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Sermón sin título (2)

Clausura 2017  •  Sermon  •  Submitted
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Notes & Transcripts

Segunda Epístola a Timoteo 2. PRIMERA METÁFORA: EL SOLDADO DEDICADO (vv. 3 y 4)

El soldado en servicio activo no espera un tiempo fácil y seguro. Asume el riesgo, la adversidad y el sufrimiento como asuntos de rutina. Estas cosas son parte de la vida y de su carrera. Como dice Tertuliano en su Discurso a los mártires: «Ningún soldado viene a la guerra rodeado de lujos, ni entra en acción en un cómodo dormitorio, sino desde una incómoda carpa, donde ha de encontrarse toda clase de dureza y severidad». De la misma manera, el cristiano no debe alentar esperanzas de una vida fácil. Si es leal al evangelio, seguramente experimentará la oposición y la burla. Debe compartir el sufrimiento con sus camaradas de armas.

El soldado debe estar dispuesto a concentrarse, además de sufrir. Cuando está en servicio activo, «no se enreda en los negocios de la vida»; por el contrario, se desliga de asuntos seculares para dedicarse a la milicia y así satisfacer a sus superiores, o estar totalmente bajo las órdenes de sus comandantes. E. K. Simpson lo expresa diciendo: «El espectáculo de la disciplina militar suministró una gran lección de total dedicación». Así, durante la segunda guerra mundial la gente solía decir con una sonrisa sarcástica: «estamos en guerra», expresión suficiente para justificar cualquier austeridad, negación propia o abstención de actividades inocentes ante la realidad de la emergencia.

El cristiano, que debe vivir en el mundo y no escaparse de él, no puede evidentemente esquivar sus responsabilidades en el hogar, en el trabajo y en la comunidad. En efecto, como cristiano debe estar muy consciente de cumplirlas. Tampoco debe olvidar, como Pablo le recordó a Timoteo en su primera carta, que «todo lo que Dios creó es bueno y nada es de desecharse, si se toma con acción de gracias», y que Dios «nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos» (1 Ti. 4:4; 6:17). Lo que le es privado al soldado de Jesucristo no es toda actividad «secular», sino más bien «enredos», que si bien en sí mismos son inocentes, pueden impedirle pelear las batallas de Cristo. Este consejo se aplica particularmente al pastor o ministro cristiano. Él es llamado a dedicarse a la enseñanza y cuidado de la grey de Cristo, y hay otras Escrituras aparte de éstas que afirman que, de ser posible, no debería tener la carga adicional de tener que ganarse su sustento en algún empleo «secular».

Es cierto que el mismo apóstol a menudo había obtenido su sustento por medio de la manufactura de tiendas, pero aclaró que en su caso la razón era personal y excepcional: «presentar gratuitamente el evangelio de Cristo» y de esta manera «no poner ningún obstáculo al evangelio de Cristo» (1 Co. 9:18, 12). A pesar de esto afirmaba el principio para sí y para todo ministro por mandato del Señor, que aquellos «que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio» (1 Co. 9:14). En realidad consideraba que esta debía ser una regla general. Conviene recordar este hecho en tiempos en que los ministerios «auxiliares», «suplementarios» o «parciales» van en aumento, donde el pastor continúa con su empleo o profesión, y ejercita su ministerio en el tiempo que le queda libre. De ninguna manera podemos decir que estos ministerios contradicen las Escrituras, pero pueden ser difíciles de reconciliar con la exhortación del apóstol a no enredarse con los negocios de esta vida. En la ceremonia de encomendación para ministros de la iglesia anglicana, el obispo exhorta a los candidatos con las siguientes palabras: «Considera que debes ser estudioso en leer y conocer las Escrituras… y por esta misma causa debes renunciar y dejar de lado (en todo lo posible) toda preocupación y estudio mundano… entrégate enteramente a tu ministerio… aplícate totalmente al mismo, y dirige todos tus estudios y afanes en esa dirección».

No obstante, la aplicación de este versículo abarca no sólo a pastores. Todo cristiano es en cierta medida un soldado de Cristo, aun cuando sea tan tímido como Timoteo; cualquiera fuere nuestro temperamento, no podemos evitar conflictos a causa de nuestra fe. Si hemos de ser buenos soldados de Jesucristo, debemos estar dedicados a la batalla, sometiéndonos a una vida de disciplina y sufrimiento, y evitando todo lo que pueda «enredarnos» y distraernos de la misma.

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