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CRISTO RESUCITADO (LA APARICIÓN DE CRISTO A TOMÁS)

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III. LA APARICIÓN DE CRISTO A TOMÁS ()
INTRODUCCIÓN.
No todos los apóstoles estaban presentes en la primera aparición de Jesús. Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús fue. A Tomás se le apodaba Dídimo ("gemelo") por la razón obvia de tener un hermano gemelo (que no aparece en las Escrituras). Los Evangelios Sinópticos lo mencionan solamente en la lista de los doce apóstoles; los detalles de su carácter vienen del Evangelio de Juan.
Tomás era el eterno pesimista. Como Ígor en la historia de Winnie the Pooh, era una persona melancólica, con una tendencia extraña a encontrar el punto negro en la hoja blanca. Las primeras apariciones de Tomás en el Evangelio de Juan estuvieron relacionadas con la resurrección de Lázaro. Aterrado porque Jesús había decidido regresar a las cercanías de Jerusalén, donde los judíos reciente­mente habían intentado matarlo (), Tomás exclamó con fatalismo: "Vamos también nosotros, para que muramos con él" ( ). Pero no debe permitirse que el pesimismo de Tomás oscurezca su valentía; a pesar de que pensó que la situación no tenía esperanzas, estaba decidido a ofrecer su vida por el Señor. Su amor por Jesús era tan fuerte que habría preferido morir con Él, en lugar de estar separado de Él.
Tomás vuelve a aparecer en el aposento alto. Jesús acababa de anunciar su partida inminente () y les recordó a los discípulos que sabían a dónde iba Él. Con el corazón hecho pedazos por la partida de Jesús, Tomás se apresuró a contradecirlo diciendo abatido: "Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino?" (), sugiriendo tal devoción que habría preferido morir con su Señor, en lugar de intentar encontrarlo después. Así era su amor por Cristo.
No fue bueno que Tomás se perdiera la primera aparición del Señor. ¿Por qué no estaba allí? ¿Fue porque era pesimista, negativo e incluso melancólico? ¿Estaba en alguna parte lamentándose por él porque sus peores miedos se habían hecho realidad?
Tomás pudo haberse sentido solo, traicionado, abandonado. Sus esperanzas podían estar hechas trizas. Aquel a quien tanto había amado se había ido y su corazón estaba desgarrado. Quizás ni siquiera estuviera con ganas de compañía. Tal vez estar solo parecía lo mejor. No podía estar con la multitud, ni siquiera con sus amigos.
Pero cuando Tomás regreso de donde estuviera, los otros discípulos, exube­rantes y animados, le dijeron: "Al Señor hemos visto". Pero él no quedó conven­cido. Tomás estaba seguro de no volver a ver nunca a Jesús. Se negó a darle alas a sus esperanzas para no verlas hechas pedazos una vez más, entonces anunció escéptico: "Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré". Fue tal afirmación la que le mereció el sobrenombre de "Tomás el incrédulo". Pero el historial de los otros diez apóstoles no era mejor; ellos también se habían burlado de los primeros indicios de la resurrección (; ) y no creyeron las Escrituras que las predecían (; ). A Tomás no lo diferenciaba que su duda fuera más grande, sino que su dolor era mayor.
La oferta escéptica de Tomás pronto la vería satisfecha. Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás. Una vez más, las puertas estaban cerradas y una vez más se demostró que eso no limitaba al Señor resucitado. Como Jesús lo había hecho ocho días antes, llegó y se puso en medio de ellos. Escogió a Tomás inmediatamente. Jesús, siempre el sumo sacerdote compasivo (), le dijo amorosa y amablemente: "Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente". El Señor tocó a Tomás en el punto de su debilidad y duda, sin repren­siones porque sabía que el error de Tomás estaba relacionado con su amor pro­fundo. Con compasión paciente le dio a Tomás la prueba empírica que requería.
Eso fue suficiente para quien dudaba; su escepticismo melancólico se disolvió para siempre a la luz de la evidencia irrefutable de la persona que lo confrontaba. Abrumado, hizo la que es tal vez la más grande confesión de cualquier apóstol, comparable solo a la de Pedro sobre Jesús como Mesías (), exclamando: "¡Señor mío, y Dios mío!". Es significativo que Jesús no lo corrigió, sino que aceptó la afirmación de deidad que hizo Tomás. De hecho, alabó a Tomás por su fe diciendo: "Porque me has visto, Tomás, creíste". Pero previendo el tiempo en que la evidencia tangible y física que Tomás vio no estuviera disponible, el Señor determinó: "Bienaventurados los que no vieron, y creyeron" (cp. ; ). Ellos, que no verían nunca la evidencia física de la resurrección de Cristo, tendrían una mayor medida del Espíritu Santo para fortalecer la fe en la resurrección. Ésta es la segunda bienaventuranza de este Evangelio ( Bienaventurados no conlleva solo la condición de felicidad, también declara la aceptación de Dios al receptor.
Debe notarse que las palabras de nuestro Señor no indican nada defectuoso en la fe de Tomás.
La fe de Tomás no está despreciada... "pero si no fuera por el hecho de que Tomás y los otros apóstoles vieron a Cristo encarnado, no habría habido fe cristiana. (, ; ; ; ; , ;" ... Los creyentes posteriores llegaron a la fe por medio de la palabra de los primeros creyentes (). Entonces, bienaventurados quienes no pueden participar de la experiencia visible de Tomás, sino quienes, en parte porque leyeron la experiencia de Tomás, pasaron a participar de la fe de Tomás
La confesión de Tomás y la respuesta de Cristo se ajustan para llevar a la declaración de resumen juanina sobre el objetivo y propósito al escribir su Evangelio: "Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro" (; ). Quienes no han visto y no verán al Señor resucitado dependerán de este Evangelio escrito por Juan (además de los otros tres) para recibir la palabra concerniente a Cristo, por medio de la cual el Espíritu puede darles regeneración y fe ().
Y Jesús hizo muchas más señales milagrosas que las registradas en los capítulos (y en los otros Evangelios), incluida la señal más grande: su resurrección; pero esas señales no son necesarias porque las escritas son suficientes. Esta declaración establece que el Evangelio de Juan trata las señales milagrosas apuntando a Jesús como Cristo y Señor; para el propósito explícitamente expresado por Juan en la siguiente declaración.
"Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre". Como se ha dicho, para expandir este versículo solo es necesario volver de nuevo a todo el Evangelio. Esta es la declaración de resumen. Creer que Jesucristo es el Dios encarnado (, ), el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo () y la resurrección y la vida (), es creer la verdad que una vez aceptada produce perdón de pecados y vida eterna (). Claramente, el propósito de Juan es evangelístico. De nuevo, Carson unifica acertadamente la idea:
El propósito de Juan no es académico. Escribe para que hombres y muje­res crean cierta verdad proposicional: la verdad de que Cristo, el Hijo de Dios, es Jesús, el Jesús retratado en este Evangelio. Pero tal fe no es un fin en sí mismo. Está dirigida hacia la meta de la salvación personal y escatológica: para que creyendo, tengáis vida en su nombre. Ese sigue siendo el propósito de este libro hoy día y está en el centro de la misión cristiana ().
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