dios el mensaje inspirado? De hecho lo hizo. Dios hizo por Félix todo lo que hizo por el etíope. La diferencia entre los dos no consistió en que Dios le diera oportunidad a uno y no se la diera al otro. Hizo lo mismo por cada uno.

Además, la diferencia no residió en el hecho de que uno pudo aceptar, mientras que el otro no. Dios invita a todos a seguirlo a Él. La invitación del evangelio sería una burla si algunos pecadores no tuvieran la capacidad de aceptarlo.

¿Residió la diferencia en la mediación humana? Observamos que Felipe predicó el evangelio al noble etíope, y lo mismo predicó Pablo a Félix. Tampoco en esto reside la diferencia.

¿En qué, pues, reside la diferencia? La única diferencia es la respuesta de los pecadores. Uno obedeció y el otro no. Uno tuvo el valor de arrepentirse y de confesar su fe. El otro no lo tuvo. Uno estuvo dispuesto a bajar a las aguas para ser bautizado. El otro no estuvo dispuesto.

CONCLUSIÓN

Si usted no es salvo en este momento, ello no se debe a que Dios no haya hecho por usted tanto como haya hecho por alguno de nosotros. No se debe a que usted sea incapaz de ser salvo. No se debe a que otros hayan rehusado llevarle el mensaje de salvación. Se debe únicamente a que usted no quisoMat.23.37).

Cómo con vierte el Espíritu Santo

La cuestión acerca de cómo opera el Espíritu Santo en la conversión de un pecador, ha sido por lo general mal entendida, y ha estado envuelta en un halo de misticismo. La confusión en cuanto a la obra del Espíritu no tiene que ver con que haya o no un Espíritu Santo, ni siquiera con que Éste funcione o no. Los dos anteriores son puntos en los que por lo general se coincide.

El debate no necesariamente reside en lo que Él hace por el pecador; coincidimos en que Él convence, produce fe y guía. La pregunta en realidad es cómo hace estas cosas.

Se han propuesto dos ideas: Una es que Él opera de forma directa y milagrosa; la otra es que trabaja a través de un medio, a través de la Palabra de Dios. Al analizar este tema, será evidente cuál es la postura verdadera.

¿QUIÉN ES EL ESPÍRITU?

La primera verdad que se debe dejar clara es que el Espíritu Santo es una de las tres Personas de la Deidad. Se le menciona en la creación del mundo material, al comienzo del Génesis (1.2). Se le menciona, además, juntamente con Dios y con Cristo, en pasajes tales como Mateo 28.19 y .1 Juan 5.8.

A menudo se usan pronombres personales para referirse al Espíritu (Juan 14.16-17, 26). Se le atribuyen características propias de una persona. Enseña (Lucas 12.12; Juan 14.26), habla (Hebreos 3.7; .1 Timoteo 4.1), y conoce (1 Corintios 2.11). Hace intercesión (Romanos 8.26) y es susceptible de ser contristado (Efesios 4.30).

Cuando entendemos que el Espíritu Santo es una Persona inteligente y no simplemente una aparición semej ante a la de un fantasma, la manera como Él opera llega a ser más evidente. Él es capaz de influenciar a las personas de una forma muy parecida a como se esperaría que un ser humano inteligente influenciara a otro.

LA CONVERSIÓN EN LOS TIEMPOS
APOSTÓLICOS

La mejor manera de determinar la forma como opera el Espíritu Santo, es examinar la parte que a Este le correspondió en las conversiones ocurridas durante los tiempos apostólicos. El libro de Hechos es un libro de conversiones. Escojamos dos casos de conversión de este libro y observemos cómo operó el Espíritu en cada uno.

En Hechos 2 se relata el día en que el Espíritu vino a comenzar su trabajo de convencer y con­vertir. Tres mil almas fueron influenciadas por Él solo ese día. ¿Cómo operó el Espíritu en los que formaban parte de la audiencia? Se puede ver que lo hizo únicamente a través de las palabras que habló Pedro. Este habló según el Espíritu le dio que hablase (Mateo 10.20).

En Hechos 8 se hace el relato del noble etíope. No hay duda de que fue verdaderamente convertido, pero ¿fue convertido por el Espíritu? Todos coincidirán en que así fue. ¿Cómo, pues, lo influenció el Espíritu? Aun una lectura superficial revelará que fue a través de la enseñanza de Felipe, quien fue guiado en lo que habló, por el Espíritu Santo.

Estos casos revelan que el Espíritu trabajó a través de palabras, y no independientemente de estas. Cuando las personas oían la prédica de hombres inspirados, estaban oyendo al Espíritu. Cuando eran convertidos por estas palabras, estaban siendo convertidos por el Espíritu. Cuando rechazaban lo que oían, estaban resistiendo al Espíritu (Hechos 7.51-52; Nehemías 9.30). A los que rechazaron su enseñanza, Esteban los acusó de resistir al Espíritu Santo (Hechos 7.51).

¿CÓMO CONVIERTE EL ESPÍRITU A
LAS PERSONAS HOY DÍA?

¿Hace el Espíritu Santo en la conversión hoy día, lo mismo que hizo en tiempos apostólicos? Sí. No tenemos hombres inspirados viviendo hoy día, ¿verdad que no? No los tenemos. La era de los milagros cesó. No obstante, el Espíritu no los guió únicamente en lo que hablaron. También los guió en lo que escribieron. Así, tenemos las palabras inspiradas de ellos para «hablarnos» hoy día. Las Escrituras son la Palabra de Dios.

En Hebreos 3.7, una cita del Antiguo Testa­mento es atribuida al Espíritu. En .2 Pedro 1.20-21 dice que las profecías de los santos hombres del pasado, vinieron por el Espíritu. En .2 Timoteo 3.16 se afirma asimismo la inspiración de las Escrituras. En Apocalipsis 2 y 3, Juan exhortó a las iglesias a oír lo que el Espíritu les estaba diciendo. Habían de hacer esto por medio de prestar atención al mensaje que Juan escribió.

Ahora vemos por qué al Espíritu y a la Palabra se les atribuye tan a menudo las mismas obras. Los dos están activos en el proceso de dar vida (Juan 6.63), en el nuevo nacimiento (Juan 3.5; .1 Pedro 1.23), y en la santificación (1 Corintios 6.11; Juan 17.17).

Consideremos, por ejemplo, la santificación, y veamos cómo esclarece el asunto. Somos santi­ficados por el Espíritu y por la Palabra. El Espíritu santifica a través de la Palabra. Es el Espíritu es una persona; la Palabra es una herramienta. Esta es la espada del Espíritu (Efesios 6.17). Un hombre corta un árbol con un hacha. Los dos tienen parte en la tarea, pero el hombre hace la obra a través de la herramienta. El Espíritu opera por medio de usar Su espada, no lo hace sin ella.

CONCLUSIÓN

Debemos aceptar todo lo que la Biblia enseña acerca del Espíritu. ¿Cómo opera Él en el corazón del pecador? Lo hace a través de Su Palabra. No opera de un modo misterioso. Cuando recibimos y obedecemos Sus enseñanzas, somos guiados por el Espíritu. Los que son guiados por Este son hijos de Dios (Romanos 8.14). ¿Está usted recibiendo el Espíritu, o resistiéndole?

La salvación por gracia

Esto es lo que leemos en Efesios 2.5: «... aun estando nosotros muertos en pecados [Dios] nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos)». En las Escrituras se da mucha importan­cia a la gracia. Se la menciona repetidamente. La palabra «gracia» se encuentra ochenta y ocho veces en los escritos de Pablo solamente. De hecho, el Nuevo Testamento considera la gracia tan importante que se nos dice que somos salvos por ella. El texto que nos ocupa declara esto. En Romanos 3.24, Pablo dijo que somos «justificados gratuitamente por su gracia».

¿CUÁL ES EL SIGNIFICADO DE LA GRACIA?

La palabra «gracia» significa «favor». Somos salvos por el favor de Dios, del cual no somos merecedores. El hombre se alienó a sí mismo por su propia iniquidad (Isaías 59.1-2; Romanos 3.23). No había nada que él mismo pudiera hacer para reconciliarse con Dios. No podía hacer nada para merecer el perdón. A pesar de esto, Dios amó al hombre hasta el grado de que estuvo dispuesto a proporcionar un medio por el cual pudiera ser perdonado. Todo lo que hizo Dios al proveer ese medio está comprendido en forma completa en la palabra «gracia». ¿Qué es exactamente lo que comprende?

1)    Está incluido Cristo, el don del amor de Dios. Fue en la mente de Dios que se originó el gran plan de justificación. Este tomó forma después en Su Hijo, que es el eje del sistema cristiano, el objeto de nuestra fe, y el ancla de nuestras esperanzas. Dios amó tanto al mundo que dio a Jesús para que sirviera de propiciación por el pecado (Juan 3.16; .1 Jn 2.2). Fue la gracia de Dios la que lo motivó a Él a dar a Jesús al mundo.

2)    Está incluida la sangre de Cristo. Hebreos 9.22, .1 Jn 1.7 y Efesios 1.7 afirman que la redención se lleva a cabo por medio de Su sangre derramada. Este fue totalmente un gesto divino.

El hombre no merecía este sacrificio; fue una manifestación de gracia. Él tomó nuestro lugar y murió por nosotros.

3)    El Espíritu Santo y la obra de Este en la conversión, están incluidos en la palabra «gracia». Somos justificados por el Espíritu (1 Corintios 6.11). El Espíritu dio al mundo el evangelio, lo dio por medio de los apóstoles y otros hombres inspirados. Es por medio del evangelio que el Espíritu convierte a los pecadores (Efesios 6.17).

4)    El evangelio salva (Romanos 1.16). El mensaje del evangelio está sin duda incluido en la parte que le corresponde a Dios en la salvación de los pecadores. Está definitivamente incluido en el fa­vor o gracia de Dios para con el hombre.

Cada uno de los anteriores elementos están, pues, incluidos en el sistema de la gracia. Dios, Cristo, el Espíritu Santo, el evangelio y la obra que cada uno de estos hace al salvar a los pecadores, forman todos parte del concepto de «gracia».

¿ES LA SALVACIÓN POR GRACIA
ÚNICAMENTE?

Cuando preguntamos: ¿es la salvación por gracia únicamente?, estamos preguntando: «¿de­pende la salvación de los esfuerzos del cielo únicamente?». Hay quienes han afirmado que así es. Sin embargo, si así fuera, entonces a una de dos conclusiones debe llegarse: o es que Dios salvará a todas las personas, o es que escogerá solamente a unas pocas y las salvará incondicionalmente. El concepto de salvación por «gracia sola» nos obliga a aceptar la salvación universal, o a creer en la predestinación y elección incondicional. Aunque las dos doctrinas anteriores han sido enseñadas por gente religiosa, las dos son indiscutiblemente falsas. La Biblia enseña claramente que algunos se perderán (Mateo 7.13). El decir que Él elige incondicionalmente a algunos, y que arbitra­riamente condena a todos los demás, equivale a acusar a Dios de hacer acepción, lo cual las Escrituras dicen que Él no hace (Romanos 2.11). La doctrina de la «gracia sola» no puede ser verdadera.

¿QUIÉN ES SALVO POR GRACIA?

Los que aceptan la gracia o el favor de Dios serán salvos por gracia. Todo presente debe ser aceptado. Hay quienes no pueden entender cómo la salvación puede ser por gracia mientras haya algo que debamos hacer. No obstante, como veremos más adelante, esto es así.

Hay una sencilla ilustración que proviene de la naturaleza. Es por la gracia de Dios que tenemos pan. Oramos por el pan de cada día y creemos que Dios lo da, sin embargo, debemos hacer la parte que nos corresponde. A pesar del trabajo que hacemos para cultivar el grano y hornear el pan, sigue siendo un don de Dios. Recibimos este don por medio de cumplir las leyes que Dios le ha dado a la naturaleza.

En Génesis 6.8 se nos informa de que Noé halló «gracia» ante los ojos de Dios. Dios proporcionó un plan para que él se librara y se lo reveló. Fue todo un asunto de favor o gracia. Sin embargo, la parte que le correspondió a Noé siempre fue necesaria: tuvo que construir el arca. Fue salvado por la fe y la obediencia, tal como el autor de Hebreos declaró (Hebreos 11.7).

Según Josué 6.2, la ciudad de Jericó fue en­tregada a los israelitas por el Señor. Fue un presente, dado por gracia. A pesar de esto, se les dijo cómo tomar la ciudad, y fue necesaria una semana de actividades de parte de ellos para tomar la ciudad que Dios les había entregado. La gracia no elimina la necesidad de obedecer.

Mire otra vez el texto que nos ocupa. Los efesios, decía Pablo, habían sido salvos por gracia. Podemos estudiar los detalles de su conversión en Hechos 19. Puede observarse que la conversión de ellos supuso la mediación humana al predicar Pablo el evangelio. Fueron necesarios la fe y el bautismo. Al volver la mirada a ese evento, Pablo dijo que fueron salvos por gracia. Podemos estudiar el caso de ellos y conocer cómo ser salvos por gracia.

Ahora bien, si podemos ver cómo se obtuvo la bendición por gracia en cada uno de estos casos, y a la vez ver cómo la parte que correspondía a la persona fue todavía necesaria, ¿por qué no podemos aceptar que nuestra salvación nos es dada por gracia, sin desechar ciertos actos de obediencia de parte nuestra? Sigue siendo cuestión de gracia, aun después de que hayamos hecho todo lo que Dios nos mandó hacer para ser salvos. ¡Obviamente no podemos sostener que ganamos la salvación por los sencillos actos de obediencia que se mencionaron!

La salvación es por gracia; no es que hagamos obras de mérito y de este modo la ganamos. Seguimos siendo siervos inútiles, aun después que hayamos hecho todo lo que Dios mandó (Lucas 17.10). Aunque nos damos cuenta de que el favor de Dios llega a ser nuestro por la fe obediente, todavía podemos cantar al creer y obedecer: «¡Su­blime gracia! ¡Cuán dulce es ella!

El bautismo bíblico

Uno de los grandes temas del Nuevo Testa­mento es el bautismo. La palabra «bautismo», incluidas sus diversas formas, se menciona más de cien veces en el Nuevo Testamento. No obstante, este es un tema sobre el cual existe mucha confusión en el mundo religioso. ¿Qué es lo que realmente dice la Biblia acerca de él?

¿QUÉ ES EL BAUTISMO?

Nuestro estudio del bautismo debe comenzar con la pregunta «¿Qué es el bautismo?». Esto es, ¿qué acción se lleva a cabo en el bautismo: sumergir, rociar o verter? ¿Puede significar la palabra «bautismo» cualquiera de estas tres ac­ciones? Por muchos años este ha sido un tema polémico, sin embargo no parece haber habido polémica sobre esto en los tiempos cuando se estuvo escribiendo el Nuevo Testamento. Es cierto que hubo varias polémicas, y se hace mención de ellas en las Escrituras; pero no hallamos indicio de alguna que tuviera que ver con el significado de la palabra «bautizar».

Definido por términos

«Bautizar» es la forma castellanizada de la palabra griega. Su significado primordial es «su­mergir», y este dato puede conocerse mediante consulta de un léxico griego, un libro que da la definición de las palabras griegas. (No podríamos conocer el significado que esta palabra griega tuvo en el siglo I, si lo buscáramos en un diccionario del español, porque estos la definirían según la acepción moderna generalizada, y no según el significado que le daba el uso de ella en el siglo I.)

Existe una palabra griega que significa «rociar»; su forma castellanizada es rantizo. Asimismo, existe una palabra griega que significa «verter», y esta es queo. En Levítico 14.15–16, de la Septuaginta, se leen las tres palabras anteriores. El sacerdote había de verter el aceite en su mano. Había de sumergir su dedo derecho en el aceite. Después había de rociar el aceite. Tenemos aquí las tres palabras en dos versículos, y la palabra que se traduce por «sumergir» es la raíz de la misma palabra de la cual proviene «bautizar». Lo mismo se puede decir de 2 Reyes 5.14, el pasaje en el cual se dice que Naamán se sumergió. Parece que había un generalizado entendimiento del significado de la palabra «bautizar» en los tiempos de los apóstoles, de modo que no había polémica en ese tiempo en cuanto a su significado. Estoy convencido de que una persona, que no sepa nada del idioma griego, en el cual fue escrito el Nuevo Testamento, bien puede tomar su Biblia y descubrir qué es el bautismo con solo leer los pasajes en que este se menciona.

Definido por las circunstancias

Al leer varios pasajes, descubrimos que el lugar elegido para los bautismos fue siempre un río o un lugar en el que hubiera «muchas aguas» (Mateo 3.6; Juan 3.23). Antes que Pablo se bautizara, se le dijo que se levantara, como una forma de preparación, para el acto (Hechos 22.16). En el caso del bautismo del noble etíope, tanto el predicador como el hombre a ser bautizado, descendieron al agua antes del bautismo (Hechos 8.38). El bautismo se llevó a cabo mientras estaban dentro del agua.

Los hombres inspirados del siglo I, eran sin duda hombres racionales, y las acciones de ellos eran igualmente racionales. No pudieron haber estado actuando de un modo racional si la acción llevada a cabo en el bautismo era el rociar o el verter. El rociar y el verter habría sido más cómodo sin haber tenido que ir a un río, ni haber descendido al agua. De hecho, si el bautismo suponía solamente el rociar, no podía haber habido razón para tales acciones. La inmersión, en cambio, sí constituye una explicación satisfactoria para ellas. Lo más lógico sería que al elegir un lugar donde hubiera «muchas aguas», el predicador y el candidato a ser bautizado, descendieran ambos al agua, si es que el bautismo supone inmersión. En vista de que hemos de suponer que estos hombres actuaron racionalmente, debemos concluir lógicamente que la práctica continua de esos tiempos era la inmersión.

Definido por referencias

En el Nuevo Testamento, se hacen algunos comentarios incidentales en relación con el bautismo, comentarios que indican las características de las acciones que suponía. Al hacer tales referencias, no era el propósito primordial del autor definir el bautismo. No obstante, esto fue exactamente lo que hizo al poner de manifiesto ciertas acciones relacionadas con él.

Jesús se refirió al bautismo como un nacer del agua, en Juan 3.5. No hay manera de relacionar un nacimiento con el rociar. En vista de que a Jesús se le llama «el primogénito de entre los muertos» (Colosenses 1.18), al compararse Su resurrección con un nacimiento, se deduce que el resucitar nosotros del sepulcro de agua, es asimismo un nacimiento.

El autor de Hebreos se refirió a un lava­miento del cuerpo con agua pura, lavamiento que se refiere necesariamente al bautismo (Hebreos 10.22). A la acción de rociar no podría llamársele lavamiento del cuerpo. Pedro aseguró a aquellos a quienes escribía, que el bautismo no consiste en quitar «las inmundicias de la carne, sino [en] la aspiración de una buena conciencia hacia Dios» (1era Pedro 3.21). Pedro vio la necesidad de advertirles que el bautismo no tenía como propósito quitar la suciedad del cuerpo. Es obvio que temía que ellos pudieran tener esta idea. Esta advertencia no habría sido necesaria si el bautismo se hubiera llevado a cabo por medio de rociar unas cuantas gotas de agua sobre la cabeza. Estas y otras ref erencias indican definitivamente la práctica de la inmersión.

Definido por testimonio directo

Consideremos ahora algunas afirmaciones que claramente indican en qué consiste el bautismo. Pablo afirmó, refiriéndose a Cristo, que «somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo» (Romanos 6.4). En Colosenses 2.12, escribió que habiendo sido «sepultados con él en el bautismo [...] fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos».

Si una persona tratara de formular una de­claración acerca de lo que ocurre en el acto de inmersión, no podría haberlo hecho con mej ores palabras que el decir que fuimos sepultados y resucitados. ¿Puede decir una persona a la que solo le hayan rociado unas cuantas gotas de agua sobre su cabeza, que fue sepultada y resucitada juntamente con Cristo? No podría decirlo con sinceridad.

¿QUIÉN PUEDE BAUTIZARSE?

¿Quién puede bautizarse? Esta es una pre­gunta muy importante. Es esencial responderla correctamente.

Deben llenarse ciertos requisitos

Podemos conocer quién es un candidato apro­piado para el bautismo al observar los pasos preparatorios que se estipulan en las Escrituras. Jesús autorizó el bautismo en Su gran comisión. Según la versión que da Mateo de esta comisión, el bautismo ha de ser precedido por la enseñanza. Según la versión de Marcos, ha de ser precedido por la fe. Según la versión de Lucas, parte de la prédica ha de tratar sobre el arrepentimiento (Mateo 28.19–20; Marcos 16.15–16; Lucas 24.46–47). El día de Pentecostés, Pedro puso como requisito para el bautismo el arrepentimiento (Hechos 2.38). Por lo tanto, no se podría decir que una persona ha sido bautizada con la autoridad de Jesús si no se le ha enseñado, si no ha creído y no se ha arrepentido de sus pecados. La única persona que Jesús da autoridad para bautizar es el creyente arrepentido. A un niño no se le puede enseñar el evangelio, no puede creer y no puede arrepentirse. Por lo tanto no hay autorización de Jesucristo para bautizarlo. El «bautizar a niños» equivale a actuar sin Su autorización, y Él «tiene toda autoridad» (Mateo 28.18). En la medida que el llamado «bautismo de niños» prevalezca, el bautismo de creyentes será minimizado. ¡Recordemos que el bautismo de creyentes es el único bautismo que Jesús alguna vez autorizó!

El «bautismo de niños» no se practicó

En el libro de Hechos tenemos documentadas las prédicas que los apóstoles hicieron al cumplir la Gran Comisión. Estaban laborando bajo la autoridad de Jesús, y estaban llevando a cabo los deberes que les imponía la Gran Comisión. Hay quienes han argumentado que ellos bautizaban niños. Si así fue, entonces habrían pasado por encima de la autoridad de Jesús. Además, si en realidad bautizaron niños, sería una práctica de la cual el libro de Hechos guarda silencio. Lo que se menciona es el bautismo de creyentes (Hechos 2.37–41; 8.12), pero no se hace mención alguna del bautismo de niños.

Los niños se mencionan en relación con muchos eventos bíblicos, tales como el del decreto de Faraón y el de la bendición que hizo Jesús de los niños, pero en relación con el bautismo no se hace mención alguna de estos. En el Antiguo Testamento, Dios mandó que se circuncidara a los niños —y se hace repetida mención de esta práctica. En el Nuevo Testamento, en cambio, no hay mandamiento de Dios en el sentido de bautizar niños —y no hallamos ejemplo alguno de los apóstoles, en relación con tal práctica.

Los defensores del «bautismo de niños» han presentado los casos de bautismos de familias como prueba. Señalan la casa de Cornelio, la de Crispo, la del carcelero de Filipos y la de Lidia. Dicen que estas familias debieron ciertamente haber incluido niños; sin embargo, esto no necesariamente fue así. Puede haber cualquier cantidad de familias en las que no hay niños. Son muchas las suposiciones que se deben hacer para llegar a la conclusión que llegan los que desean mantener este punto de vista.

Considere, por ejemplo, el caso de Lidia. El que abogue por el «bautismo de niños» debe dar por sentado que Lidia era casada, que tenía hijos, y que algunos de estos hijos eran menores de edad, ¡y que estos se encontraban con ella en un viaje de negocios desde Tiatira hasta Filipos! Obviamente, ninguna práctica se puede basar con seguridad en tal serie de suposiciones. En los demás casos que hemos mencionado, algo se dice en cada uno de ellos que básicamente excluye la posibilidad de que hubiera niños en la familia. La casa de Cornelio era «[temerosa] de Dios» (Hechos 10.2). La casa de Crispo «creyó» (Hechos 18.8), y la casa del carcelero de Filipos «se regocijó [...] de haber creído» (Hechos 16.34). Los niños pequeños no temen a Dios, y no creen. Por lo tanto, no podían haber estado incluidos en las familias mencionadas.

El «bautismo de niños» es ilógico

Jesús enseñó que los niños no tienen pecado (Mateo 18.3). Enseñó que al convertirnos hemos de hacernos «como niños». En vista de que el bautismo tiene como propósito el perdón de los pecados (Hechos 2.38), sería imposible que un niño fuera bautizado conforme a las Escrituras. Por años la práctica del «bautismo de niños» fue defendida con el argumento de que los niños son culpables del pecado original, a pesar de que autores primitivos, tales como Tertuliano, sostenían que los niños no tienen pecado. Durante los dos primeros siglos de la historia de la iglesia, la práctica no fue defendida y ni siquiera men­cionada. Además, la enseñanza neotestamentaria es tal que excluye la posibilidad de que el bautismo de niños sea aceptable.

Los pedobautistas (los que bautizan niños) han renunciado por lo general a la idea del pecado original como la razón para el bautismo de niños. Como están las cosas, entonces, la práctica del «bautismo de niños» no tiene sentido ni lógica. El bautismo es un solemne acto de obediencia a Dios.

¿ES NECESARIO EL BAUTISMO?

Jesús les dijo a Sus discípulos que bautizaran «en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (Mateo 28.19). Obviamente, un acto que se haga en los nombres de los tres miembros de la Deidad debe de tener un importante propósito. ¿Cuál es el propósito del bautismo? ¿Para qué es? Muchos han insistido en que es una simple formalidad opcional. Pero es al contrario, su propósito es de tal naturaleza que uno no puede llegar a ser cristiano sin ser bautizado como es debido.

Es una condición de salvación

Es necesario bautizarnos para llegar a ser cristianos, porque Jesús mencionó el bautismo como una condición de salvación (Marcos 16.16). Al bautismo se lo menciona antes de la salvación. Está vinculado con la fe. La salvación sigue a la fe y al bautismo. El bautismo no es la única condición, ni es la más imp ortante; pero es una de las condiciones del plan de salvación. El cielo y la tierra pasarán, pero las palabras de Cristo no pueden fallar. Después de considerar las propias palabras de Jesús, ¿a quién se le ocurriría decir: «El que creyere y rehúsa ser bautizado será salvo?». Jesús dijo: «El que creyere y fuere bautizado, será salvo».

Es para el perdón de los pecados

Es necesario bautizarnos para llegar a ser cristianos, porque el Nuevo Testamento enseña que el bautismo es para, o con el fin de, el perdón de los pecados (Hechos 2.38). La anterior fue una aseveración hecha por Simón Pedro, un apóstol inspirado, que habló según el Espíritu le dio que hablase. Fue hecha en respuesta a la pregunta «¿Qué haremos?». Pedro acababa de convencer y compungir a tres mil per­sonas con una magistral presentación del mensaje del evangelio de Dios. A un grupo de creyentes les dijo: «Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados...».El arrepentimiento y el bautismo están vinculados en este pasaje. A los dos juntos se les considera que son para el perdón de los pecados. Cual sea el propósito del arrepentimiento, es el mismo del bautismo. Si fuera, como algunos sostienen, que los convertidos de Hechos habían de ser bautizados «por causa del» perdón de los pecados, entonces también habían de arrepentirse por causa del perdón de los pecados, ¡y esto no tiene sentido! Si el perdón de los pecados se pro­duce como resultado del arrepentimiento, entonces también se produce como resultado del bautismo. Tenemos una expresión casi idéntica en Mateo 26.28, donde se lee: «para remisión de los pecados». La sangre de Cristo se derramó para el perdón de los pecados. Obviamente, nadie sostendría que Cristo derramó Su sangre por causa de que los pecados ya estaban perdonados. Él la derramó con el fin de obtener para nosotros la remisión de los pecados. Los pecadores han de ser bautizados con el fin de obtener tal remisión.

Nos salva

Es necesario bautizarnos porque el Nuevo Testa­mento enseña que el bautismo ahora nos salva (1 Pedro 3.21). Consideremos otra vez las palabras de Pedro. ¡El bautismo salva! Por supuesto, no salva del mismo modo que Jesús lo hace; el bautismo no es nuestro Salvador. No obstante, se considera que salva, porque es uno de los elementos a los cuales se atribuye salvación. Es una de las condi­ciones mencionadas por Jesús, que el hombre debe cumplir con el fin de tener la salvación. Muchos han tratado de explicar este pasaje de un modo cuyo propósito es concluir que el bautismo no salva —sin embargo, ¡Pedro dice que sí salva! Cuando alguien «explica» las palabras de Pedro con el fin de llegar a una conclusión en el sentido de que el bautismo no salva, su «explicación» se convierte en una clara negación de tales palabras.

Nos introduce en Cristo

Es necesario bautizarnos para llegar a ser cristianos, porque el Nuevo Testamento enseña que el bautismo nos introduce en Cristo (Romanos 6.3-4). Cuando somos bautizados en Cristo, somos revestidos de Cristo (Gálatas 3.27) y llegamos a ser nuevas criaturas en Cristo (2 Corintios 5.17). La redención se encuentra en Cristo (Efesios 1.7). La vida eterna se encuentra en Cristo (1 Jn. 5.11). De hecho, todas las bendiciones espirituales se encuentran en Cristo (Efesios 1.3). Mientras el mundo entero está bajo el poder del maligno (1 Jn. 5.19), el cristiano está en Cristo. El bautismo es el acto que lo introduce a uno en Cristo.

Lava nuestros pecados

Es necesario bautizarnos para llegar a ser cristianos, porque el Nuevo Testamento enseña que el bautismo está relacionado con el lavamiento de los pecados (Hechos 22.16). Otras Escrituras mencionan este lavamiento (Efesios 5.26; Hebreos 10.22; Tito 3.5). A Saulo se le mandó que se bautizara y lavara sus pecados (Hechos 22.16). En el camino a Damasco el Señor le dijo a Saulo que en esa ciudad se le diría lo que debía hacer (Hechos 9.6). Y lo que se le dijo fue que se bautizara y lavara sus pecados.

Muchos objetan el relacionar el bautismo con el lavamiento de los pecados, porque dicen que no pueden creer que el agua lave los pecados. No obstante, Hechos 22.16 no dice que estos sean lavados por el agua. De hecho, no dice qué es lo que los lava. Simplemente dice cuándo es que son lavados. Juan declaró que hemos sido lavados de nuestros pecados con la sangre de Jesucristo (Apocalipsis 1.5). Este pasaje dice qué es lo que lava los pecados, pero no dice cuándo lo hace. Al juntar Hechos 22.16 y Apocalipsis 1.5, tenemos el qué (la sangre de Cristo) y el cuándo (en el momento del bautismo). Por supuesto que no es que la sangre literalmente lave los pecados, y es obvio que no podemos entrar en contacto con la sangre de Jesús de un modo literal. Tenemos que acercarnos a ella espiritualmente, por los medios que Dios ha señalado para ese propósito.

Nos habilita para ser salvos por gracia

Es necesario bautizarnos para llegar a ser cristianos, porque el Nuevo Testamento enseña que somos salvos por gracia (Efesios 2.5, 8-9; Tito 2.11). Ninguna persona es salva por gracia sino hasta que cumple las leyes que la gracia ha estipulado. «Noé halló gracia ante los ojos de Jehová» (Génesis 6.8). Noé se benefició de esa gracia debido a su obediencia a los mandamientos de Dios. Dios entregó la ciudad de Jericó en manos de Josué (Josué 6.2), pero no recibió este don sino hasta que cumplió las condiciones que Dios estipuló. Nuestro pan de cada día nos es dado por gracia. Es un don de Dios. No obstante, no recibimos nuestro pan de cada día, a menos que cumplamos las leyes de la naturaleza. Lo mismo sucede con nuestra salvación. Somos salvos por gracia, pero esta no salva a los desobedientes. En vista de que Jesús mandó el bautismo como condición para la salvación, se deduce que debemos ser bautizados con el fin de ser salvos por la gracia de Dios.

Nos permite ser salvos por fe

Es necesario bautizarnos para llegar a ser cristianos, porque el Nuevo Testamento enseña que somos salvos por fe. La fe que aprovecha es la que obra (Gálatas 5.6). No es por una fe muerta que somos salvos, ya que esta es una fe sin obras (Santiago 2.26). La fe se perfecciona por las obras (Santiago 2.22). Según Marcos 16.16, el bautismo es un acto de obediencia relacionado con la fe: «El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado». En vista de la veracidad de lo ante­rior, la fe que salva es aquella que tiene la suficiente fuerza para mover a una persona a ser bautizada. La fe salva cuando obedece.

CONCLUSIÓN

Podemos llegar a varias conclusiones pro­venientes del significado de la palabra «bautizar» y de los ejemplos y afirmaciones que encontramos en el Nuevo Testamento. Varias referencias de los escritos de Pablo coinciden plenamente con la definición de bautismo como una sepultura, una inmersión. Descubrimos que el bautismo es admi­nistrado solamente a los creyentes arrepentidos, con el fin de que puedan ser perdonados de sus pecados y ser salvos por la gracia de Dios.

Hemos visto que el bautismo nos salva e intro­duce en Cristo. Como expresión de nuestra fe, el bautismo es el ejercicio de la gracia de Dios, pues es el momento cuando los pecados son lavados. De todas las anteriores consideraciones se deduce que el bautismo es esencial para nuestra salvación.

¿Ha sido usted bautizado de este modo y por esta razón? «Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre» (Hechos 22.16).

Tres nacimientos importantes

El nacimiento natural. Dios decretó que la ley del nacimiento sea el medio por el cual se entra en este mundo físico. La gran ley inmutable que pronunció Él al comienzo, fue que cada criatura produzca según su propio género. Este mandamiento se aplicó también a la familia humana, y de este modo, la especie que comenzó por un milagro se perpetuó por el nacimiento natural. Decimos que este es natural y no milagroso, sin embargo, ningún milagro fue alguna vez más asombroso que este fenómeno.

El nuevo nacimiento. Jesús decretó que el medio de entrada en Su reino sea también un nacimiento. En su conversación con Nicodemo, Jesús hizo énfasis en lo imprescindible que es el nuevo nacimiento (Juan 3.1–5). Como principal de los judíos que era, Nicodemo se debió de inclinar por una gran confianza en el nacimiento carnal, físico, y en los privilegios que le eran conferidos de este modo. Pensó incluso en el nacimiento carnal cuando Jesús le dijo que uno debe nacer de nuevo. Jesús le tranquilizó diciéndole que el segundo nacimiento del cual estaba hablando no era físico, sino que era un nacimiento del agua y del Espíritu.

¿Cómo podemos determinar el significado de las palabras que usó Jesús? Podemos recurrir a la Gran Comisión, en la cual Jesús expresó las condiciones de la salvación sin usar figura alguna. Dijo: «El que creyere y fuere bautizado, será salvo» (Marcos 16.16). Esto nos proporciona un comentario inspirado de Juan 3.5. Para ver ejemplos, podemos recurrir al libro de Hechos y observar los casos de conversiones que ocurrieron bajo la supervisión de hombres inspirados. Un caso típico se recoge en Hechos 2. No hay duda de que los que fueron salvos ese día, nacieron de nuevo. ¿Qué hicieron? Oyeron el sermón que predicó Pedro, lo creyeron, se arrepintieron de sus pecados, y fueron bautizados para el perdón de estos. Al hacer esto, nacieron de nuevo, nacieron del agua y del Espíritu. Para poder nacer de nuevo una persona debe seguir los siguientes mandamientos y ejemplos inspirados: 1) oír la enseñanza del Espíritu cuando Este habla por el Nuevo Testamento, 2) creer en el testimonio del Espíritu, 3) obedecer la exhortación del Espíritu en el sentido de arrepentirse, y 4) ser guiado por el mandamiento del Espíritu en el sentido de ser bautizado en agua para perdón de los pecados. Cuando haya cumplido los anteriores pasos, entonces habrá nacido del agua y del Espíritu. Entonces será un ciudadano del reino de Cristo.

El nacimiento sobrenatural. Jesús es «el primogénito de entre los muertos» (Colosenses 1.18). Al acto de resucitar del sepulcro se lo considera un nacimiento. (Si el resucitar de Jesús del sepulcro es considerado un nacer de entre los muertos, entonces resulta fácil ver cómo nuestro resucitar de las aguas del bautismo puede ser llamado un nacer del agua.)

Es interesante hacer notar cómo cada uno de estos tres nacimientos anteriores ubica a la persona al comienzo de una nueva vida. El nacimiento sobrenatural consiste en liberar el cuerpo de la atadura de la corrupción. Equivale a nacer de la oscura prisión del sepulcro. Será un cuerpo incorruptible y glorificado el que se manifestará.

Qué significa estar en Cristo

Ser cristiano constituye el más alto honor que cualquier persona puede tener sobre esta tierra. Pablo estaba gozoso de ser cristiano (Hechos 26.28-29). Pedro nos exhortó a glorificar a Dios en este nombre

.1Pedro 4.16). Si se me pidiera dar una breve y sencilla definición de lo que es un cristiano, esto es lo que diría: «Es una persona que está en Cristo». Podemos entender cuán grandioso es ser cristiano al notar qué significa estar en Cristo, en comparación con lo que significa estar fuera de Cristo.

QUÉ SIGNIFICA ESTAR FUERA DE CRISTO

En Efesios 2:1-2; se da una descripción de los efesios cuando ellos estaban muertos en pecados

1)    En ese tiempo ellos estaban sin Dios (Efe. 2: 12); no tenían un Padre en los cielos. El tener a Dios como

      nuestro gran Padre celestial depende de ciertas condiciones (2 Corintios 6.17-18).

2)    Estaban sin Cristo (Efe. 2:12). No tenían sumo sacerdote, ni Dios a quien elevar oraciones, y ni

      Cristo por medio de quien orar. El único acercamiento a Dios es por medio de Cristo. Por lo tanto,

      una persona sin Cristo no se podrá acercar al trono de los cielos en oración.

3)    No tenían paz, pues «él es nuestra paz» (Efe. 2:14).

4)    No tenían esperanza (Efe.2:12).

5)    Estaban excluidos de la ciudadanía (espi­ritual) de Israel (Efesios 2:12).

6)    Estaban muertos en sus delitos y pecados (Efesios 2:1).

El estar fuera de Cristo equivale a estar bajo el maligno (1 Jn. 5.19-20). El estar bajo el maligno significa estar en su reino y bajo su dominio. «En Cristo» y «bajo el maligno» son expresiones que describen las únicas dos relaciones espirituales posibles. No hay zona neutral: Una persona está ya sea en Cristo, o bajo el maligno. Por supuesto que estamos hablando de las personas
que han alcanzado la edad de la responsabilidad.

QUÉ SIGNIFICA ESTAR EN CRISTO

Los que estamos en Cristo contamos con Dios, porque somos reconciliados con Él en el cuerpo de Cristo (Efesios 2.16). No solamente esto, sino que los cristianos también contamos con Cristo como nuestro sumo sacerdote. La oración es una gran bendición espiritual que goza la persona que está en Cristo.

La oración no es la única bendición espiritual que gozamos en Cristo. Pablo declaró en Efesios 1.3 que toda bendición espiritual se encuentra en Cristo. No podemos enumerarlas todas en esta lección, sin embargo diremos que entre ellas se incluyen: la redención (Efesios 1.7), el llegar a ser nuevas criaturas

(2  Corintios 5.17), la reconciliación (Efesios 2.16), y la vida eterna (1 Jn. 5.11).

CÓMO ENTRA UNO EN CRISTO

Cuando a una persona se le enseña qué significa estar fuera de Cristo y qué significa estar en Él, lo primero que debería preguntar es «¿Qué debo hacer para entrar en Cristo?». La respuesta a esta pregunta se encuentra en dos pasajes de las Escrituras:

¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? (Romanos 6.3).

... Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos (Gálatas 3.27).

Estos pasajes declaran que somos bautizados «en Cristo». ¡No lo dicen implícitamente; sino explícitamente! Esta es la única manera de entrar en Cristo: siendo bautizados en Él.

Mientras una persona no sea bautizada, ella se encuentra fuera de Cristo. Cuando uno es bautizado en Cristo, pasa entonces a estar en Cristo. Por supuesto, es necesario que uno prepare su corazón y su vida para poder ser bautizado. Debe ser un creyente arrepentido (Marcos 16.16; Hechos 2.38). Bíblicamente, solo pueden bautizarse creyentes arrepentidos. Cuando un creyente arrepentido es sepultado en el bautismo para el perdón de sus pecados, pasa entonces a estar en Cristo.

CÓMO VIVE UNO EN CRISTO

Hay tres expresiones que resumen la vida y la muerte del cristiano. A medida que las considere, pregúntese si ellas describen su vida.

1)    «Entrar en Cristo». Esta es la conversión que ya analizamos. El creyente arrepentido que acepta bautizarse, pasa de estar fuera de Cristo, a estar en Cristo.

2)    «Permanecer en Cristo». No basta con co­menzar. Jesús dijo: «El que en mí no permanece, será echado fuera...» (Juan 15.6). Para poder llevar fruto y ser agradable a Dios, es necesario que permanezcamos fieles hasta el final de nuestras vidas, o hasta el final de los tiempos.

3)    «Morir en el Señor». «Bienaventurados [...] los muertos que mueren en el Señor» (Apo­calipsis 14.13). «... Traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él» (1 Tesalonicenses 4.14). Para poder morir en Cristo, es necesario que primero entremos en Él y permanezcamos fieles y consagrados.

CONCLUSIÓN

¿Habrá quién no desee ser cristiano y gozar las bendiciones que se han de encontrar únicamente en Cristo? Es cierto que todos los que viven piadosamente padecerán persecución (2 Timoteo 3.12), pero estas son cosas insignificantes cuando se las compara con las gloriosas promesas que se encuentran en la Palabra de Dios (1 Jn. 5.11; Apocalipsis 14.13). «Las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse Romanos 8:18;

Los llamamientos de Dios


La historia de los tratos de Dios con el hombre es una historia de los llamamientos que hace Dios a este. Dios ama a la humanidad. Este amor ha hecho que Él vaya en busca de Su pueblo y lo llame para sí.

SUS LLAMAMIENTOS EN EL PASADO

Noé fue llamado a salir de un mundo antedi­luviano para ser puesto sobre una tierra lavada y purificada por las aguas del diluvio (Génesis 6:22). Dios le dio instrucciones precisas, y Noé «hizo conforme a todo lo que Dios le mandó» Cuando Dios llama, el hombre debe responder, si es que ha de ser bendecido.

Abram fue llamado a salir de su tierra (Génesis 12.1-4). Estaba viviendo en una tierra de idolatría. Dios lo llamó a apartarse totalmente y le prometió darle una tierra que Él le mostraría. Otras maravillosas bendiciones fueron prometidas porque Abram respondió al llamamiento de Dios. Las familias de la tierra serían bendecidas con el tiempo por medio de él. En la obediencia de Abram vemos el comienzo de una poderosa nación.

Dios llamó a los israelitas a salir de Egipto. Moisés fue enviado para sacarlos (Éxodo 3.10). Fueron maravillosas las bendiciones que se pro­metieron, pero estas habían de ser gozadas sola­mente si el pueblo oía el llamamiento de Dios y respondía a este siguiendo la dirección de Moisés. Habían de apartarse de la idolatría egipcia. Cuando algunos de ellos se volvieron idólatras al pie del monte Sinaí, fueron muertos (Éxodo 32).

Muchos años después, Dios llamó a los Israelitas, a salir de la cautividad en Babilonia. Después de setenta años de cautividad, Dios permitió a los Israelitas vencidos volver a Canaán (Jeremías 29.10). El decreto de Ciro se hizo pregonar, llamándolos a volver a su tierra y a reconstruir su santa ciudad (2o Crónicas 36.22–23). Bajo la dirección de Zorobabel, Esdras y Nehemías, una gran cantidad de israelitas volvieron a su tierra,
reconstruyeron los muros y restauraron el templo.
SUS LLAMAMIENTOS HOY DÍA

Dios nos llama hoy día. Su llamamiento para nosotros es el llamamiento de un reino espiritual —para salir de las tinieblas y entrar en la luz. Somos llamados por el evangelio (2 Tesa­lonicenses 2.14). No es este un llamamiento mila­groso, ni misterioso. Es, más bien, un llamamiento por medio de la Palabra de Dios. Somos llamados a salir de una cosa para entrar en otra:

Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable (1  Pedro 2.9).

... Y os encargábamos que anduvieseis como es digno de Dios, que os llamó a su reino y gloria (1 Tesalonicenses 2.12).

Hay otros pasajes que describen este llama­miento. Hechos 2.39 dice que el llamamiento es de Dios. Somos llamados a ser santos (1 Corintios 1.2). Es un llamamiento celestial (Hebreos 3.1).

En el Nuevo Testamento tenemos una palabra que literalmente significa «llamados fuera de». Esa palabra es iglesia. La palabra griega es ekklesia. Es una combinación de dos palabras: ek, que significa «fuera de», y kaleo, que significa «llamar». La palabra «iglesia» significa literalmente «los llamados fuera de». Cuando nos referimos a la iglesia del Señor, es a «los llamados fuera de, que pertenecen al Señor». Esto debería responder de una vez por todas la pregunta acerca de si es necesario o no ser miembros de la iglesia. ¿Es necesario ser llamados fuera de? ¡Por supuesto! Si una persona ha sido llamada fuera de las tinieblas a la luz, ella es parte de los llamados fuera de, es decir, de la iglesia. En .2 Pedro 1.5-11, encontramos un modo de «hacer firme [nuestro llamamiento] y elección». En este pasaje Pedro enumeró algunas cualidades cristianas concretas: diligencia, fe, virtud, conocimiento, dominio propio, paciencia, piedad, afecto fraternal y amor. Dijo: «Porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás» (vers.o 10). Sí, es posible que un cristiano caiga de la gracia. Cada uno de nosotros necesita poner toda diligencia en hacer firme y seguro el llamamiento de Dios

Tres reinos

El reino de la naturaleza. Este mundo físico en el cual vivimos es el reino del cuerpo carnal, y para el cuerpo carnal, el hombre natural. Dios, por supuesto, es el Soberano de este dominio. Todos los habitantes de la tierra son sus ciudadanos. Está gobernado por las leyes de la naturaleza. Estas


leyes naturales son las leyes de Dios. Son leyes acertadas y confiables, y constituyen una de las más sólidas pruebas de la existencia de Dios.

El reino de la gracia. Al reino de la gracia se le llama también «reino de Dios», «reino de Cristo» y «reino de los cielos». Es la iglesia, que se compone de todos los que han sido trasladados al reino del amado Hijo de Dios (Colosenses 1.13). Cristo es nuestro Soberano; Él es Rey (Mateo 28.18; Efesios 1.22-23). Su dominio es el reino del Espíritu. Su ley es aquella que fue dada por el Espíritu Santo, el Nuevo Testamento.

El reino de gloria. Un tercer reino es el del hombre glorificado y para el hombre glorificado. Es una generosa entrada a este reino la que se les promete a los que son fieles (2 Pedro 1.11). Es el cielo mismo. Dios es el Soberano allí, y Él reinará sobre los redimidos por toda la eternidad.


El cuerpo de Cristo

Las Escrituras usan muchas imágenes ins­piradas para representar la iglesia. Dependemos de estas imágenes para gran parte de la informa­ción que tenemos en relación con esta institución. De hecho, sin ellas estaríamos muy carentes de información. Al elegir el cuerpo humano como una ilustración para asistir en la representación de la iglesia, parece que la inspiración eligió un ejemplo de gran sencillez, pero a la vez uno de gran profundidad. Hay tres verdades sobresalientes que insinúa esta comparación.

LA RELACIÓN DE CRISTO CON LA IGLESIA

En relación con la iglesia, Cristo es la cabeza. Esta metáfora se usa en Efesios 1.22-23, y en Colosenses 1.18, 24. Estos pasajes no solo recalcan que Cristo es la cabeza de la iglesia, sino que el primero de ellos dice además cuándo llegó a ser la cabeza: llegó a serlo después de Su resurrección y exaltación. Si la iglesia hubiera existido antes de la muerte de Cristo, como muchos sostienen, entonces habría sido un cuerpo sin cabeza. Esto, por supuesto, desecha las ideas erróneas de que la iglesia fue establecida en tiempos de Abraham o de Juan el Bautista. Este pasaje enseña que Cristo llegó a ser cabeza de la iglesia después de Su resurrección; y cuando lo examinamos más profundamente, descubrimos que esto sucedió cincuenta días después de Su resurrección, el día de Pentecostés (Hechos 2). Este fue el día cuando nació la iglesia. Ese día Cristo comenzó su gobierno de mediación sobre ese cuerpo.

El hecho de que Cristo es cabeza, Su reinado, y Su soberanía, insinúan de una manera muy exce­lente el concepto de autoridad y gobierno. Insinúa que tiene toda autoridad, tal como él afirmó en Mateo 28.18. Como cabeza que es, Él gobierna toda la iglesia. La clase de gobierno es una monarquía absoluta.

Una cualidad única de esta monarquía es su perfección. La cabeza de la iglesia es perfecta en

sabiduría y en amor; no comete errores. Debemos ver en Él la última voz de autoridad en todo asunto religioso. No podemos recurrir a la iglesia, ni a nuestras conciencias, ni a Moisés, ni a la tradición.

Leí una extensa proposición escrita por alguien que trataba de probar que Pedro fue cabeza de la iglesia. Entró en gran detalle tratando de probar que Pedro y sus sucesores fueron cabeza de la iglesia. Uno de sus argumentos era la necesidad de una cabeza. No negamos que la iglesia tiene necesidad de cabeza, ni negamos que tiene una. No obstante, negamos de la manera más rotunda que alguna vez se pusiera una cabeza humana sobre la iglesia de Cristo. Cristo es la única cabeza. Él ha hablado por medio de Sus embaj adores inspirados (2 Corintios 5.20), y estos no han tenido sucesores.

El saber que Cristo es la cabeza de la iglesia debe hacer que la iglesia sea exaltada en los pensamientos de toda persona. Una institución de la cual Cristo es cabeza no puede ser insignificante. El solo hecho de que Él es la cabeza revela su gran importancia. ¡Qué gran honor es ser miembro de un cuerpo, del cual Cristo es la cabeza!

La cabeza es el centro de los sentimientos y las sensaciones. Lo que se haga al cuerpo es sentido por la cabeza. Cuando honramos la iglesia, honramos la cabeza de esta; y cuando deshonramos la iglesia, deshonramos su cabeza. En Mateo 25, en la escena del juicio, se prueba la primera parte de esta aseveración. El servir a los hermanos de Cristo sobre la tierra equivale a servirle a Él. La aseveración que hizo Jesús a Saulo en Hechos 9.4 prueba la segunda parte: el perseguir la iglesia equivale a perseguir a Cristo. ¡Tengamos cuidado de la manera como hablamos de la iglesia! ¡Tengamos cuidado de cómo la tratamos!

LA RELACIÓN DE CRISTO CON LOS CRISTIANOS

Es probable que no haya tema que cause más confusión que el de la iglesia. La mayoría de las ideas equivocadas en relación con la iglesia se originan al no entender lo que ella es.

Tratemos de definir la iglesia. Es el cuerpo de Cristo (Efesios 1.22-23). Es un cuerpo de personas, por supuesto; pero ¿qué personas? Personas salvas (Hechos 2.47) —cristianos neotestamentarios. Así, la iglesia es ese cuerpo compuesto por las personas salvas, sobre las cuales Cristo reina. La misma definición de la iglesia recalca lo imprescindible que es esta. Hay quienes no creen que la iglesia pueda salvar. Están en lo correcto. Ella no es el Salvador; el Salvador es Cristo, y solo Este puede salvar. ¿Qué salva? Salva el cuerpo (Efesios 5.23).

Hay confusión adicional en cuanto a la im­portancia de la iglesia, y a la necesidad de ser miembros de ella. Lo imprescindible de la iglesia se puede observar en las palabras de Pablo en el sentido de que la reconciliación se encuentra en el cuerpo (Efesios 2.16). Fuera de la iglesia, entonces, el hombre no puede ser reconciliado con Dios.

No hay vida fuera del cuerpo. Para ser unido a la cabeza, uno debe estar en el cuerpo. Nadie puede estar unido a la cabeza, y a la vez seguir fuera del cuerpo. Sí, uno debe estar en la iglesia para tener vida espiritual. La doctrina en el sentido de que uno no tiene necesidad de estar en la iglesia para ser salvo, es falsa.

LA RELACIÓN DE LOS CRISTIANOS
CON LOS CRISTIANOS

En Efesios 4.16 se describe la iglesia como un cuerpo humano con muchos miembros. Esta imagen revela que cada miembro es importante y tiene una función que cumplir. Así como el cuerpo humano tiene muchos miembros —cada uno con su respectiva tarea y todos contribuyendo al sustento de la totalidad— también nosotros los que pertenecemos al cuerpo de Cristo, tenemos diferentes funciones, pero pertenecemos al mismo cuerpo (1 Corintios 12.25-26). Cada miembro es necesario para el lugar que ocupa, y cada uno es útil para la totalidad. En vista de que cada uno tiene necesidad del otro, cada cual debe llevar a cabo el trabajo que le corresponde, y debe hacerlo sin exaltarse a sí mismo y sin despreciar a los demás. Entre los miembros no debe haber orgullo ni envidia.

Los miembros del cuerpo deben llenarse de compasión y estar interesados y preocupados unos por otros. Cuando alguno sufre, todos sufren. Cuando uno de los miembros del cuerpo está enfermo, el cuerpo entero sufre la discapacidad. Las fuerzas de los demás miembros deben concentrarse en la recuperación del enfermo. Cuando un hermano se extravía, no podemos ser indiferentes a la situación. No debemos hablar de ello de una manera que dé a entender que no nos preocupa. El cuidado, el consejo y las oraciones de toda la iglesia deben concentrarse en el miembro errante. Cuando a un miembro le sobreviene la adversidad, la compasión de los demás debe dirigirse al que sufre. Asimismo, si otro se goza, todos debemos regocijarnos. Esto excluye toda envidia. Jamás debe haber descontento por la fortuna o el éxito de otro miembro del cuerpo. ¿Experimentamos nosotros la cercanía, la identidad de intereses, el calor de las almas y la unidad de pensamiento que debe caracterizarnos como miembros de un solo cuerpo?

CONCLUSIÓN

Son tres lecciones las que sobresalen en cuanto a la relación de Cristo con Su iglesia y los miembros de esta. Cristo es nuestra cabeza y el Señor de nuestras vidas, si es que somos parte de Su cuerpo, la iglesia. Debemos estar en Su cuerpo para estar unidos con Él, y debe haber unidad y cooperación entre los miembros de ese cuerpo. ¡Cristo está por encima de nosotros! ¡Estamos en Cristo! ¡Somos miembros los unos de los otros! Las anteriores afirmaciones deben ser verdaderas entre los que están en el cuerpo de Cristo.

Cómo influenciar a los demás

A menudo influenciamos a los demás sin saberlo. He visto en ocasiones que una persona responde a la invitación del Señor, haciendo que otro se anime a responder también. El primero que lo hizo tal vez jamás se entere de que ayudó a otro a hacerse cristiano. ¿De qué otras maneras influenciamos a los demás?

Por nuestra palabra. (Lea .1 Timoteo 4.12; Efesios 4.29; Colosenses 4.6). ¿Cómo es su palabra? La palabra descuidada puede hacer que se pierdan almas.

Por nues tro diario vivir. Una vida cristiana estable, constante, contribuye a llevar a otros a Cristo. Las personas de negocios tienen grandes oportunidades de hacer que sus vidas resplan­dezcan. Las mujeres cristianas pueden ganar a sus maridos por medio de una vida fiel (1 Pedro 3.1).

Por nuestras actitudes para con la iglesia. Debemos mostrar que la iglesia es importante para nosotros, si es que esperamos convencer a los demás de que debería ser importante para ellos.

¿Es la iglesia el reino de Cristo?

Cerca del 48 por ciento del Nuevo Testamento se refiere a la vida de Jesús, y el 52 por ciento de este libro se refiere a lo que la vida de Jesús creó: la iglesia. Durante Su ministerio, Jesús habló constantemente acerca del reino de los cielos (vea, por ejemplo, Mateo 4.17). Anunció un día cuando el reino de los cielos se establecería, así como un día cuando la iglesia se establecería. ¿Se estaba refiriendo a dos entidades diferentes, o se estaba refiriendo a una misma entidad de dos maneras diferentes?

LA IGLESIA EN LA PROFECÍA

Isaías 2.2-4 habla del «monte de la casa de Jehová». Esta es una imagen de la iglesia en la profecía. La iglesia no podía haber existido en los tiempos de Isaías. Según esta profecía, la casa de Dios sería construida «en lo postrero de los tiempos», y todas las naciones entrarían en ella. La casa de Dios es la iglesia (1 Timoteo 3.15).

Jesús dijo: «... edificaré mi iglesia» (Mateo 16.18). Esto demuestra que la iglesia no fue establecida en los tiempos de Juan el Bautista, y que no existía cuando Jesús pronunció estas palabras. En Mateo 18.17 se menciona la iglesia nuevamente. Por supuesto que las instrucciones de Jesús que se dan allí, habían de ser observadas en la iglesia cuando esta llegara a existir.

No podía haber una iglesia neotestamentaria mientras no hubiera un Nuevo Testamento, y este no podía entrar en vigor mientras Jesús no hubiera muerto (Hebreos 9.16-17). Por lo tanto, la iglesia no pudo existir sino hasta después de la muerte de Cristo.

Después de la muerte, resurrección y ascensión de Jesús, leemos luego acerca de la iglesia en Hechos 2. Una lectura cuidadosa del capítulo revela que la iglesia fue establecida ese día, como resultado de los eventos que ocurrieron. Ese día se predicó el evangelio por primera vez. A los hombres se les dijo qué hacer para ser salvos (Hechos 2.38,41,47). Se añadieron tres mil almas ese día (vers.o 41), y otros que fueron salvos en los días sub siguientes, fueron añadidos a la iglesia (vers.o 47).

Después de lo anterior, la iglesia dejó de ser mencionada como tema profético, y era ahora un cuerpo que tenía existencia. Isaías había profetizado que sería establecida en «lo postrero de los tiempos»; y en el sermón presentado el día de Pentecostés, Pedro declaró que los eventos de ese día ocurrieron por cumplimiento de la profecía de Joel (Hechos 2:16,17,39;), eventos que este profetizó para los «postreros días» (vers.o 17). La iglesia se estableció en los postreros días, y todavía estamos viviendo en los «postreros días», la última dispensación de tiempo. Además, según Joel, la casa de Dios acogería en su seno a gente de todas las naciones. El día de Pentecostés, Pedro dijo que la promesa era para los judíos a quienes él hablaba, y también para «todos los que están lejos» (vers.o 39). Todas las naciones son reconciliadas con Dios en la iglesia (Efesios 2.14-16).

LA INAUGURACIÓN DEL REINO Ahora examinemos algunas afirmaciones re­lacionadas con el reino.

1)    En Daniel 2.44, leemos que el reino había de ser establecido en los tiempos de los reyes romanos.

2)    Juan el Bautista declaró que el reino se había «acercado» (Mateo 3.2).

3)    Durante su ministerio personal, Jesús afirmó que el reino de Dios se había «acercado»

      (Marcos 1.15; vea Mateo 10.5-7; Lucas 10.9).

4)    Después de la resurrección de Cristo, los discípulos le preguntaron más acerca del reino. Esto fue lo que prometió: «Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo» (Hechos 1.8). Esto nos recuerda otra promesa que había hecho antes: «De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte hasta que hayan visto el reino de Dios venido con poder» (Marcos 9.1).

5) Lo anterior nos sitúa nuevamente en Hechos 2, que se refiere al día cuando el Espíritu vino. El poder había de venir a los apóstoles cuando recibieran el Espíritu (Hechos 1.8). El reino había de venir mientras todavía estuvieran vivos algunos de los discípulos. Además, había de venir con poder (Marcos 9.1). Por lo tanto, el reino vino el día de Pentecostés, tal como se relata en Hechos 2. Los eventos de este día reúnen los requisitos de todas las profecías que se habían hecho anteriormente acerca del establecimiento del reino.

 

¿ES LA IGLESIA EL REINO?

Todas las profecías relacionadas con el co­mienzo de la iglesia culminan en Hechos 2, el día de Pentecostés. Lo mismo sucede con todas las profecías relacionadas con el establecimiento del reino. Así, somos confrontados con una decisión. Debemos llegar a dos posibles conclusiones: O las dos instituciones fueron establecidas ese día, o estas profecías se estaban refiriendo a la misma institución. Consideremos las siguientes pruebas:

En primer lugar, la iglesia y el reino se com­ponen de las mismas personas. En Apocalipsis 1.4-6, Juan se dirigió a las siete iglesias de Asia. Les dijo a los miembros de estas iglesias que ellos eran un reino.

En segundo lugar, veamos Hebreos 12:23,28dice que los lectores de esta carta se habían acercado a la iglesia. y el 28 que habían recibido el reino.

Ya vimos que Jesús es la cabeza de la iglesia y el rey del reino. No obstante, se nos dice que Él solo tiene un cuerpo (Efesios 4.4), de modo que deben ser lo mismo. De lo contrario, habría dos cuerpos.

Jesús profetizó que Su mesa estaría en el reino (Lucas 22.29-30). La cena especial que Él instituyó fue comida más adelante por los discípulos —los que estaban en la iglesia (Hechos 20.7; .1 Corintios 11). Esto nuevamente demuestra que la iglesia es el reino.

Cuando Pedro escribió a la casa de Dios, la iglesia (1 Pedro 2.6; 4.17; .1 Timoteo 3.15), les dijo a los miembros de esta que ellos habían nacido de nuevo (1 Pedro 1.23). Juan 3.3 revela que uno necesita nacer de nuevo para entrar en el reino. El proceso por el cual uno entra en el reino, entonces, es el mismo que siguieron estos miembros de la iglesia. Hay aún más: cuando uno es salvo, es añadido a la iglesia (Hechos 2.47). Todo pecador debe creer y ser bautizado con el fin de ser salvo (Marcos 16.16). En vista de que la iglesia es el reino, creer y ser bautizado equivalen a nacer del agua y del Espíritu (Juan 3.5).

CONCLUSIÓN

La iglesia es el reino. La palabra «iglesia» recalca el apartarse del mundo. La palabra «reino» recalca que se trata del cuerpo de llamados a salir, que es gobernado por el Señor Jesucristo. Se compone de los salvos, los que han sido llamados a salir del mundo. Estos son sus ciudadanos, que gozan los privilegios y bendiciones de la ciudadanía.

Sobre ser cartas vivas

Los cristianos somos cartas vivas (2 Corintios 3.2). Somos leídos por los demás. Hay quienes no leen nada que tenga que ver con asuntos religiosos. Lo único que leen son las vidas de los que profesan ser cristianos. A la luz de este hecho, he aquí algunas ideas que recordar.

Usted es carta viva. Esto es cierto sea usted cristiano o no. Cuando la gente lo observa a usted, leen un mensaje. He aquí una lección para los que se sienten poco importantes y poco tomados en cuenta, los que creen que no hay nada que puedan hacer por el Señor. Todo el mundo tiene influencia en los demás.

O su influencia es buena, o es mala. La gente lee un mensaje cuando lo observan a usted, y ese mensaje o es bueno, o es malo; no hay mensaje neutro. «El que no es conmigo, contra mí es», declaró Jesús (Mateo 12.30). El que no tiene una buena influencia, tiene una mala influencia. ¿Es usted una poderosa influencia para la iglesia?

Us ted no puede perder influencia. Puede que pierda su buena influencia, pero en este caso pasa automáticamente a tener una mala influencia. Vaya donde vaya, su influencia queda atrás afectando a los demás. Aun si tratara de escapar de ella, este acto por sí solo influenciaría a los demás.

Los peligros del premilenarismo

El título de esta lección da a entender claramente que, a mi parecer, el premilenarismo es una doctrina peligrosa. Tengo razones para pensar así. Veo en­tre los diversos principios de esta doctrina algunas enseñanzas que trastornan el evangelio verdadero, y que constituyen un ataque al corazón mismo de la enseñanza neotestamentaria.

También, he visto algunos de los frutos del premilenarismo en las vidas de sus partidarios. He visto hombres que se entusiasmaron tanto con la doctrina que parecieron olvidar las grandes verdades del evangelio, por las cuales una vez combatieron. No hablan, ni predican, ni escriben sobre otra cosa que no sea el premilenarismo. Tienden a ser fanáticos de este. El premilenarismo se convierte para ellos en el importante mensaje que debe predicarse. Evitan las iglesias que rehúsan proveerle refugio a este, y buscan a otros que acepten esta enseñanza, sin importarles otros puntos de diferencia doctrinal que puedan existir.

LA DOCTRINA DEL PREMILENARISMO

El premilenarismo es la enseñanza en el sentido de que en el futuro habrá un período de mil años de justicia universal sobre la tierra. Según esta enseñanza, Cristo ha de volver a la tierra antes de este período y ha de reinar sobre ella durante mil años. Hay otros puntos relacionados; sin em­bargo, la anterior es una breve reseña.

Por supuesto, hay varias maneras como la Biblia rebate la doctrina. Ella revela que el reino de la profecía ya fue establecido. Revela que Cristo está reinando ahora sobre el trono de David. Estos puntos rebaten la teoría, y son puntos que enseñan claramente pasajes de las Escrituras.

Una regla de estudio bíblico que por lo general se ha reconocido, es que los pasajes figurados y de difícil comprensión, deben interpretarse a la luz de pasajes claros. No obstante, el premilenarista tiene el hábito de interpretar primero los pasajes figurados, y después torcer los pasajes claros, con el fin de hacerlos ceder, o los pasa por alto completamente.

Los premilenaristas se jactan en gran manera de creer en la Biblia, y acusan a los demás de no creer en ella. Parecen pensar que cuando uno cree que una figura de lenguaje tiene significado figurado, uno no cree en la Biblia. La práctica de interpretar los pasajes figurados primero, y después tratar de hacer ceder los pasajes claros, no es manera de arribar a la verdad. Más bien es un intento por mantener una teoría errónea a toda costa.

La doctrina del premilenarismo se afianza tan firmemente en sus creyentes, que ella llega a ser más clara que todo lo demás, más clara que el plan de salvación, más querida que la iglesia que fue comprada con sangre. La teoría hace que sus partidarios pongan en una categoría secundaria la «era de la iglesia» y las doctrinas relacionadas con la iglesia del Señor. Veamos como hacen esto.

PROCEDIMIENTOS Y TÁCTICAS DE
LOS PREMILENARISTAS

Los premilenaristas leen los pasajes vetero­testamentarios que anuncian el reino, y están conscientes de que Juan y Jesús anunciaron que ese reino se había «acercado». No obstante, llegan a la conclusión de que no fue establecido, sino que se pospuso. ¿Hay algún pasaje que enseñe que Jesús lo pospusiera, o que por lo menos lo insinúe? No lo hay. ¿De dónde sacaron, entonces, esa idea? Leen los pasajes veterotestamentarios acerca de un reino y de un trono, y llegan a la conclusión de que es un régimen terrenal y material el que se anuncia. Creen lo mismo acerca del reino que anunciaron Juan y Jesús. No les parece que Jesús alguna vez estableciera esta clase de reino, de modo que concluyen que lo pospuso.

No parece ocurrírseles a los premilenaristas que la muy particular idea que tienen ellos de la naturaleza del reino que predijeron los profetas y que anunciaron Juan y Jesús, puede estar errada. Dicen que Daniel 2.44 profetizó el reino, y que este había de ser establecido en los tiempos del Imperio Romano. Están de acuerdo con que Jesús vino con toda la intención de establecer ese reino. No obs­tante, afirman que como los judíos no estaban preparados para el reino, y no lo aceptarían, entonces a Jesús le fue necesario posponerlo.

Según los premilenaristas, Roma será reani­mada y una vez más tendrá dominio de toda la tierra. Sostienen esto con el fin de proveer para el cumplimiento de Daniel 2.44. Cuando parecía, durante la Segunda Guerra Mundial, que Italia podría ponerse en marcha otra vez, las plumas de los premilenaristas fluyeron copiosamente; pero cuando las potencias del Eje fueron aplastadas, las plumas guardaron silencio. ¿Habrá sido que los ejércitos de los Aliados, al igual que los judíos que se negaron a aceptar el reino en los tiempos de Jesús, frustraron los planes de Dios?

Los premilenaristas dicen que ellos no en­tienden las demoras de Dios en estos asuntos. Parece que cuando atribuyen planes al Señor, y un evento no sucede, ellos concluyen que el Señor lo pospuso, o que cambió de planes. En lugar de lo anterior, ¿por qué mejor no llegar a la conclusión de que sus ideas acerca de los planes de Dios están erradas?

LAS CONSECUENCIAS DEL PREMILENARISMO

El reino de la profecía veterotestamentaria ha sido establecido. De esto hay indicios indudables en pasajes tales como Hebreos 12.28, Colosenses 1.13 y Apocalipsis 1.9. Estos pasajes no solamente insinúan la existencia del reino; la declaran. Hebreos 12.28 dice: «Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible...». La afirmación de Pablo en Colosenses 1.13 fue en el sentido de que Dios nos ha «trasladado al reino de su amado Hijo». Juan declaró en Apocalipsis 1.9 que él era un hermano «en el reino».

Dios levantó a Cristo para que se sentara en el trono de David (Hechos 2.30-31), y lo hizo «resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales» (Efesios 1.20). Cristo, «habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados [...] se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas» (Hebreos 1.3). El taber­náculo de David (Hechos 15.14-17) ha sido reconstruido de una manera espiritual; por lo tanto, ahora los gentiles pueden gozar el privilegio de ser conciudadanos con los santos. Además, una comparación de diferentes pasajes de la Escrituras indica que el reino de Cristo es la iglesia. Puesto que solo tiene un cuerpo, y puesto que Él gobierna sobre Su reino y es cabeza de la iglesia, se deduce que tienen que ser el mismo cuerpo (Efesios 4.4).

Los premilenaristas no creen que el reino haya sido establecido, pero sí creen que la iglesia ha sido establecida. Esto significa, por supuesto, que ellos no creen que el reino es la iglesia. Por lo tanto, según ellos, ¿qué papel juega la iglesia en el plan de Dios?

La doctrina premilenarista dice que cuando se tomó la decisión de posponer el reino, la iglesia fue dada como sustituto de este. Según esta teoría, después que Jesús vio que el reino no podría ser establecido, Él anunció Su intención de establecer la iglesia. Si esta enseñanza fuera correcta, entonces, después que Jesús prometió edificar la iglesia, no esperaríamos que hiciera más anuncios en cuanto a que el reino se había acercado. Por el contrario, esto es exactamente lo que encontramos. Solo este hecho debería aniquilar la teoría del premilenarismo. En Lucas 10.9, a los setenta discípulos se les ordenó predicar: «Se ha acercado a vosotros el reino de Dios». Esta afirmación fue hecha después que Jesús prometió edificar Su iglesia (Mateo 16.18). ¿Cómo lo sabemos? La comisión limitada que se recoge en Lucas 10 fue dada a los setenta después de la transfiguración que se recoge en Lucas 9. No obstante, la promesa de Jesús en el sentido de edificar Su iglesia, recogida en Mateo 16, fue hecha antes de la transfiguración, la cual se recoge también en Mateo 17. Por lo tanto, las afirmaciones de Jesús acerca de la cercanía del reino, recogidas en Lucas 10, fueron hechas después que Él prometió edificar Su iglesia, en Mateo 16. En otras palabras, Jesús proclamó que el reino se había «acercado» aun después que anunció Su propósito de edificar la iglesia.

El anuncio que hizo Jesús acerca de la iglesia, no significó que él estuviera abandonando Sus promesas en relación con el reino. La verdad es que Dios había estado pensando en la iglesia todo el tiempo. Refiriéndose a ella y a su diseño, en Efesios 3:11,21; Pablo dijo que esto fue «conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor» . En ese mismo capítulo, en una de sus maravillosas doxologías, dijo Pablo: «... a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos» . Note la expresión «por todas las edades». Así es, la iglesia estaba incluida en el propósito eterno de Dios, y Él ha de ser glorificado por ella «por los siglos de los siglos». Pablo enseñaba que la iglesia era el cumplimiento de lo que Dios se había propuesto, de lo que los profetas habían profetizado, y de lo que Cristo había anunciado.

Si el premilenarismo fuera verdadero, ¿cómo podría haber sido incluida la iglesia en el propó­sito de Dios? No podría haberlo sido. ¿Cómo podría haberse referido a ella una sola profecía veterotesmentaria? Ninguna podría haberlo hecho. Según esa doctrina, el propósito y el plan originales eran para el reino, pero la iglesia sirvió de sustituto después que el reino fue desechado.

¿Es la era cristiana el resultado de una ca­sualidad? ¿Es una desilusión? ¿Es un sustituto para mientras viene el reino? ¿Existe como una anticipación del reino, preparando una clase gober­nante para ese reino? Ninguna de las anteriores.

Por lo tanto, no es difícil entender cómo la iglesia, el plan de salvación, y otros elementos propios de esta era, llegan a ocupar una posición poco importante en el pensamiento del premilenarista. La doctrina en sí les asigna tal posición a ellos. El gran evento, la culminación, está todavía en el futuro, y viven en constante espera de él. ¿En qué consiste esa culminación? ¡En un reino terrenal en el cual los ritos y formas terrenales del judaísmo reviven! ¡Cuán trastornante del verdadero espíritu cristiano es esta doctrina! ¡Es un volver a las sombras! Es peligrosa.

CONCLUSIÓN

La iglesia es el único reino que Dios tiene sobre la tierra hoy día, y el único que alguna vez tendrá. Fue parte de Su propósito eterno. El Nuevo Testamento le atribuye una posición de sublime importancia. Es grandioso; en comparación con él, todas las demás instituciones se empequeñecen. Jesús reina sobre él. Él reina como Rey desde el trono de David en lo alto de los cielos. Él debe reinar hasta que todos los enemigos sean puestos por estrado de Sus pies. «El postrer enemigo» en ser destruido es «la muerte»

(1 Corintios 15.25-26). Será destruido por la resurrección de los inicuos y de los justos el día postrero (Juan 5.28-29; 6.44; 12.48).

Habrá una «resurrección», tal como se afirma en Hechos 24.15. No habrá dos resurrecciones, una de los justos y otra de los inicuos, separadas por un período literal de mil años. Cuando los muertos sean resucitados en el día postrero y sea destruido el postrer enemigo, Cristo entregará el reino a Dios Padre. Este es el reino contra el cual las puertas del Hades no prevalecerán —el reino inconmovible, el reino que permanecerá para siempre.

Los cristianos creen que hay un hogar para el alma, y ellos lo esperan con ilusión. No es una esperanza de una habitación terrenal, sino de «una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos» para ellos .1 Pedro 1:4;

El significado de la paciencia

La palabra «paciencia» es rica, pues significa resistencia, perseverancia y longanimidad. Ser paciente es resistir la adversidad sin quejarse. La paciencia incluye la capacidad de resistir, la capacidad de sufrir y la capacidad de esperar. Se menciona como una de las siete virtudes que hemos de añadir a nuestras vidas (2 Pedro 1.6; vea Hebreos 12.1-2). Puesto que Jesús es nuestro modelo perfecto, observemos cómo demostró Él paciencia.

Paciencia con la gente. Vemos la paciencia de Jesús en Sus esfuerzos por ganar a la gente. Aunque multitudes le oprimieran, él andaba haciendo el bien. Era paciente cuando Sus discípulos no eran capaces de entender. También era paciente con sus enemigos. Estuvo dispuesto a perdonar, y pidió a Dios que los perdonara.

Paciencia con las circunstancias. Al seguir a Jesús en Su vida terrenal, al verlo durante las tribulaciones, y al contemplarlo en el Calvario, se nos da a conocer que tenía perfecto dominio de las circunstancias. También podemos aprender de Job (vea Santiago 5.11) y de Pablo (vea Filipenses 4.11). Un cristiano no está exento de pruebas y tribulaciones, pero tiene tranquilidad de espíritu en medio de ellas. Santiago enseñó que las pruebas producen paciencia (Santiago 1.1-3).

Paciencia con Dios. Jesús fue siempre sumiso a la voluntad de Su Padre. Esto fue lo que pidió en oración: «... pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22.42). Debemos tener paciencia mientras Dios realiza Sus planes. Debemos per­severar en oración y jamás pensar que Dios ha olvidado Sus promesas.

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