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Sermón sin título (6)

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-35
Confiad, Cristo ha vencido al mundo.
Hermanos y amigos buenos días, bendiciones a todos.
Creo que todos hemos tenido niños a cargo. Cuando son muy pequeños, ellos apenas pueden entender todo lo que les decimos, de hecho captan tan solo cosas muy básicas. A medida que crecen, sus mentes maduran y pueden entendernos y respondernos. Mientras eso ocurre, lo que se requiere de ellos es una sola cosa: confianza. Deben confiar en sus padres, aunque no entiendan a profundidad todo lo que dicen o hacen.
En este momento, los once discípulos se encuentran en una situación similar. En el sermón anterior, vimos que Jesús les habla acerca de su partida y que lo “verán de nuevo”, lo que ha inquietado sus corazones. Ahora, Él seguirá hablando de un día en que lo entenderían plenamente y eso traería un cambio decisivo en la manera de relacionarse con el Dios trino. Aunque han avanzado en su conocimiento de las cosas celestiales, su comprensión es aún muy limitada. Serán decisivos los actos redentivos finales de aquella noche, pero les traerán confusión. Así, lo único que podrán hacer después de esa hora oscura será confiar en Cristo, en que Él ha vencido al mundo, porque todo será más claro para ellos cuando la promesa se haga realidad.
El pasaje que veremos hoy está en . Les pido el favor que leamos el pasaje:
25 Estas cosas os he hablado en alegorías; la hora viene cuando ya no os hablaré por alegorías, sino que claramente os anunciaré acerca del Padre. 26 En aquel día pediréis en mi nombre; y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, 27 pues el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado, y habéis creído que yo salí de Dios. 28 Salí del Padre, y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo, y voy al Padre.
29 Le dijeron sus discípulos: He aquí ahora hablas claramente, y ninguna alegoría dices. 30 Ahora entendemos que sabes todas las cosas, y no necesitas que nadie te pregunte; por esto creemos que has salido de Dios. 31 Jesús les respondió: ¿Ahora creéis? 32 He aquí la hora viene, y ha venido ya, en que seréis esparcidos cada uno por su lado, y me dejaréis solo; mas no estoy solo, porque el Padre está conmigo. 33 Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.
Oremos.
Introducción.
El título de la enseñanza de hoy es: “Confiad, Cristo ha vencido al mundo” y consta de dos puntos:
1. La confianza en una comunión restaurada.
2. La confianza en medio de la aflicción.
1. La confianza en una comunión restaurada. Hasta este momento, Jesús ha hablado en un lenguaje, que si bien no es completamente incomprensible a nuestros ojos, si lo fue a los de los discípulos. El Señor ha dicho proverbio tras proverbio, metáfora tras metáfora; ha mencionado asuntos que para un judío promedio eran impensables: el Espíritu Santo viniendo, no solamente sobre los judíos, sino también sobre los gentiles. Dijo que no lo verían, pero luego lo verían. Hablo de una mujer en parto. A decir verdad, si nosotros estuviésemos allí, sin saber lo que hoy sabemos a la luz de la revelación ya terminada, estaríamos como ellos.
Jesús sabe que no entienden. La información que les ha dado les debe sonar enigmática. Por eso debe alentarlos con lo que está por venir, marcando todo lo que sucederá en dos eventos fundamentales en el desarrollo de la obra que vino a hacer. Por eso usará el término “hora” dos veces. Iremos desarrollando lo que esas dos “horas” significan a medida que avancemos. La primera de esas horas que ellos debían esperar, era el fin de las alegorías. Los juegos de palabra terminarán y ellos recibirán instrucción clara acerca de la persona del Padre. Finalmente comprenderían la respuesta a la pregunta que al principio le hizo Felipe, ¿la recuerdan? En , Felipe le había dicho: “Señor, muéstranos el Padre, y nos basta”. Jesús le había respondido en : “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre…”.
Jesús está admitiendo que lo dicho por Él acerca de quién es el Padre, no era del todo claro para ellos como para haber respondido esa pregunta con lujo de detalles. Pero la razón no es que el Señor no fuese capaz de explicar: el problema es de incapacidad. Ellos no podían alcanzar en ese momento, un conocimiento pleno de la gloria de Jesús y de la profundidad de su relación con el Padre. Ellos no entenderían hasta que llegase la “hora”. ¿Cuál es esa hora? El tiempo del que Jesús está hablando es el mismo que ha mencionado en todo el discurso: el tiempo de Pentecostés. El tiempo en que el Espíritu Santo vendría, no como el Espíritu de Jehová, sino como el Espíritu del Cristo exaltado en gloria, revelando plenamente y con claridad a las personas de la Trinidad y sus relaciones entre sí y con los creyentes. Amados, por más información que Jesús les diese esa noche, era necesario que ocurriesen los actos redentivos de la crucifixión, resurrección, ascensión y derramamiento del Espíritu para que el velo se abriese y asimilasen lo que Jesús les decía, para que el Espíritu del Cristo glorificado aplicase esas nuevas verdades en sus corazones.
Colocar un ejemplo sobre este punto no es fácil, pero a pesar de las limitaciones, lo intentaré: ¿Alguna vez trataron de entender lo que había en la libreta de algebra de su hermano mayor que ya estaba en octavo? Bueno yo lo intenté y no entendí nada. ¿Porque? La respuesta es sencilla: no estaba preparado, no había adquirido el conocimiento que se requiere para entender algebra. Esa es la situación de los discípulos: comprenden cosas básicas, aún tienen dudas; pero cuando el Señor los lleve a la adultez espiritual en Pentecostés, recordarán todo y entenderán su pleno significado. En ese momento tendrán claridad, conocimiento llano y simple, por que verán las cosas, no con los ojos de un creyente del Antiguo Pacto, sino a la luz de la revelación de la vida y obra de Cristo. En ese momento, los apóstoles entendieron la verdad acerca del Padre. Recordemos que al inicio del evangelio de Juan se nos dice que “a Dios [el Padre] nadie le ha visto jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, Él le ha dado a conocer” (). Jesús es quien da a conocer al Padre a los suyos. Eso ocurre en el momento que el Espíritu nos da conciencia de nuestra adopción. Los apóstoles entenderían en Pentecostés el tipo de relación que tienen con el Padre. Sabrían que en Cristo, son hijos, amados por el Padre, del mismo modo que Cristo es amado por el Padre.
Aclaro: no quiero decir que los discípulos no sean en este momento hijos de Dios. Ellos ya han creído. Jesús está diciendo claramente que el Padre ya los ama y más adelante veremos que ellos creen que Él ha salido de Dios. El tema ahora no es de posición, es de conocimiento. Hasta que el Espíritu de Cristo, el Espíritu de adopción, por el cual clamamos “Abba Padre” no fuese derramado en ellos, no podrían comprender ni conocer plenamente al Padre. Para comprender mejor este punto, leamos :
14 Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. 15 Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! 16 El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios”.
Amados, ¡somos hijos! Un beneficio increíble de esta nueva era del pacto es que tenemos un conocimiento llano, sencillo, claro, del Dios Trino y cuál es nuestra relación con las tres personas de la Trinidad. Sabemos cuánto el Padre nos ha amado desde la eternidad, como Cristo se entregó y los profundos beneficios de Su obra; así como la radical transformación que viene por la aplicación de la redención por el Espíritu Santo. Por la Palabra y el Espíritu ahora conocemos la relación de amor en que estamos con las tres personas de la Trinidad. Ahora podemos entender que quien ha visto a Cristo ha visto al Padre. Sobre todo, podemos entender que somos hijos, hijos de Dios.
Tenemos un conocimiento inigualable de Dios. El antiguo pacto, en el que aún se encontraban los discípulos, había sido hecho con tablas de piedra, ceremonias pedagógicas y una legislación civil que demostró ser ineficaz para tratar con el pecado y acercar a la iglesia a Dios, ¿porque? Porque el problema no era de más leyes, más normas: era de conocimiento de Dios. Era necesario revelar plenamente a Dios a los fieles, derribar todas las formas y administraciones externas que mantenían velado el evangelio. No que no existiese, ni fuese inoperante el evangelio en aquel tiempo: no era tan claro como hoy; así como tampoco eran tan clara nuestra relación de hijos con el Padre celestial. Los discípulos aún tenían los lentes del Antiguo Pacto, no podían comprenderlo todo hasta que Cristo mismo aplicase Su Espíritu en ellos. Y las Escrituras dicen que para que eso sucediese, debía ocurrir el perdón definitivo de los pecados. Así lo dice en :
“31 He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. 32 No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová. 33 Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. 34 Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado”.
Hermanos míos. Hoy conocemos al Padre, a Cristo y al Espíritu Santo con mucha claridad, porque en la cruz cuando nuestros pecados fueron perdonados también se abolió toda la regulación temporal del pacto: las leyes ceremoniales, las leyes civiles, lo simbólico. Como dice en : “14 Porque Él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, 15 aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz…”. Fueron culminadas las formas externas para dar lugar a una relación directa con el Dios Trino. La promesa del pacto es clara: “Todos me conocerán”. La iglesia ahora es conformada con base al conocimiento de Dios, no por un pacto con una gloria externa que no era tan eficaz en su función de llevar a los miembros de la congregación israelita a un conocimiento profundo de Dios, Su ser, Sus atributos, Sus propósitos y esa increíble relación de amor de la que Jesús está hablando aquí. En el día que el Espíritu de Cristo, el Espíritu de adopción fuese derramado en ellos, se consumaría aquella relación íntima que siempre ha sido la meta del pacto.
Cristo, el Hijo eterno, como Dios y hombre, nos une para siempre en esa relación de amor con la Trinidad; de allí que este profundo conocimiento de Dios traería consigo otro beneficio. Dicen los vv. 26-27: “26 En aquel día pediréis en mi nombre; y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, 27 pues el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado, y habéis creído que yo salí de Dios”. Jesús no tendría que estar terrenalmente al lado de los discípulos, rogando al Padre por ellos, ni por nosotros; sino que ahora en Su nombre podemos elevar plegarias libremente al Padre celestial, debido a que contamos con los derechos de hijos porque estamos en Cristo.
Aparte del asunto legal, el Espíritu como Espíritu de adopción, hace realidad en nosotros la confianza en nuestra relación con el Padre celestial. Los discípulos tenían en Cristo un intercesor que pedía con ellos, por ellos. La iglesia en el Antiguo Pacto dependía de las horas y ceremonias establecidas en el Templo como las horas de los sacrificios para hacer sus plegarias, entendiendo que para orar necesitaban perdón. En otras palabras, la existencia de un sistema terrenal, con mediadores terrenales, en cierto sentido impedía una comunión más plena con Dios. Eso enseña Pablo en cuando dice “Y el mediador no lo es de uno solo; pero Dios es uno”, indicando que los intercesores terrenales indicaban separación, pero en el Cristo exaltado, la unión con el Hijo y el Padre se ha consumado, la relación es directa. De ahí que en el momento que el Espíritu del Señor fuese derramado por Él, los discípulos conocerían al Padre y tendrían claridad de su relación con este. En ese momento todo sería claro para ellos y pedirían con confianza. Cuando leemos Hechos notamos ese gran cambio. Los discípulos oraban en todo tiempo, con confianza al Padre. Las cartas están saturadas de oración y acción de gracias. Ese cambio lo causó Cristo con Su obra, aplicándola por el Espíritu.
La oración, el acceso directo sin restricciones al Trono de gracia, es sin duda una de las más grandes muestras del tipo de relación que ahora gozamos. Nuestro mediador ha presentado un sacrificio perpetuo, perfecto, que nos da acceso al Padre en todo momento. Así mismo, Él es Sumo Sacerdote, no de acuerdo con la ley del mandamiento acerca de la descendencia de Leví, sino según el poder de una vida indestructible porque es Sumo Sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec. No tenemos que esperar horas específicas por cuenta del sacrificio y el Sumo Sacerdote que tenemos. Ahora bien, es cierto que algunos de los santos del A.T. conocían esta verdad, pero en general este no era el fundamento de su práctica piadosa. Sabían que para orar necesitaban expiación, de allí que estuviesen sincronizados con el servicio del Templo.
Los discípulos crecieron con el sistema de oración del Templo. Por eso para ellos era extraña la manera de orar de Jesús, su relación íntima con el Padre. Eso les llevó a desear que Él les enseñase a orar, y de allí que Él les entregó el Padre Nuestro como guía, según . Pero ellos necesitaban algo más que una guía: necesitaban el conocimiento de la relación que gozaban con el Padre, por la obra del Espíritu de Cristo.
Amados, espero que podamos notar el gran salto, decisivo salto que estaba a punto de ocurrir en la historia de la redención. Tal vez en nuestros días, al perder de vista el grado de conocimiento de Dios y restricciones en la comunión con Dios que en un sentido tenían los fieles del Antiguo Pacto, desconocemos el valor de lo que Cristo ha hecho. No escudriñamos las Escrituras con la diligencia que deberíamos, ni oramos con más frecuencia. Hemos dado por sentado que tenemos esos medios y los menospreciamos. Incluso llamamos santurrones, legalistas o pietistas a quienes quieren crecer en la comunión con el Señor. Pero parece que esa no era la perspectiva apostólica. Ellos pudieron vivir el cambio y recomendaban a las iglesias disfrutarlo. Pablo le decía a los colosenses que “anduviesen como es digno del Señor, agradándole en todo, dando fruto en toda buena obra y creciendo en el conocimiento de Dios” (). Pedro le decía a los cristianos de la dispersión que “desearan como niños recién nacidos, la leche pura de la Palabra para que por ella crecieran para salvación”. También decía Pablo a las iglesias que orasen sin cesar (), de noche y de día (); y Pedro enseñaba que “por acercarse el fin de todas las cosas, velemos en oración” (). Hermanos, ellos sabían que gozaban de una libertad e intimidad con Dios inimaginable y llamaban a la iglesia una y otra vez a disfrutarla. Comprendieron la profunda relación en la que ahora se encontraban e instaban a las congregaciones a complacerse en ello.
Debo preguntarles mis amados, ¿quieren conocer más al Dios Trino que en Cristo ha hecho lo inimaginable para darse a conocer a ustedes? ¿Crecerán en esa relación de comunión y dependencia? Si permanecemos en Él, hemos de buscar al Señor diariamente en Su Palabra y en oración. Meditar en Su ley de día y noche, orar sin cesar. Esa es la respuesta natural a todo lo que ha hecho Cristo para acercarnos al Padre y, por extensión, a toda la Trinidad.
El tiempo descrito por el Señor, el momento en que sería claramente revelado por el Espíritu, la relación que tenemos con el Padre y nuestra íntima comunión con Él; sería el día del regreso del Hijo al trono con el Padre, ahora como el Dios encarnado, el postrer Adán, el Hijo de David. Así lo dice en el vv. 28: “Salí del Padre y he venido al mundo, de nuevo, dejo el mundo y voy al Padre”. El Padre ha manifestado Su amor al mundo, dando a Su propio Hijo Unigénito en expiación, haciéndonos sus hijos. Nada ni nadie podrá apartarnos del amor de Dios en Cristo porque Él está sentado en el Trono del Padre, reinando sobre todas las cosas, como cabeza de toda la creación. Esta frase del Señor es toda una declaración de triunfo: está seguro que su sacrificio será aceptado por el Padre y que se sentaría en gloria. Sabe que su vida ha sido de obediencia perfecta, que ahora padecerá las horas más oscuras de su ministerio terrenal y que será crucificado. Pero también sabía que en esa cruz, Él gritaría en victoria “Consumado es”, y mientras el mundo veía y ve la muerte de un judío cualquiera, lo que estaba ocurriendo es que allí colgaría el acta de los decretos que nos era contraria, Satanás sería despojado del imperio que tenía sobre la muerte junto con los principados y potestades, exhibiéndolos públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz.
Cristo le estaba diciendo a los suyos: “voy a vencer y me sentaré en el trono de mi Padre”. Esta declaración, que es un resumen de todo el evangelio, declara el triunfo de Cristo y la consigna de Su mensaje, mensaje que Él mismo proclamará a través de la iglesia porque Él regresó en el Espíritu. Como dijo David Thomas: “Cuando Cristo finalizó Su obra en la tierra, dejó una historia que constituye el evangelio del mundo. Él regresa al mundo para que el Paracleto, Él mismo en el Espíritu, venga a aplicar efectivamente esa historia a los hombres de los tiempos venideros”.
Este es el mensaje que el Señor dejó a Su iglesia, anunciado por anticipado. El mensaje de un Cristo que sacrifican constantemente domingo tras domingo, es falso, es una ofensa a la obra consumada del Señor. Un Cristo sanador que nos libra de las consecuencias temporales del pecado, pero no tiene poder para salvarnos efectivamente de la condenación que pesa sobre nosotros, no es el evangelio. Un Cristo que no vino a aclarar la doctrina de la salvación de los hombres, sino que crea más confusión, no es nuestro Mesías. Un Cristo que no es capaz de llevarnos a una relación de mayor comunión con la Trinidad, no es el Cristo de la Biblia. Y con respecto a esto último, si eso no está sucediendo en nosotros, evaluemos si estamos en la fe, porque Él vino a hacer eso, como el último sacrificio, sacerdote y profeta.
Amados, el Padre ha querido que nosotros disfrutemos de una comunión más plena y directa con Él. Lo que nosotros gozamos va más allá del perdón de nuestros pecados, aunque se desprende de este. Según el apóstol Pedro “[Cristo ya había sido destinado] desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros [a nosotros]” (). Es decir, el plan eterno del Padre era redimir a Su pueblo en virtud del sacrificio de Cristo; pero su manifestación en estos postreros días nos beneficia porque nuestra fe y esperanza se centran en Dios, sin las limitaciones de la anterior dispensación. Por eso Pablo oraba para que la iglesia neotestamentaria conociese la anchura, longitud, profundidad y la altura del amor de Cristo que excede a todo conocimiento. Necesitamos crecer en una dependencia mayor al Señor a fin de gozar más de la comunión y amor que Él nos logró.
). La mujer samaritana también creyó por la misma razón (), y Jesús en el siguiente capítulo orará por ellos, destacando en que ellos en verdad entendieron “que [Jesús] había salido del Padre y que Él lo había enviado”. En ese momento, ese era el conocimiento suficiente y necesario para que fuesen salvos, pero eso no quería decir que entendían todo. Aunque ellos no comprendían todo, el punto en el que están era la meta de Jesús. Si volvemos a la pregunta de Felipe y la respuesta de Jesús, el hecho que los once crean esta verdad es un gran avance para todos ellos.
2. La confianza en medio de la prueba. Al escuchar estas palabras, los discípulos creían haber comprendido el significado completo de las palabras de Jesús. En realidad, ese no es el caso. Ellos han creído que Él “ha salido de Dios”. Fue lo que lo mismo que confesó Natanael al ver su omnisciencia (). La mujer samaritana también creyó por la misma razón (), y Jesús en el siguiente capítulo orará por ellos, destacando en que ellos en verdad entendieron “que [Jesús] había salido del Padre y que Él lo había enviado”. En ese momento, ese era el conocimiento suficiente y necesario para que fuesen salvos, pero eso no quería decir que entendían todo. Aunque ellos no comprendían todo, el punto en el que están era la meta de Jesús. Si volvemos a la pregunta de Felipe y la respuesta de Jesús, el hecho que los once crean esta verdad es un gran avance para todos ellos.
El Padre, aunque cargó la culpa del pecado de la iglesia en Cristo y castigó dicha culpa en Él, jamás perdió la relación esencial que tiene con Su Hijo, de ahí que Jesús pudo declarar con anterioridad que Él volvía al Padre. ¿Para qué quería el Señor que los discípulos supieran eso? Bueno, en primer lugar, para que supieran que pese al abandono de ellos, Él seguiría llevando a cabo el plan eterno del Padre por la redención de los pecadores; pero hay algo más, que es el motivo principal de su exhortación: Él quiere que ellos sepan que también experimentarán ‘tribulación’ en el mundo; no una tribulación pasajera, momentánea, temporal; sino una que siempre los acompañaría por estar en un sistema hostil a Dios.
Esa es la realidad, no solo para ellos; sino para todos los creyentes. Aunque la soledad de Cristo en la prueba y la tribulación de la iglesia en el mundo suenen negativas; ambas son vencidas, porque cuando Jesús, el Justo, en un sentido estaba solo, sufriendo incluso el juicio real por la culpa de nuestros pecados, en otro nunca fue abandonado por el Padre. Siendo guiado por el Padre en todo tiempo, venció los poderes del mal y se sentó en majestad en las alturas, consiguiendo para nosotros la eterna justicia de Dios, padeciendo el inocente, el castigo que merecíamos. Así, “al que no conoció pecado, [Dios el Padre] por nosotros lo hizo pecado, para que fuésemos hechos justicia de Dios en Él”. Gracias a esa justicia, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, de modo que, en medio del sufrimiento, el dolor y la aflicción en ese mundo, tenemos la certeza que, si Jesús en comunión con el Padre, no fue efectivamente abandonado aun cuando llevó el juicio de Dios sobre Él; nosotros que estamos en Cristo, unidos a Él, sin el peso del juicio sobre nuestros hombros, ¡tampoco seremos abandonados nunca! ¡Cuánta confianza deberíamos tener! Amados, no importa qué tipo de pruebas se asomen en nuestra vida, que aflicciones y sufrimientos: tenemos la certeza que jamás nos podrán separar del amor de Dios. Como le dijo Pablo a la iglesia de Roma en :
28 Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. 29 Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. 30 Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.
31 ¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? 32 El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? 33 ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. 34 ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. 35 ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? 36 Como está escrito:
Por causa de ti somos muertos todo el tiempo;
Somos contados como ovejas de matadero.
37 Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. 38 Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, 39 ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro”.
Amados, el Espíritu de Aquel que atravesó el valle de sombra de muerte por nosotros, experimentó la unión con el Padre aun en esa situación, sentándose en gloria en la mesa del banquete, de manera que ahora, por Su Espíritu y Su Palabra, nosotros tengamos ahora ese gran consuelo, la certeza de saber que el vencedor está en nosotros y nosotros en Él. Que tenemos su paz en medio de un mundo caído y hostil a Dios y a Su iglesia. Este pasaje no es un simple consuelo, ni slogan positivista, es la acción real de Dios, capacitándonos para vivir en este mundo por el poder del Espíritu de Cristo; porque así como el mundo se opusó a Cristo hasta llevarlo a la muerte, del mismo modo se opondrá a nosotros. Pero aunque la oposición sea severa, en Él tenemos paz porque sabemos que tenemos comunión con el Dios trino, sin temor al castigo, porque ese castigo lo llevó Cristo.
Estas cosas nos ha dicho el Señor mis hermanos, para que en Él tengamos paz. En el mundo tenemos tribulación, pero confiemos, Cristo ha vencido al mundo. Oremos.
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