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EL SEÑOR NO NOS VE

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Inmoralidad secreta dentro del Cristianismo

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1 Y ACONTECIÓ en el sexto año, en el mes sexto, a los cinco del mes, que estaba yo sentado en mi casa, y los ancianos de Judá estaban sentados delante de mí, y allí cayó sobre mí la mano del Señor Jehová. 2 Y miré, y he aquí una semejanza que parecía de fuego: desde donde parecían sus lomos para abajo, fuego; y desde sus lomos arriba parecía como resplandor, como la vista de ámbar. 3 Y aquella semejanza extendió la mano, y tomóme por las guedejas de mi cabeza; y el espíritu me alzó entre el cielo y la tierra, y llevóme en visiones de Dios a Jerusalem, a la entrada de la puerta de adentro que mira hacia el aquilón, donde estaba la habitación de la imagen del celo, la que hacía celar. 4 Y he aquí allí estaba la gloria del Dios de Israel, como la visión que yo había visto en el campo. 5 Y díjome: Hijo del hombre, alza ahora tus ojos hacia el lado del aquilón. Y alcé mis ojos hacia el lado del aquilón, y he aquí al aquilón, junto a la puerta del altar, la imagen del celo en la entrada. 6 Díjome entonces: Hijo del hombre, ¿no ves lo que éstos hacen, las grandes abominaciones que la casa de Israel hace aquí, para alejarme de mi santuario? Mas vuélvete aún, y verás abominaciones mayores. 7 Y llevóme a la entrada del atrio, y miré, y he aquí en la pared un agujero. 8 Y díjome: Hijo del hombre, cava ahora en la pared. Y cavé en la pared, y he aquí una puerta. 9 Díjome luego: Entra, y ve las malvadas abominaciones que éstos hacen allí. 10 Entré pues, y miré, y he aquí imágenes de todas serpientes, y animales de abominación, y todos los ídolos de la casa de Israel, que estaban pintados en la pared alrededor. 11 Y delante de ellos estaban setenta varones de los ancianos de la casa de Israel, y Jaazanías hijo de Saphán estaba en medio de ellos, cada uno con su incensario en su mano; y del sahumerio subía espesura de niebla. 12 Y me dijo: Hijo del hombre, ¿has visto las cosas que los ancianos de la casa de Israel hacen en tinieblas, cada uno en sus cámaras pintadas? porque dicen ellos: No nos ve Jehová; Jehová ha dejado la tierra. 13 Díjome después: Vuélvete aún, verás abominaciones mayores que hacen éstos. 14 Y llevóme a la entrada de la puerta de la casa de Jehová, que está al aquilón; y he aquí mujeres que estaban allí sentadas endechando a Tammuz. 15 Luego me dijo: ¿No ves, hijo del hombre? Vuélvete aún, verás abominaciones mayores que éstas. 16 Y metióme en el atrio de adentro de la casa de Jehová: y he aquí junto a la entrada del templo de Jehová, entre la entrada y el altar, como veinticinco varones, sus espaldas vueltas al templo de Jehová y sus rostros al oriente, y encorvábanse al nacimiento del sol. 17 Y díjome: ¿No has visto, hijo del hombre? ¿Es cosa liviana para la casa de Judá hacer las abominaciones que hacen aquí? Después que han llenado la tierra de maldad, y se tornaron a irritarme, he aquí que ponen hedor a mis narices. 18 Pues también yo haré en mi furor; no perdonará mi ojo, ni tendré misericordia, y gritarán a mis oídos con gran voz, y no los oiré.
La Santa Biblia: Versión Reina-Valera 1909, (Sociedades Bíblicas Unidas, 1909), Ez 8:1–18.
INTRODUCCIÓN:
Después de conceder al profeta una clara previsión de las miserias que se cernían sobre el pueblo, Dios le otorga aquí una clara percepción de las iniquidades de este mismo pueblo. En una visión, Dios le trae a Jerusalén para mostrarle los pecados que se cometían allí (vv. 1–4), y allí ve: I. El ídolo del celo, junto a la puerta del altar (vv. 5, 6). II. A los ancianos de Israel que adoran toda clase de imágenes en una cámara secreta (vv. 7–12). III. A las mujeres que lloran por Tamuz (vv. 13, 14). IV. A los hombres que adoran al sol (vv. 15, 16). Entonces, Dios le pregunta a Ezequiel si toda esta gente tan provocadora se merece alguna muestra de compasión (vv. 17, 18).

I.- EL ÍDOLO DEL CELO JUNTO A LA PUERTA DEL ALTAR. Vv. 1-6.

Ezequiel estaba por ahora en Babilonia; pero los mensajes de ira que había comunicado en los capítulos precedentes hacían referencia a Jerusalén. Aquí tiene una visión de lo que ocurría en Jerusalén, y esta visión se continúa hasta el final del capítulo 11.
1. La fecha de esta visión. La primera visión que tuvo fue en el quinto año de la deportación, en el mes cuarto y en el quinto día del mes (1:1, 2). Esta otra fue catorce meses después. Quizá la tuvo después de haber estado acostado los 390 días sobre su lado izquierdo, para llevar la iniquidad de Israel, y antes de comenzar los cuarenta días sobre su lado derecho, para llevar la iniquidad de Judá, puesto que ahora estaba sentado en su casa, no acostado.
2. Quizá se hallaba Ezequiel sumido en profunda meditación. Los ancianos de Judá, que eran compañeros suyos de cautiverio, estaban sentados delante de él (v. 1). Es probable que se hallasen allí con ocasión de inquirir de Dios, por medio del profeta, sobre algún asunto importante. Ahora que estaban en el destierro, estos ancianos mostraban mayor respeto que antes a la persona y a las palabras de un profeta verdadero. La casa de un ministro de Dios debería ser como una iglesia para todos sus vecinos. Pablo predicaba en su piso alquilado de Roma, y allí lo hacía con toda libertad y sin obstáculo alguno (Hch. 28:31), ya que tenía, sobre todo, el reconocimiento y el apoyo de Dios.
3. El poder divino que hizo presa ahora en el profeta (v. 1, al final): «allí se posó sobre mí la mano del Señor Jehová».
4. La visión que el profeta tuvo (v. 2) y que es semejante a la del capítulo primero, versículo 27.
5. Visión que luego tuvo de Jerusalén. Ezequiel se sintió (v. 3) alzado entre el cielo y la tierra por la mano de la figura que había visto, y fue transportado en espíritu, en visiones de Dios (expresión que ya vimos en 1:1, al final). No cabe duda de que tuvo un éxtasis en el que fue llevado en espíritu a Jerusalén, a la entrada de la puerta del atrio interior, etc. (v. 3b). Los que mejor preparados están para la comunión con Dios y para las comunicaciones de la divina luz son aquellos que, por la gracia de Dios, tienen su espíritu elevado por encima de la tierra y de las cosas que hay en ella.
6. Las revelaciones que le fueron hechas en el santuario de Dios, al cual fue transportado en espíritu.
(A) Vio la gloria de Dios (v. 4), conforme la había visto en el capítulo 1. Varias veces tuvo Ezequiel esta visión, pero aquí parece tener una segunda intención. Cuanto más glorioso vemos que Dios es, tanto más odioso y abominable veremos que es el pecado, especialmente el de idolatría.
(B) Allí vio el oprobio de Israel—el ídolo del celo, puesto al norte, junto a la puerta del altar (vv. 3, 5—); este ídolo era, con la mayor probabilidad, la figura de Aserá (o Astarté), colocada allí por Manasés (2 R. 21:7), que posteriormente fue destruida por su nieto Josías (2 R. 23:6), pero parece ser que los sucesores de este rey la volvieron a colocar allí, como hicieron probablemente con los carros del sol que Josías halló a la entrada del templo de Jehová, y los quemó (2 R. 23:11). El profeta tiene interés en hacer constar que era la imagen del celo, o el ídolo del celo, dando así a entender que, cualquiera fuese dicha imagen, era ofensiva a Dios en el más alto grado, y le provocaba a celos. Y ahora Dios le pregunta al profeta (v. 6) si tales abominaciones no son suficientes para que se aleje Él de allí y hunda al pueblo en la ruina y el oprobio. Pero no para ahí la cosa; todavía verá mayores abominaciones (v. 6, al final). Los pecados no van solos.

II. A LOS ANCIANOS DE ISRAEL QUE ADORAN TODA CLASE DE IMAGENES EN UNA HABITACIÓN SECRETA (Vv. 7–12)

La siguiente revelación de las abominaciones cometidas en Jerusalén dentro del recinto del santuario.
1. Cómo le comunicó Dios estas cosas. Lo llevó, en visión, a la entrada del atrio (v. 7), del atrio exterior, a cuyos lados tenían los sacerdotes sus cámaras de alojamiento. Allí había (v. 7b) un agujero en la pared, como un agujero para espiar lo que ocurría dentro. Dios le dijo entonces que agrandase el agujero, a fin de poder pasar a través de él (v. 8). Allí había (v. 8, al final) una puerta; con la mayor probabilidad, distinta del gran orificio que él había hecho al horadar la pared. Esta puerta daba a un aposento oculto, y allí ve Ezequiel (v. 9) las malvadas abominaciones que se hacían.
2. Qué es lo que Dios le descubrió. Vio (v. 10) una cámara, en cuyas paredes, todo alrededor, estaban pintados todos los ídolos de la casa de Israel, además de toda forma abominable de reptiles y bestias. Era una especie de Panteón, esto es, según la etimología del vocablo, una colección de todos los ídolos. Aunque el segundo mandamiento del Decálogo prohíbe literalmente imágenes de talla, sin embargo, las pintadas son tan malas y tan peligrosas como las talladas o esculpidas. Ezequiel ve este aposento (v. 11) lleno de adoradores idólatras: Había setenta varones de los ancianos de la casa de Israel ofreciendo incienso a estos ídolos pintados. Cada uno estaba con su incensario en la mano. Todos querían hacer de sacerdotes, y se atrevían a decir con todo cinismo (v. 12, al final): «No nos ve Jehová; Jehová ha abandonado la tierra». Comenta Fisch: «Ocultan del público sus prácticas abominables, pero no tienen escrúpulos en violar la ley de Dios, al creer que Él no está interesado en los asuntos de los hombres (cf. Sal. 10:11; 73:11). Además, las calamidades que le habían sobrevenido al país demostraban que Él había abandonado a Su pueblo y la tierra».

III.- A LAS MUJERES QUE LLORAN POR TAMUZ. Vv. 13-14.

1. Todavía descubre el profeta mayores abominaciones (vv. 13, 14). Las mujeres estaban sentadas, en una de las puertas de la casa de Jehová, endechando a Tamuz. De esta deidad babilónica, dice Ryrie: «esposo de Ishtar, y que, después de su muerte, se suponía que se convirtió en el dios del averno. Algunos lo consideran una deidad de la vegetación, que muere con el ardor del estío y resucita en la primavera. Inmoralidades de baja catadura estaban conectadas con su adoración». Por esta «muerte de Tamuz» es por lo que hacían duelo las mujeres de Jerusalén. Más tarde, este Tamuz fue el Adonis de los griegos. Dice Feinberg: «La idolatría y la inmoralidad son gemelos inseparables a lo largo de la historia del mundo».

Divinidad babilónica. Las antiguas tradiciones orales acerca de Tamuz fueron consignadas en sumerio. Era adorado en Babilonia, Asiria, Fenicia y Palestina. Su nombre vino a ser el del cuarto mes del año semítico (véase TIEMPO). Era considerado el protector de la agricultura y de los rebaños. Tamuz era representado como muriendo cada año, renaciendo a la vida en la primavera, durante las crecidas que vivificaban la vegetación. El profeta Ezequiel tuvo una visión acerca de los judíos que practicaban el culto a Tamuz: unas mujeres, sentadas a la puerta septentrional del Templo, lloraban la muerte de este dios (Ez. 8:14). Cirilo de Alejandría y Jerónimo asimilaron Tamuz al Adonis fenicio y sirio. En junio, época calurosa que seca los cultivos, las mujeres lloraban la desaparición de Adonis, y se lanzaban a su búsqueda. Este culto comportaba ritos inmorales.

Para un sumerio de la II Dinastía de Ur, por ejemplo, la virginidad no tenía ni el más mínimo valor. Malamente una muchacha iba a ir a un templo a perderla cuando no la tenían en consideración. Hasta tal punto les importaba poco, que en el matrimonio sumerio se añadían cinco o seis meses de relaciones prematrimoniales previas a la boda, con sexo incluido, y durante los cuales podía romperse el acuerdo matrimonial sin problema. Se ha conservado un refrán típico que dice: “¿Acaso debo reservar mi vientre para el viento?”. En Sumer, el matrimonio se parecía poco a la institución judeocristiana que conocemos. Entre los dos ríos, era un simple contrato social sin connotaciones religiosas, aunque un/a sacerdote/isa actuara como testigo. A fin de cuentas, en todo contrato siempre había un testigo del clero. Para los sumerios el sexo era bueno, y debía practicarse como parte fundamental de la vida, por una parte porque la diosa más grande, Inanna (Ishtar), lo ordenaba, y por otra porque permitía tener hijos. La fiesta más grande de los dos ríos era la del Año Nuevo, que se celebraba en honor de Inanna, y durante la cual se practicaba el sexo por todos lugares. Ellos no tenían ningún prejuicio a la hora de fornicar en público. En cualquier taberna, un cliente podía hacerlo delante de los demás con una “esposa de la cerveza”, que eran esclavas contratadas para tal menester. Un hombre podía tener consortes, cuyos hijos tenían todos los derechos, incluso de herencia. Si una mujer se cansaba de darle hijos al marido, podía regalarle una esclava como concubina, y también sus hijos tenían todos los derechos. La esposa podía tener amantes siempre que su marido le otorgara el permiso para ello. Entre las sacerdotisas, el sexo pasaba a ser una función social y religiosa. En el culto a Inanna, ellas eran prostitutas sagradas y exhibían su sexualidad por cuestiones religiosas y por compasión. Había un tipo de sacerdotisas que tenían prohibido el sexo, las Naditu. Eran lo más parecido a las monjas cristianas de hoy día, pues debían vivir recluidas en el templo sin poder salir. Sin embargo, el tabú sexual solo las alcanza de pleno en la sociedad babilónica, más patriarcal. Anteriormente, hasta la III Dinastía de Ur, solamente tienen prohibido tener hijos. Finalmente, y para que nos hagamos una idea de la importancia que le daban al sexo, hay que señalar que en los restos del Eanna, el gran recinto sagrado de Inanna en la ciudad de Uruk, se descubrieron cientos de exvotos. En un inicio se pensó que eran para pedir hijos, dado que a la diosa se le atribuye un cierto carácter de fertilidad, aunque ese carácter no era tan grande como algunos se piensan, ni siquiera era una diosa madre, pese a que se diga a veces muy equivocadamente. Hoy se sabe que esos objetos no eran para pedir hijos, sino para pedir sexo, un abundante y agradable sexo.

IV.- A LOS HOMBRES QUE ADORAN AL SOL. Vv. 15-16.

2. Pero aún verá Ezequiel mayores abominaciones que éstas (vv. 15, 16). Como hace notar Feinberg, sólo ahora, no antes, el hebreo usa la forma comparativa, pues anteriormente el original dice grandes, no mayores, lo cual indica, como dice él, que «se nos alerta para el clímax de sus caminos idolátricos». ¿En qué consistía esta culminación de las idolatrías de Israel? Nos lo dice el versículo 16: «… entre el vestíbulo y el altar (¡luego eran sacerdotes!—v. Jl. 2:17), había unos 25 varones, con las espaldas vueltas al templo de Jehová—al santuario propiamente dicho, por el lugar preciso donde estaban—y los rostros hacia el oriente, y ellos adoraban al sol, postrándose hacia el oriente». Fisch hace notar que «la inusitada forma hebrea mishtajavithem se explica tradicionalmente como un compuesto de dos verbos: mashjithim (destruyen) y mishtajavim (adoran), con lo que da a entender la doble naturaleza de su ofensa: la degradación del Templo y la adoración del dios-sol». El pronombre ellos de la última frase del versículo 16 está enfático en el original, y así lo hemos hecho constar, aunque no suelen hacerlo las versiones. Todos estos detalles, poco importantes a primera vista, ayudarán al lector a entender por qué el texto hebreo usa en el versículo 15 la forma comparativa mayores que no ha usado antes.

2. Divinidades babilonias. Bel (en acadio Bēlū, relacionado con el heb. Baal, Señor), finalmente identificado con Marduk, es la principal divinidad de Babilonia (Jer. 51:44). Los hebreos lo llamaban Merodac (Jer. 50:2; cp. Is. 39:1). Era un Dios solar, a cuyos rayos se atribuía la renovación de la naturaleza en la primavera, la época en que se celebraban sus fiestas. Fue poco después del 2000 a.C. que los babilonios lo situaron a la cabeza de su panteón. Según Enuma Elish (el relato babilónico de la creación), Marduk consiguió este lugar al dar muerte a Tiamat, la diosa del abismo. Era adorado particularmente en Esagil, el famoso templo de Babilonia

V.- CONCLUSIÓN DIVINA; entonces, Dios le pregunta a Ezequiel si toda esta gente tan provocadora se merece alguna muestra de compasión (vv. 17, 18).
3. La inferencia a que nos llevan estos descubrimientos (v. 17): «¿Has visto esto, hijo de hombre? ¿Suponías que tales cosas se llevasen a cabo alguna vez en mi Templo?» Dios condesciende a preguntar así al profeta. Verdaderamente, ¿qué excusa tenía la casa de Judá para hacer las abominaciones que hacen aquí? Esta gente que tiene los oráculos, las ordenanzas y las promesas del Dios verdadero, ¿es posible que se comporten así? ¿Y no merecen por ello sufrir tanto como están sufriendo y lo que les queda por sufrir? «Y me provocan más todavía—dice Jehová (v. 17b); y míralos aplicando la rama a sus narices» (lit.). Esta última frase requiere un análisis más detenido:
(A) En primer lugar, tenemos aquí una de las 18 enmiendas oficiales de los antiguos escribas, quienes, por un sentimiento de equivocada reverencia a Dios, escribieron appam (la nariz de ellos), en lugar de appí (mi nariz), que era lo que originalmente aparecía en el texto hebreo. Lo hicieron así por entender que aquí se trata (como es el hecho) de un rito obsceno.
(B) Sobre cuál sea el rito obsceno que aquí se indica, no se ponen de acuerdo los autores, ni siquiera los rabinos, quizás por el horror que les causa. Dos son las explicaciones más probables: (a) Según el famoso Rashí y otros, el hebreo zemoráh (rama) puede significar «rotura de viento», es decir, lo que en España se llama «ventosidad». (b) Otros autores opinan (y es más probable) que tenemos aquí un gesto de culto fálico, como lo era también el culto que hasta los judíos tributaban a la diosa Aserá. Dice la Biblia de Jerusalén en nota a Éxodo 34:13: «El cipo sagrado, aserá, era el emblema de la diosa del amor y de la fecundidad, Aserá (griego: Astarté) de donde toma su nombre».
4. Ante estos horrores, el furor de Jehová no puede menos de arder (v. 18): «Pues también yo procederé con furor; no perdonará mi ojo ni tendré compasión». Comenta Fisch: «La justicia demanda que el castigo divino corresponda a la medida del abominable carácter del pecado de ellos». Así que Dios no les va a responder, por mucho que le griten (v. 18b, comp. con Pr. 1:28): «Aunque griten a mis oídos con gran voz, no los oiré». Los pecados de ellos requieren venganza con una voz mucho más fuerte que la de sus oraciones que imploran misericordia.
5. Finalmente, permítasenos ofrecer aquí la excelente aplicación devocional que, sobre la frase «no perdonará mi ojo» del versículo 18, trae el rabino converso Dr. Feinberg: «En estos días de gracia, cuán extrañas son a nuestros oídos tales palabras de incisiva condenación. Estamos tan acostumbrados a oír los dulces acentos de armonía celestial que nos solicitan a confiar en Cristo como Salvador, que las palabras de Ezequiel tienen para nosotros un sonido extranjero. Pero son tanta verdad como las palabras de Juan 3:16. Si a los perdidos no se les dice la verdad de Juan 3:16, quedan abandonados al juicio de Dios. ¿No vamos a ayudarles a escapar del juicio de ese día inminente?»
Sin lugar a dudas el Señor y Dios castigará al mundo pagano por toda su Inmoralidad y Religiosidad Idolátrica a su debido tiempo, pues cuando uno observa al mundo a su alrededor, hay un avance terrible del pecado en nuestros días. Pero que será de aquellas almas que profesando conocer a Dios y su Evangelio y Doctrinas se esconden dentro de paredes, cuartos, alcobas, y departamentos para dar rienda suelta a la Concupiscencia de su carne y a imitar la Inmoralidad de los paganos? Qué cosas se verían si el Señor mostrara en una pantalla en éste día lo que el Cristiano acostumbra hacer cuando se encierra en su cuarto o departamento y apaga la luz? Creyente tu sabes que Dios en su Omnisciencia y Omnipresencia no hay nada que el Señor no sepa y no esté por enterado, y el mundo sigue viviendo y haciendo cuanta inmoralidad y perversidad se le antoje; y después de todo el impío dice “Dios no me ve”. Crees tú que Dios el Señor no te ve, cuando estas sólo o a escondidas? Que Dios nuestro Señor frene al mundo pero mucho más a su pueblo de vivir pensando que “El Señor no se dará cuenta de su maldad e inmundicia.”
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