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Justificación

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La idea de que la justificación es una declaración legal es muy evidente también cuando se contrasta la justificación con la condenación. Pablo dice: «¿Quién acusará a los que Dios ha escogido? Dios es el que justifica. ¿Quién condenará?» (). «Condenar» a alguien es declararlo culpable. Lo opuesto de condenación es justificación, que, en este contexto, debe querer decir «declarar inocente a alguien». Esto también es evidente por el hecho de que el acto de Dios de justificar se da como la respuesta de Pablo a la posibilidad de que alguien lance una acusación contra el pueblo de Dios; tal declaración de culpa no puede mantenerse frente a la declaración divina de justicia. En este sentido de «declarar justo» o «declarar inocente», Pablo frecuentemente usa la palabra para hablar de la justificación que Dios nos da, su declaración de que nosotros, aunque pecadores culpables, somos justos ante sus ojos. Es importante martillar que esta declaración legal en sí misma no cambia nuestra naturaleza interna o carácter de ninguna manera. En este sentido de «justificar», Dios emite una declaración legal en cuanto a nosotros. Por esto los teólogos también han dicho que la justificación es forense, donde la palabra forense denota que tiene que ver con procedimientos legales. John Murray hace una importante distinción entre regeneración y justificación: La regeneración es un acto de Dios en nosotros; la justificación es un veredicto de Dios respecto a nosotros. La distinción es como la distinción entre el acto de un cirujano y el acto de un juez. El cirujano, al remover un cáncer interno, hace algo en nosotros. Eso no es lo que el juez hace; el juez pronuncia un veredicto respecto a nuestra situación judicial. Si somos inocentes nos declara así. La pureza del evangelio va unida al reconocimiento de esta distinción. Si se confunde la justificación con la regeneración o santificación, se abre la puerta a la perversión del evangelio en su mismo centro. La justificación sigue siendo el artículo en el que la Iglesia permanece erguida o cae.
La idea de que la justificación es una declaración legal es muy evidente también cuando se contrasta la justificación con la condenación. Pablo dice: «¿Quién acusará a los que Dios ha escogido? Dios es el que justifica. ¿Quién condenará?» (). «Condenar» a alguien es declararlo culpable. Lo opuesto de condenación es justificación, que, en este contexto, debe querer decir «declarar inocente a alguien». Esto también es evidente por el hecho de que el acto de Dios de justificar se da como la respuesta de Pablo a la posibilidad de que alguien lance una acusación contra el pueblo de Dios; tal declaración de culpa no puede mantenerse frente a la declaración divina de justicia. En este sentido de «declarar justo» o «declarar inocente», Pablo frecuentemente usa la palabra para hablar de la justificación que Dios nos da, su declaración de que nosotros, aunque pecadores culpables, somos justos ante sus ojos. Es importante martillar que esta declaración legal en sí misma no cambia nuestra naturaleza interna o carácter de ninguna manera. En este sentido de «justificar», Dios emite una declaración legal en cuanto a nosotros. Por esto los teólogos también han dicho que la justificación es forense, donde la palabra forense denota que tiene que ver con procedimientos legales. John Murray hace una importante distinción entre regeneración y justificación: La regeneración es un acto de Dios en nosotros; la justificación es un veredicto de Dios respecto a nosotros. La distinción es como la distinción entre el acto de un cirujano y el acto de un juez. El cirujano, al remover un cáncer interno, hace algo en nosotros. Eso no es lo que el juez hace; el juez pronuncia un veredicto respecto a nuestra situación judicial. Si somos inocentes nos declara así. La pureza del evangelio va unida al reconocimiento de esta distinción. Si se confunde la justificación con la regeneración o santificación, se abre la puerta a la perversión del evangelio en su mismo centro. La justificación sigue siendo el artículo en el que la Iglesia permanece erguida o cae.
La idea de que la justificación es una declaración legal es muy evidente también cuando se contrasta la justificación con la condenación. Pablo dice: «¿Quién acusará a los que Dios ha escogido? Dios es el que justifica. ¿Quién condenará?» (). «Condenar» a alguien es declararlo culpable. Lo opuesto de condenación es justificación, que, en este contexto, debe querer decir «declarar inocente a alguien». Esto también es evidente por el hecho de que el acto de Dios de justificar se da como la respuesta de Pablo a la posibilidad de que alguien lance una acusación contra el pueblo de Dios; tal declaración de culpa no puede mantenerse frente a la declaración divina de justicia. En este sentido de «declarar justo» o «declarar inocente», Pablo frecuentemente usa la palabra para hablar de la justificación que Dios nos da, su declaración de que nosotros, aunque pecadores culpables, somos justos ante sus ojos. Es importante martillar que esta declaración legal en sí misma no cambia nuestra naturaleza interna o carácter de ninguna manera. En este sentido de «justificar», Dios emite una declaración legal en cuanto a nosotros. Por esto los teólogos también han dicho que la justificación es forense, donde la palabra forense denota que tiene que ver con procedimientos legales. John Murray hace una importante distinción entre regeneración y justificación: La regeneración es un acto de Dios en nosotros; la justificación es un veredicto de Dios respecto a nosotros. La distinción es como la distinción entre el acto de un cirujano y el acto de un juez. El cirujano, al remover un cáncer interno, hace algo en nosotros. Eso no es lo que el juez hace; el juez pronuncia un veredicto respecto a nuestra situación judicial. Si somos inocentes nos declara así. La pureza del evangelio va unida al reconocimiento de esta distinción. Si se confunde la justificación con la regeneración o santificación, se abre la puerta a la perversión del evangelio en su mismo centro. La justificación sigue siendo el artículo en el que la Iglesia permanece erguida o cae.
Justificación. Acto por el cual el Dios tres veces santo declara que el pecador que cree viene a ser justo y aceptable ante Él, por cuanto Cristo ha llevado su pecado en la cruz, habiendo sido «hecho justicia» en su favor (). La justificación es gratuita, esto es, totalmente inmerecida (); sin embargo, se efectúa sobre una base de total justicia, por cuanto Dios no simplemente pasa el borrador sobre nuestros pecados con menosprecio de su santa Ley. Las demandas de su santidad han quedado plenamente satisfechas en Jesucristo que, no habiéndola jamás quebrantado, sino siendo Él mismo totalmente santo y justo, llevó en nuestro lugar toda la ira por la Ley quebrantada y por toda la iniquidad del hombre. En el tiempo de «su paciencia» (el AT), Dios podía parecer injusto al no castigar a hombres como David, p. ej.; ahora, al haber mantenido en la cruz su justicia y amor, puede justificar libremente al impío (3:25–26; 4:5). Jesús nos justifica por su sangre (5:9) y por su pura gracia (). Así, la justificación se recibe por la fe, y nunca en base a las obras (; ; ; ; ; ). Se trata de un acto soberano de Aquel que, en Cristo, nos ha llamado, justificado y glorificado: «¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica» (). El pecador acusado por la Ley (), por Satanás (; ) y por su conciencia (), no queda solamente librado del castigo por el Juez Soberano: es declarado justo, y hecho más blanco que la nieve (). Para él ya no hay condenación (), por cuanto Dios lo ve en Cristo, revestido de la justicia perfecta de su divino hijo ().
Nota 1
La idea de que la justificación es una declaración legal es muy evidente también cuando se contrasta la justificación con la condenación. Pablo dice: «¿Quién acusará a los que Dios ha escogido? Dios es el que justifica. ¿Quién condenará?» (). «Condenar» a alguien es declararlo culpable. Lo opuesto de condenación es justificación, que, en este contexto, debe querer decir «declarar inocente a alguien». Esto también es evidente por el hecho de que el acto de Dios de justificar se da como la respuesta de Pablo a la posibilidad de que alguien lance una acusación contra el pueblo de Dios; tal declaración de culpa no puede mantenerse frente a la declaración divina de justicia. En este sentido de «declarar justo» o «declarar inocente», Pablo frecuentemente usa la palabra para hablar de la justificación que Dios nos da, su declaración de que nosotros, aunque pecadores culpables, somos justos ante sus ojos. Es importante martillar que esta declaración legal en sí misma no cambia nuestra naturaleza interna o carácter de ninguna manera. En este sentido de «justificar», Dios emite una declaración legal en cuanto a nosotros. Por esto los teólogos también han dicho que la justificación es forense, donde la palabra forense denota que tiene que ver con procedimientos legales. John Murray hace una importante distinción entre regeneración y justificación: La regeneración es un acto de Dios en nosotros; la justificación es un veredicto de Dios respecto a nosotros. La distinción es como la distinción entre el acto de un cirujano y el acto de un juez. El cirujano, al remover un cáncer interno, hace algo en nosotros. Eso no es lo que el juez hace; el juez pronuncia un veredicto respecto a nuestra situación judicial. Si somos inocentes nos declara así. La pureza del evangelio va unida al reconocimiento de esta distinción. Si se confunde la justificación con la regeneración o santificación, se abre la puerta a la perversión del evangelio en su mismo centro. La justificación sigue siendo el artículo en el que la Iglesia permanece erguida o cae.
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