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La Vida del Nuevo Hombre en Cristo

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La vida del nuevo hombre en Cristo

Notes & Transcripts

Despojaos del Viejo Hombre

Renovaos en el espíritu de vuestra mente

Vestíos del Nuevo Hombre

Desechando la Mentira , hablad verdad

“En vista de que en Cristo habéis sido enseñados a despojaros del hombre viejo y vestiros del nuevo, por tanto despojaos de (o: desechad) la falsedad y hablad verdad”.

Todo misionero que haya trabajado por algún tiempo entre aquellos que aún viven en tinieblas puede testimoniar que no sólo el pensar ideas falsas sino también definidamente el hablar mentiras y propagar falsos rumores es característico en el mundo pagano

Algunos, basados en 4:15, 22, 25; 6:14, han sugerido aun que en Efeso y sus alrededores los miembros de la iglesia tenían una conducta bastante deshonesta (véase Grosheide, op. cit., p. 69). Sin embargo, aunque así fuese, la falsedad y deshonestidad son cosa típica en la forma de vida de los gentiles (Ro. 1:29) tanto en aquellos tiempos como hoy.

La mejor forma de destruir la mentira es hablando la verdad. Esto es lo que Pablo realmente quiere significar al decir “hablad verdad cada uno (de vosotros) con su vecino”, citando substancialmente Zac. 8:16.

Según la opinión de Hodge la palabra “vecino”, aunque tiene el significado común de prójimo, sin que importe su credo o nacionalidad, aquí se está refiriendo al hermano creyente (op. cit., p. 268);

Creo que Hodge está en lo cierto, ya que el contexto es: porque somos miembros los unos de los otros. Esto nos hace recordar 2:13–22; 3:6, 14, 15; 4:1–6, 16, pasajes que enfatizan la idea de que aunque los creyentes son muchos, a la vez son uno, es decir, un cuerpo con Cristo como su cabeza

Airaos, pero no pequéis

El sentido es sencillamente, “Que vuestra ira no esté mezclada con pecado”. La ira en sí misma no es necesariamente pecaminosa. Se la atribuye aun a Dios (1 R. 11:9; 2 R. 17:18; Sal. 7:11; 79:5; 80:4, 5; Heb. 12:29), y a Cristo (Sal. 2:12; Mr. 3:5; Jn. 2:15–17). En realidad, en los tiempos en que vivimos bien se podría usar un poco más de “santa indignación” contra todo tipo de pecado.

Por otro lado, cuanto más ira use un creyente contra sus propios pecados, tanto mejor será.

Sin embargo, la ira, especialmente con relación al prójimo, degenera fácilmente en odio y resentimiento. Amar al pecador al mismo tiempo que se odia su pecado requiere una buena porción de gracia.

Habiendo hablado sobre la ira, el apóstol apunta ahora a aquello en que fácilmente puede degenerar la ira, vale decir, el espíritu de resentimiento, de airado estado de ánimo, el semblante huraño que es señal de odio y de actitud que no perdona. El día no debe terminar así

Antes que amanezca un nuevo día, no, sino antes que el sol se ponga—lo que para el judío significaba el final de un día y el comienzo del próximo—el perdón genuino no sólo debe haber llenado el corazón sino que debe, en todo lo posible, haberse manifestado abiertamente de modo que el prójimo haya sido beneficiado mediante esta bendición.

Ni deis lugar al diablo

El diablo rápidamente aprovechará la oportunidad para cambiar nuestra indignación, sea justa o injusta, en agravio, rencor, fuente de ira, resistencia al perdón.

Pablo se hallaba muy consciente de la realidad, poder, y engaño del diablo, según lo muestra en 6:10. Lo que da a entender, por tanto, es que desde el comienzo mismo el diablo debe ser resistido (Stg. 4:7).

No debe concedérsele lugar alguno, ninguna entrada, ningún punto de apoyo donde colocar un pie. No se le debe ceder en ningún punto ni transigir con él en aspecto alguno. No debe dejársele ninguna oportunidad para aprovechar nuestra ira y lograr sus siniestros propósitos.

No hurte más, sino trabaje

No está diciendo, “El que hurtaba” (VRV 1960) sino “El que hurta”. Se refiere probablemente a personas que antes de su conversión acostumbraban a enriquecerse en base al hurto, etc., y que ahora se hallaban en peligro de reincidir usando distintos medios deshonestos. ¿Pero hemos de suponer que en la congregación a la cual Pablo escribe había ladrones? Mi respuesta es que exista al menos el peligro muy real de que alguien pudiera caer de nuevo en este pecado.

¿Cuál es la solución que Pablo propone? Desea que los efesios acaben con el robo y practiquen la honradez. Pero aún desea más. Comprende que al fondo del pecado del hurto yace una falta más básica, vale decir, el egoísmo. De ahí que ataca la raíz misma del mal, puesto que, al desviar la atención del ladrón, sea real o en potencia, de sí mismo y hacia las necesidades del prójimo, se esfuerza en darle un nuevo interés en la vida, un nuevo gozo.

Pablo enfatiza el hecho de que el obrero no debe pensar solamente en sí mismo sino también en su hermano, especialmente en aquel que sufre necesidad.

Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca

De la advertencia en contra de la actitud impropia hacia las cosas materiales Pablo prosigue con una amonestación en contra del uso indebido de la lengua, también contraponiendo en este caso lo positivo a lo negativo, en el espritu de Ro. 12:21, “vence con el bien el mal”. Escribe

Palabra corrupta es aquella que está podrida, putrefacta; por tanto corruptora, perversiva, injuriosa (Mt. 15:18). Bien podemos suponer que estos muy nuevos convertidos a la fe cristiana habían vivido en un medio ambiente impuro, donde la conversación soez, en banquetes, reuniones sociales y fiestas era el pan de cada día de los presentes.

También aquí, el único remedio, además de la oración, es llenar la mente y corazón con lo que es puro y santo, en el espíritu de Gá. 5:22 y Fil. 4:8, 9. Consecuentemente, Pablo prosigue:

… sino (solamente) la (palabra) que sea buena para edificación, esto es, para “edificar el cuerpo de Cristo” (4:12), según la necesidad (literalmente, “edificación de la necesidad”, significando: la edificación requerida por la necesidad concreta o específica), a fin de impartir gracia a los que escuchan, es decir, para que reciban de ella beneficio espiritual.

Notamos un paralelo interesante entre los vv. 25, 28 y 29. En cada caso el apóstol insta a los lectores a ser bendición para todos aquellos con quienes se relacionen diariamente. Si solamente hay abstención de la falsedad, del hurto, y del lenguaje corrupto, el resultado nunca será positivo.

El cristianismo no es una religión de un mero “no hacer”, y los cristianos no deben conformarse con ser meros ceros. En lugar de esto, deben imitar el ejemplo de su Maestro, cuyas palabras eran tan llenas de gracia que la multitud se maravillaba (Lc. 4:22). “Y la palabra a su tiempo, ¡cuán buena es!” (Pr. 15:23).

No contristéis al Espíritu Santo de Dios

Sobre este tema existe, no obstante, cierta diferencia de opinión entre los expositores. Sea como fuere, la epístola a los efesios menciona al Espíritu Santo vez tras vez, usando el término mismo (1:13; 4:30) o sencillamente la designación: “el Espíritu” (1:17; 2:18, 22; 3:5, 16; 4:3, 4; 5:18; 6:17, 18). Existe el consenso general que en la mayoría de estos casos la referencia es al Paracleto.

Pablo desea imprimir en nosotros que fuera de Dios no podemos ser salvos; es decir, que todo lo que hay de bueno en nosotros tiene su origen en el Espíritu Santo. El imparte vida y también la sostiene. El hace que se desarrolle y llegue a su destino final.

Es él, por tanto, el autor de toda virtud cristiana, de todo buen fruto. De ahí que, cuandoquiera que el creyente contamina su alma dando lugar a pensamientos o sugerencias engañosas, de venganza, de codicia, o de inmundicia, está entristeciendo al Espíritu Santo.

Esto se hace aún más real puesto que es el Espíritu quien mora en los corazones de los creyentes, haciendo de ellos su santuario, su templo (2:22; 1 Co. 3:16, 17; 6:19). Mediante imaginaciones, reflexiones, o motivaciones de maldad de todo tipo este Espíritu que mora en y santifica al Hijo de Dios sufre, por decirlo así, el quebranto de su corazón.

Es por esto que el recaer en actitudes y prácticas paganas es señal de ruin ingratitud. ¡En qué forma tan intensa debe esto entristecer al Espíritu que mora en nosotros! Podríamos considerar esta expresión altamente antropomórfica, y realmente lo es, tanto aquí como en Is. 63:10 de donde se toma. Es, no obstante, en cierto sentido, el antropomorfismo más alentador, puesto que no puede dejar de recordarnos “el amor del Espíritu” (Ro. 15:30), que “nos anhela celosamente” (Stg. 4:5).

Así es el contexto también en Isaías. Léase Is. 63:10 en conexión con el verísculo que le precede. De seguro que “entristecer al Espíritu” no es término tan fuerte como “resistir” al Espíritu (Hch. 7:51); el que a su vez no es tan tajante como “apagar el Espíritu” (1 Ts. 5:19).

¡Ojalá que los efesios y todos aquellos a lo largo de los siglos para cuyo beneficio fue escrita la epístola tomen seriamente esta advertencia! Obsérvese también el énfasis con que el nombre completo del Consolador se expresa: “el Espíritu Santo de Dios”, o, aun en forma más literal, “el Espíritu, el Santo, de Dios”, con énfasis especial en su santidad

Se acentúa tanto su majestad como su poder santificador. Es “santo” y esto no sólo con referencia a su inmaculada santidad propia, ¡sino además como la fuente misma de santidad para todos aquellos en cuyos corazones se digna morar!

Quítense toda amargura

Ahora Pablo vuelve nuevamente a considerar los pecados de la lengua (cf. vv. 25 y 29 más arriba). Se mencionan seis detalles específicos al continuar:

La amargura es la disposición de una persona con la lengua aguda como una flecha, y afilada como una navaja. Guarda resentimiento contra su prójimo y así le “pincha”, estando siempre pronto para “perder los estribos” con respuestas que muerden o punzan

La cólera o furia (latín: furor), es una fuerte pasión de antagonismo que se expresa por medio del tumultuoso estallido, la réplica acalorada. Su uso aquí, ocurriendo en la mala compañía de palabras tales como amargura y gritería (contrario a su uso en el v. 26), indica homicidio potencial (Mt. 5:21, 22).

La ira (lo mismo en latín) es la indignación que domina, cuando el corazón ruge como un horno que arde.

La gritería (cf. Hch. 23:9) es la explosión violenta de una persona fuera de sí que comienza a gritar a otros.

La maledicencia o calumnia es el lenguaje ofensivo, sea contra Dios o en contra del prójimo. Esta lista sobre el mal uso de la lengua se resume en las palabras “juntamente con toda malicia”.

Malicia no significa meramente “travesura” sino que, en general, es la perversa inclinación del pensamiento, la maligna o vil disposición que se deleita aun en infligir daño o herir al prójimo.

“Que todas estas cosas sean quitadas de vosotros”, dice Pablo bajo la inspiración del Espíritu Santo.

Sed benignos

Ahora bien, en su análisis final el abandonar las malignas disposiciones, palabras, y acciones ya mencionadas se puede realizar solamente por medio de la adquisición y el desarrollo de las virtudes opuestas. Consecuentemente, volviéndose una vez más a las exhortaciones positivas, el apóstol prosigue

Esto se puede comparar con Col. 3:12, 13 “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de un corazón de compasión, bondad, humildad, mansedumbre, soportándoos unos a otros y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. Así como el Señor os lo ha perdonado, así hacedlo también vosotros”.

La bondad es aquella gracia de benevolencia impartida por el Espíritu, lo enteramente opuesto a la malicia o maldad mencionada en el v. 31.

La bondad de los primeros cristianos era su propia recomendación frente a otros (2 Co. 6:6).

Dios, también, es bondadoso (Ro. 2:4; cf. 11:22), y se nos exhorta ser como él con respecto a esto (Lc. 6:35).

Cuando una persona bondadosa escucha un chisme, no corre al teléfono a compartir con otros tan “delicioso bocado”. Si le hacen ver las fallas del prójimo, él trata, si puede hacerlo honestamente, de poner en relieve hasta donde sea posible sus buenas cualidades haciendo una justa compensación.

La bondad identifica al hombre que ha tomado seriamente 1 Co. 13:4. La compasión (cf. 1 P. 3:8 y el “corazón de compasin” de Col. 3:12) dan a entender un profundísimo sentimiento, “un vivo anhelo con el intenso afecto de Cristo Jesús”.

Pablo añade: perdonándoos unos a otros, así como Dios en Cristo os perdonó.

Colosenses dice, “así como el Señor”; Efesios, “así como Dios en Cristo”. No hay diferencia esencial. El Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo son uno. Cooperan en todas estas actividades que conciernen a nuestra salvación.

Perdonar “así como Dios en Cristo” perdonó significa: así tan libre, generosa, profunda, espontánea, y entusiatamente.

Como apoyo a esta interpretación véanse pasajes tales como Mt. 18:21–27, 35 y Lc. 23:34. Además, todas las injurias que nosotros hayamos sufrido a causa de la mala disposición de nuestro prójimo jamás podrán ser comparadas con las ofensas que él, que nunca cometió pecado, tuvo que soportar: al ser escupido, vilipendiado, coronado con espinas, crucificando. Con todo esto, ¡extendió su perdón! Y al hacerlo nos legó un ejemplo (1 P. 2:21–25).

Sed imitadores de Dios

Ante su majestad permanecemos en temor reverente. ¿Cómo podemos imitar a quien ni siquiera podemos comprender? Juntamente con Zofar nos sentimos inclinados a decir, “¿Descubrirás tú los secretos de Dios? ¿Llegarás tú a la perfección del Todopoderoso? Es más alta que los cielos; ¿qué harás? Es más profunda que el Seol; ¿cómo la conocerás?” (Job 11:7, 8).

Antes que imaginarnos aun levemente que nosotros, criaturas del polvo, pudiéramos alguna vez ser capaces de imitar a Dios, nos sentimos desmayar y caer de rodillas diciendo, con Pedro, “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador” (Lc. 5:8). Y podemos entender por qué Juan, sintiéndose igualmente anonadado, dijo, “Cuando le vi, caí como muerto a sus pies” (Ap. 1:17).

Solamente en un espíritu de temor reverente podemos estudiar debidamente el glorioso tema de la “imitación de Dios”. Sólo entonces pondrá el Señor su diestra sobre nosotros y dirá, “¡No temas!”

La obediencia al mandamiento de imitarle es, después de todo, posible. Esto es así por las siguientes razones: a. somos creados a imagen suya; b. el Espíritu que capacita mora en nosotros; y c. por medio de su gracia regeneradora y transformadora hemos llegado a ser sus hijos, vale decir, imitadores.

Por supuesto que no podemos imitar a Dios creando un universo y sustentándolo día a día, o diseñando un método para satisfacer las demandas de la justicia y misericordia y así salvar al hombre del abismo al cual él mismo se lanzó, o resucitando a los muertos, o creando un nuevo cielo y una nueva tierra. Pero en nuestra forma finita podemos y debemos imitarle; esto es, copiar su amor.

Es sorprendente las muchas veces que Jesús y sus apóstoles enfatizaron el hecho de que los creyentes deben esforzarse en ser imitadores de Dios (Mt. 5:43–48; Lc. 6:35; 1 Jn. 4:10, 11), y de Cristo, que equivale esencialmente a lo mismo (Jn. 13:34; 15:12; Ro. 15:2, 3, 7,; 2 Co. 8:7–9; Fil. 2:3–8; Ef. 5:25; Col. 3:13; 1 P. 2:21–24; 1 Jn. 3:16; lista de pasajes que de ninguna manera es completa)

Adad en Amor

Pablo añade: y andad en amor, o bien, dejad que el amor sea la norma de vuestra vida. Que él sea lo que caracterice todos vuestros pensamientos, palabras, y hechos.

Tocante a andad véase también 2:10; 4:1, 17; 5:8, 15. Prosigue: así como Cristo os amó. No es cualquier cosa que el hombre desee dignificar con el nombre de “amor” lo que ha de regular nuestros pensamientos y conducta, sino únicamente aquel amor de Cristo, el amor abnegado y que tenía propósito, ha de ser nuestro ejemplo.

Tocante a andad véase también 2:10; 4:1, 17; 5:8, 15. Prosigue: así como Cristo os amó. No es cualquier cosa que el hombre desee dignificar con el nombre de “amor” lo que ha de regular nuestros pensamientos y conducta, sino únicamente aquel amor de Cristo, el amor abnegado y que tenía propósito, ha de ser nuestro ejemplo.

En su gran amor Cristo se entregó a sí mismo por nosotros, sometiéndose voluntariamente a sus enemigos, y en consecuencia al Padre. Esta entrega fue genuina. No le fue impuesta (Jn. 10:11, 15). Entre aquellos por los cuales Cristo se había entregado así voluntariamente como ofrenda por el pecado se hallaba también Pablo, el gran perseguidor.

Es el autosacrificio voluntario de Cristo durante todo el período de su humillación y especialmente en la cruz al que aquí se denomina ofrenda y sacrificio a Dios. Fue una ofrenda porque la puso voluntariamente (Is. 53:10). Fue un sacrificio, y como tal bien puede recordarse el humo que se elevaba del altar cuando la ofrenda quemada se consumía totalmente, simbolizando la entrega entera a Dios.

Según el escritor de la epístola a los hebreos el pasaje está apropiadamente aplicado a Cristo y su autosacrificio (Heb. 10:5–7). Luego, en relación a esta ofrenda y sacrificio a Dios, que constituye un ejemplo y motivación para nosotros, Pablo agrega: en olor fragante; literalmente, (“una aroma de grato olor”). Cf. Ex. 29:18; Ez.20:41; Fil. 4:18.

Significa que esta ofrenda y sacrificio fue—y lo es en nuestro caso si lo hacemos en el espíritu que lo hizo Cristo—agradable a Dios. Toda obra emanada del amor y gratitud hacia el Altísimo

Unica y ejemplar entre todas ellas es el sacrificio voluntario de Cristo. Con todo, el espíritu del Salvador debe reflejarse día a día y hora tras hora en los corazones y vidas de sus seguidores “en olor fragante”.

Ni aun se nombre entre nosotros

Antes bien acción de Gracias

Ningún ...... tiene herencia en el reino

Nadie os engañe con palabras vanas

Viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia

Erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor

Fruto del Espíritu

Lo que es agradable al Señor

No Participéis en las obras de las tinieblas

La Luz manifiesta todo

Te alumbrará Cristo

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